Por Javier Pardo de Santayana

(El desierto en el Sahara)
Gor Amgana es el nombre de un lugar situado en la frontera norte del antiguo Sáhara Español. Ahora, cuando el tiempo transcurrido añade aún más valor a los recuerdos, me atrevo a evocar su nombre en estas páginas pensando sobre todo en los lectores que aún conserven recuerdos de aquel tiempo o hayan soñado quizá con el desierto.
En los tiempos a los que me refiero el mayor problema para nuestras fuerzas eran las minas que a veces colocaban al paso de nuestros militares y las partidas que de vez en cuando atacaban de noche nuestras posiciones avanzadas, por lo cual, habiéndose reconocido la presencia de una de ellas en las proximidades de nuestro destino, el mando decidió realizar un ejercicio que combinara los beneficios de instrucción previstos con los de una aconsejable disuasión.
Y en consecuencia sucedió que el Estado Mayor de nuestras fuerzas dispuso que un oficial responsable de la información acompañara el jefe de la 3ª Compañía para observar el ejercicio pero sin revelar la posibilidad de otra misión distinta y de más enjundia que sólo se revelaría si se confirmara la presencia aparentemente detectada de fuerzas enemigas. Caso en el cual se cambiaría el objetivo principal y nos ordenarían ir a por ellos.
Cruzamos la cadena de dunas de la Gaada y la zona del Anecch para bordear la intrincada Lebtaina Tel-Lia, hasta que surgió ante nuestros ojos la impresionante llanura del Gaad Chbabien: una extensión blanca como la leche y lisa como un folio satinado que para los land-rover era como una inmensa pista abierta. Sólo la misteriosa soledad de los barrancos circundantes y la incertidumbre que rodeaba a la misión ahogaban la sensación de euforia y libertad que generaba aquel lugar insólito. Luego nos internamos por uno de los caminos que se abrían entre las montañas y entramos por el laberinto que conducía hasta el río Asguer. Y ya teníamos a la vista la frontera. a la que llegamos cuando el sol estaba decayendo, así que el último tramo del recorrido se hizo ya a tientas, sintiendo la emocionante incertidumbre del desierto.
El ataque no llegaría sin embargo a producirse porque llegados a la zona no se pudo confirmar a ciencia cierta que la partida permaneciera en las proximidades del Asguer como se la había detectado inicialmente, pero añadió un ingrediente especial a la emoción que de por sí tiene cualquier expedición por el desierto cuando, además del riesgo de perderse, existe la posibilidad de una emboscada. Mas si la aventura anticipada quedó para mejor ocasión, aún quedarian en cartera muchas emociones (Sfa, Echdeiría, el llano negro, el amarillo, Hausa, Smara…) hasta el regreso a El Aaiún.
Mas mi mayor asombro surgiría después de la primera noche. Pues al saltar de la cama y salir de la tienda de campaña vi como todo el suelo del desierto – desde mis pies hasta el final del horizonte – relucía como si los rayos arrancasen de la tierra un tesoro de destellos luminosos. Y cuando miré hacia abajo y me detuve para hallar la causa de aquella maravilla, mi asombro fue en aumento: cada una de las piedras que pisaba, lisas, como de un barro cocido, se hallaba labrada por la exquisita geometría de una multitud de diminutos fósiles: foraminíferos, trilobites, radiolarios…
Evidentemente el suelo de Gor Amgana fue hace mucho tiempo el fondo del océano, y el lodo marino, al descubierto por la retirada de las aguas, se había cocido y fraccionado luego en millones de lajas cuyas facetas planas como espejos reflejaban la luz del sol naciente.