Por Carlos de Bustamante

(La Batalla de Pavía, por Augusto Ferrer-Dalmau)
Porque la gran batalla y victoria de las tropas españolas llega a su fin, me abstengo de todo comentario. Es tal su importancia en la historia no solo de España, sino universal, que debo hacer – y lo hago- mutis por el foro.
ENTRE DOS FUEGOS
A las seis de la mañana y a la señal convenida de unos cañonazos, varios miles de hombres de la guarnición de Pavía dirigidos por Leyva (que, enfermo de gota, tuvo que ser transportado en una silla) salieron y atacaron bravamente a los 10.000 franceses, al mando de Montmorency y Alençon, que defendían los bastiones en las inmediaciones de la ciudad. Con esto consiguieron inmovilizar a esa fuerza para el resto de la batalla y dejar al ejército francés entre dos fuegos. Una vez traspasado el muro y el bosque en el sector norte del parque, la infantería española inició su despliegue. Una unidad española, al mando de Pescara, se dirigió hacia la colina en cuya cima estaba situado el castillejo de Mirabello, importante posición táctica desde la que se dominaba el campo de batalla y donde los franceses guardaban el bagaje. Mirabello fue tomado al asalto a las seis y media de la mañana por 3.000 soldados españoles que mandaba el marqués del Vasto y aniquilaron a la escasa guarnición. En ese tiempo, la artillería francesa, apostada frente a Pavía, que disponía de más de 50 piezas muy móviles para la época, causó severas bajas a las columnas imperiales, que se detuvieron para ponerse a resguardo del fuego enemigo en los desniveles del terreno. Fue un momento muy difícil y confuso, porque las tropas de Fleurange y la caballería de Tiercelin ya avanzaban para contener al ejército imperial. Por suerte para los españoles, estas tropas colisionaron con una unidad de infantería napolitana que mandaba un capitán llamado Papacoda. Por un momento, este capitán dudó si retirarse a una arboleda cercana para ponerse a salvo de la caballería, pero desistió cuando uno de sus alféreces se lo recriminó: «Para un día como este —le dijo— os ha estado pagando el emperador muchos años, y, por tanto, no os cumple menear de donde estáis, si no tened por cierto que el primer picazo que yo daré será a vos».
El combate entre los napolitanos y los franco-suizos fue atroz, y los napolitanos quedaron aniquilados, pero pelearon con valor y debilitaron a la caballería francesa, causándole numerosas bajas. En cuanto a la infantería suiza, que ya daba gritos de victoria, se vio frenada por los disparos de la artillería ligera que los españoles realizaban para proteger el lugar. El virrey Lannoy, que estaba al frente de la caballería pesada imperial y que se veía en un serio aprieto, había observado el avance de Fleurange y pidió a Pescara —que aún no había abandonado la colina de Mirabello— que se concentrara con el resto de las tropas en una hondonada del parque y que, una vez a salvo de los tiros de la artillería francesa, decidiera la mejor manera de resolver la situación. Pescara cayó en la cuenta de que la idea de Lannoy era absurda, porque si se replegaban a los «fosos» —la parte baja de la colina— quedarían a merced de las baterías enemigas. Sin darse por enterado, Pescara comenzó por propia iniciativa el ataque. Montó a caballo y ordenó el avance de sus jinetes y arcabuceros españoles (unos 800) contra la caballería francesa que frenaba el avance de Lannoy. Ginés de Sepúlveda describe así el momento: Poco después, [Pescara] estando ya el ejército en formación, observó él mismo que la caballería imperial estaba siendo rechazada por la del enemigo, muy superior en fuerzas, y se veía en aprietos, y, tomando una decisión muy acertada, despachó a socorrer a la caballería una partida de arcabuceros españoles a las órdenes de Alfonso de Córdoba y Quesada. Esta partida, estrechando por un flanco a la caballería francesa y derribando a muchos de los jinetes, le causó tal desazón con sus tiros y estruendo, que la obligó a retroceder. Y así, recobrándose la caballería imperial y volviendo a embestir con gran violencia, persiguió a la caballería francesa en retirada hasta cerca de los reales; y entonces se reanudó el combate y ambas partes lucharon encarnizadamente.
LA CARGA FRANCESA
Tras un duro pelear, los lansquenetes alemanes de Frundsberg terminaron arrollando a los piqueros suizos de Fleurange, mientras una columna de 8.000 infantes españoles y alemanes y 2.000 jinetes se desplegó frente al campamento francés, donde la caballería pesada de Francisco I estaba ya preparando el ataque. Eran 4.500 jinetes acorazados (gendarmes) que formaban el arma ofensiva principal de Francia, compuesta por caballeros de alcurnia: duques, príncipes y condes, lo más granado de la nobleza francesa. El peso de la batalla se trasladó así al flanco izquierdo del ejército francés, donde se decidiría el combate. A las siete y media de la mañana, la caballería pesada francesa cargó contra los imperiales.
