Recuerdos del Sáhara – El piquete

Por Javier Pardo de Santayana

(Avenida Meka de El Aaiún)

Este relato forma parte, con otros muchos, de una recopilación de recuerdos significativos que conservo de mi destino en el Sáhara español: recuerdos que se mantienen en el ámbito privado, pero alguno de los cuales quizás exponga ahora a mis colegas veteranos desde un rincón propenso a la nostalgia. No faltarán, estoy seguro, quienes hayan vivido momentos parecidos, algunos de los cuales están volviendo también a mi memoria con ocasión de los tejemanejes publicados por los medios en relación con aquellas tierras añoradas cuyo futuro ahora tanto debiera importarnos a los españoles y muy singularmente a los canarios.

En El Aaiún estaba el acuartelamiento del Tercio “Don Juan de Austria”, primero de La Legión. La presencia de los legionarios contribuía entonces a que la ciudad tuviese aquel aspecto colonial tan atractivo para cualquiera que sólo estuviera acostumbrado al ambiente refinado de nuestros pueblos y nuestras capitales. Entonces La Legión no difería mucho de la de los tiempos fundacionales, y en ella abundaban los extranjeros y las gentes marginadas por la vida, que encontraban en ella una familia y una razón para existir. Por ejemplo, estaba el caso de Jean Paul, un francés que huyó de su país por haber sido el conductor de uno de los vehículos que intervinieron en el fallido atentado contra al general De Gaulle en el Petit Clamard. Trabajaba como mecánico en la casa Renault, así que resultó particularmente útil al Primer Tercio como experto en la reparación de los blindados Panhard. Recuerdo también a un legionario inglés de aspecto noble, muy británico, que dedicaba su tiempo libre a la filosofía y al estudio: un hombre que sabía compaginar su vida intelectual con el trato amistoso con otros compañeros de vida airada, hombres de acción. Detrás de cada uno de aquellos rostros curtidos por el sol del Sáhara y dispuestos a dar la vida por la Legión y por sus camaradas se adivinaba una historia de sufrimiento, una familia rota, o un amor imposible; un momento de desesperación seguido de la determinación de dejar atrás aquel turbio pasado y de vivir este ideal como terapia.

Pues bien, todos los días al caer la tarde desfilaba el piquete. Así llamábamos a la unidad que rendía honores a la Bandera cuando era arriada en el palacio del Gobernador General del territorio. Alternaban en esta responsabilidad las distintas unidades de guarnición en la plaza, pero ninguna suscitaba tanta admiración como la de la Legión, que se acercaba desfilando desde el acuartelamiento – es decir, durante un largo trecho de la calle – y había de pasar precisamente por delante del casino, aquella mezcla de hotel y residencia.

Al acercarse la hora, la gente tomaba posición y se asomaba a las terrazas, puertas y ventanas, y se oían cornetas y tambores hasta que por la calle asomaba el piquete legionario con su braceo frenético y el paso tan vivo que parecía casi imposible que se pudiera mantener el ritmo.

Incomparable marco aquel de la amplia plaza rodeada de construcciones coloniales de poca altura en las que se alojaban algunas de las instituciones más representativas, entre ellas el Estado Mayor de las Fuerzas Militares, y junto a él la fuente que nos mostraría el bien más apreciado en el desierto: el agua de una fuente, que en este caso brotaba de un montículo de rosas del desierto. Y para culminar el panorama, la imponente mole del Gobierno General del Territorio con su color rojizo y con sus rasgos árabes, un lugar desde cuya altura se intuían la cercanía del océano y la herida abierta de la Sagia-el-Hamra, la “acequia roja del río” surcada por las dunas.

No parece preciso explicar la emoción que se sentía cuando, con las últimas luces resonaban las notas del himno nacional de España recordándonos que en nosotros confiaba la Patria sus últimas fronteras, o cuando se oían las pausadas notas del toque de oración, evocador del sacrificio de quienes allí nos precedieron. Esto es lo que veíamos y lo que sentíamos en silencio, de pie, las mujeres y los hombres y también los niños, con los militares erguidos en el primer tiempo del saludo, desde nuestra privilegiada atalaya del casino.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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