Recuerdos del Sáhara – De Villa Cisneros a los Montes del Diablo

Por Javier Pardo de Santayana

 

( Faro de Villa Cisneros en Sahara Occidental)

Varias fueron las ocasiones en que a lo largo de mi vida estuve en el Sahara Español, desde que en mis tiempos de cadete llegué a pasar algunas vacaciones en casa de mis padres hasta cuando, recién casado me trasladé a El Aaiún con mi  familia, primero como un alumno en prácticas. Y fue precisamente en esos días cuando, como concurrente al último curso de Estado Mayor en prácticas se nos encargó poner al día el informe general sobre aquel territorio comenzando por Villa Cisneros, la luminosa capital del sur. Está la ciudad situada en la costa y al final de una península, cerrando casi la bahía llamada de Río de Oro, que en la bajamar desagua en el océano a través de una estrecha barra: punto estratégico por cierto para la pesca de la baila (*) al curricán. Cito este detalle porque la riqueza piscícola de la bahía llega a ser algo asombroso; baste decir que no es preciso utilizar siquiera cebo para obtener una pesca impresionante.

Luego, mirando al interior, encontraremos la impresionante barrera de dunas fósiles del Aguerguer famoso, que parece empeñado en preservar de la curiosidad humana los secretos que el gran desierto encierra. Quizá por eso la Legión nos llevaría hasta los Montes del Diablo en un par de land rovers y naturalmente protegidos por gafas, cogoteras y bufandas negras, o sea como personajes extraídos de un relato de aventuras. y cargados, como era obligatorio entonces, con los medios y provisiones necesarios. y sobre todo con el agua necesaria no sólo para sobrevivir nosotros mismos, sino para ofrecerlos también si ello fuera preciso, a los nativos que encontráramos.

Recuerdo, pasado el Aguerguer, el gran pozo de Tachquetent, “agua dormida” como cantara López Anglada el coronel poeta. Y el puesto de Bir N´Zarán – es decir, “el “pozo del cristiano” aquella encrucijada sin rostro de ensueños y caravanas según mis propios versos: brindándonos cobijo en el camino. Y Auserd, rodeado de montañas negras y con su acceso salpicado de geodas, esas piedras esféricas que contienen en su interior cristalizaciones bellísimas, amén de asombrosas piedras verdes; maravillas todas ellas que se ofrecen al asombro del viajero en su impresionante soledad. Y, sobre todo recordaré los grandes espacios solitarios que Dios contempla y que tan sólo surcan, “como altivas velas azules”, los hombres del desierto.

Pero el mayor prodigio surge cuando, ya internados en la ocre soledad de la región del Tiris, interrumpida apenas por el raquítico verdor de esas escasas zonas verdes que llamamos “graras» donde la existencia de un ligero vestigio de humedad hace que las caravanas se detengan de tarde en tarde para observar el progreso de sus huertas, aparece la monumental arquitectura de los montes de Leyuad, llamados del Diablo, cuya cercanía es anunciada por el errático comportamiento de la brújula.

Cual piedras pulimentadas brillando al sol cansado de la tarde, estos singulares montes del desierto esperan al viajero para confiarle el intrigante asombro de sus cuevas, ilustradas por la filigrana de unas pinturas rupestres que nos muestran la faz del desierto de hace siglos conservada aún en la liturgia de su eterno recinto. Y no hay que explicar cómo suscita nuestro asombro el contemplar la silueta de las jirafas y los elefantes que hace miles de años surcaron las praderas hoy ya agostadas y convertidos en desierto.

(*) Lo de la pesca de «la baila» es, efectivamente, la de un pez muy apreciado y característico de aquellas latitudes. Yo escribí sobre su pesca lo siguiente:

                                                            Punta de la Sarga (Evocación)
                                                                    Baila la baila en el agua
                                                                        ¡cómo baila la baila!
                                                                                   Tesoro
                                                                                    de Rio
                                                                    ¡Señor, cuánta algarabía
                                                                        saliendo de la bahía!
                                                                                Por la bocana
                                                                       quiere escapar la mañana.
                                                                                  En el anzuelo
                                                                       todo el mar y todo el cielo.
                                                                          Baila la baila en el aire.
                                                                             ¡Cómo baila la baila!

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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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