Fue una carga imparable de hombres y caballos acorazados, que persiguieron a la caballería enemiga hasta la linde del bosque que protegía el campamento francés y acabó con la vida del marqués de Santángelo. Pero alcanzado ese punto, las tornas cambiaron. En el bosque se ocultaban varios miles de arcabuceros españoles, la fuerza más temible de los imperiales, que se infiltraron en las filas de los gendarmes y frenaron en seco el avance de los corceles franceses con sus descargas cerradas. Los caballeros, una vez en tierra, fueron degollados con las dagas («quitapenas») de los arcabuceros y rodeleros. Francisco I, que se daba ya por vencedor, se encontró de repente con su caballería desconcertada y desorganizada tras la arrolladora carga, enfrentada a un bosque repleto de arcabuceros. Con una visión exacta de la situación, el marqués de Pescara desplegó a sus arcabuceros por el flanco derecho francés, mientras el condestable de Borbón avanzaba sobre el flanco izquierdo con 4.000 lansquenetes. Al mismo tiempo, la columna de alemanes que había derrotado a los piqueros suizos procedentes de la Torre del Gallo, se aproximaba también a través del bosque. De repente, la caballería francesa se vio rodeada, sin espacio para maniobrar y muy alejada de su infantería de apoyo. Hacia las ocho y media de la mañana, la batalla ofrecía este panorama: en el flanco izquierdo del dispositivo francés, la caballería y la artillería francesas y los piqueros suizos estaban siendo machacados. La infantería de Fleurange había sido contenida y derrotada en el centro, y en el flanco derecho, los españoles de Leyva arrollaban a las fuerzas de Montmorency. El desastre francés llegó cuando los piqueros y arcabuceros imperiales se lanzaron sobre la caballería pesada, a la que solo protegían sus armaduras. La mayor parte de los caballeros murieron por los disparos de los arcabuces o al ser descabalgados por las picas. No hubo cuartel. El mismo rey Francisco I, caído del caballo, fue capturado —según la mayoría de las fuentes— por el guipuzcoano Juan de Urbieta y salvó la vida de milagro, ya que su captor le reconoció por los ricos avíos y armadura cuando se aprestaba a degollarlo. Otras fuentes dicen que fueron Alfonso Pote y Diego Dávila, así como un zapatero de Segovia anónimo, los soldados que le prendieron. La crónica de Ginés de Sepúlveda atribuye la captura del rey, cuando huía, a Diego Dávila y Juan de Urbieta, aunque asegura que fue Dávila quien primero le dio alcance: Corrieron por algún tiempo los jinetes españoles Diego de Ávila y Juan de Urbieta, hasta que, al detenerse un poco para pasar un puentecillo, Ávila le dio alcance y atravesó el caballo del rey hincándole la espada en un punto mortal, y, al desplomarse este, echaron ellos pie a tierra y, para que no se hiciera daño al caer, ayudaron a desmontar a Francisco, por cuya revelación habían sabido que se trataba del rey, circunstancia que desconocían hasta ese momento. Diego de Ávila le quitó la espada y Juan el collar con la insignia del Toisón, para probar que habían sido ellos los que habían hecho prisionero al rey.
Un relato, seguramente deformado en el tiempo, cuenta que un soldado español se acercó al monarca prisionero, cuando ya la lucha había terminado, y le dijo: Señor, anoche, preparando la batalla, fundí para mi arcabuz diez balas de plata y una de oro. Con las primeras derribé a diez de vuestros caballeros, que no volverán a levantarse, y la de oro la tenía reservada para vos. De haberos visto en la batalla os habría acertado. Os la regalo ahora y os servirá para pagar vuestro rescate, pues vale ocho ducados. Cuando los hombres de armas franceses estaban siendo aplastados, la infantería francesa que aún resistía en el centro del parque intentó apoyarlos, pero resultaron derrotados al enfrentarse con los lansquenetes alemanes de Frundsberg que avanzaban imparables y se apoderaron de la mayor parte de los cañones enemigos. Al percatarse del desastre, los suizos de Montmorency, inmovilizados en las cercanías de Pavía, abandonaron sus posiciones y huyeron hacia Milán por un puente de pontones que cruzaba el Tesino. No todos lo consiguieron y muchos perecieron al intentar atravesar el río. Las fuerzas imperiales tuvieron unos 800 muertos, y el marqués de Pescara («hombre de gran valentía y experiencia militar», dice el cronista Ginés de Sepúlveda) acabó herido, con la coraza atravesada por una bala que le impactó en el pecho. El conde de Clonard señala: Casi todo el honor de esta jornada perteneció a los arcabuceros españoles. Después de haber conmovido a la caballería francesa, marcharon sobre la artillería, mataron uno por uno a todos los artilleros, inutilizaron todas las piezas y desjarretaron a los caballos. Las crónicas coinciden sobre el papel decisivo de la infantería española en la batalla. Poco antes de morir, el almirante francés Bonnivet dejó escrito en una carta al conde de Toulouse-Lautrec lo siguiente: Yo no sé qué decir, sino que ellos son cinco mil españoles que parecen cinco mil hombres de armas, y cinco mil caballos ligeros, y cinco mil infantes, y cinco mil gastadores, y cinco mil diablos que los soporten. Lannoy escribió a Carlos V: Los españoles han sufrido tres meses sin paga, han combatido de maravilla y han sido los encargados de ganar la batalla.