A vueltas con el festival de Eurovisión

Por Javier Pardo de Santayana

(Actuación de Chanel)

Hace ya tiempo que prescindí del Festival salvo por un relativo interés por el resultado y el papel de España. Ahora me entero de que se ha producido un lío considerable cuando los organizadores han confesado haber sustituido los números de algunos países por los de otros que normalmente coinciden más o menos. Burda manera de solucionar determinadas dudas en el cómputo.

Pero no ha sido solamente este problema el que desacredita tan cacareado acontecimiento, en el que, por cierto, España tuvo una participación brillante, pues  por lo visto gustó hasta el punto de llevarnos a un tercer puesto que en buena lid pudo ser el primero si tenemos en cuenta que éste sería alcanzado por Ucrania no tanto por sus posibles méritos como por las razones que todos imaginamos.

Pero al tiempo que nuestra intervención daba lugar al normal entusiasmo en nuestras filas, suscitará también una oleada de críticas en nuestras propias filas; críticas centradas tanto en su letra, que por lo visto incita a comportamientos poco recomendables para la familia, como en la exhibición del trasero de la protagonista.

Pero no voy a entrar en este aspecto del asunto, porque lo que sí quisiera abordar es otra cosa bien distinta, y me refiero a que el espectáculo en el que se ha acabado convirtiendo el popular concurso poco tiene que ver con la presentación de unas canciones que en teoría mostrarían el impulso musical y artístico de una variopinta pero siempre respetable cultura de nuestro continente, para convertirse decididamente en una especie de explosión de luces invasoras, agresivas y cambiantes acompañadas por sonidos estridentes que inundan el ambiente. Es decir, de algo que poco tiene que ver con la canción. Y hasta tal punto es esto cierto, que dudo mucho de que al final del acontecimiento alguien fuera capaz de entonar siquiera alguna cosa a manos que que lo hubiera ya grabado y tuviera el mal gusto de escucharlo y de verlo repetidamente.

Porque, al menos según mi parecer, una canción es una expresión del sentimiento, no necesariamente del amor, pero sí casi siempre de una ilusión o una esperanza, de una pasión o de un instinto, de una alegría o de una pena, de una nostalgia o de un recuerdo. Es decir, de cualquier cosa, más siempre de algo que se siente dentro. Y esto es poco menos que imposible cuando se nos ofrece fundido con el estrépito del grito y envuelto en un juego de luces y de movimientos con las que parecen querer provocar nuestra locura.

Falta, por consiguiente, aquel pellizco de poesía que necesitamos vivir en las canciones. No importa incluso, que el tema pueda parecer escabroso, como al parecer nos quieren recordar ahora argumentando que nuestra canción impulsa al mal comportamiento en las relaciones amorosas o cuando se critica la mil veces repetida exhibición del trasero de la protagonista. Pues siendo como puede ser en efecto criticable, pruebas tenemos de que una cosa y otra pueden tener cabida siempre que estén tocadas por el arte. Ahí tenemos la desnudez femenina que se exhibe en verdaderas obras de arte en los museos, o determinadas letras de una sensibilidad sublime y de una fuerza que te llega al alma pero que se refieren a mujeres de comportamiento no recomendable. Una de ellas me viene ahora a la memoria; la que se muestra en los geniales “Ojos verdes”, por ejemplo: “Asomá a la puerta de la mancebía / veía encenderse la noche de mayo / Pasaban los hombres y yo sonreía / hasta que a mi puerta paraste el caballo…”

En cambio una canción que busca el éxito comprende ahora un nutrido conjunto de individuos generalmente ataviados de forma sorprendente y dando saltos o haciendo cabriolas al tiempo que lanzan gritos cercanos al berrido en idiomas que no llegan a entenderse. Todo ello dentro de una ambiente de estridencias luminosas que ponen a prueba nuestra propia vista.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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