Batalla de la isla Terceira. 2

Por Carlos de Bustamante.

(Desembarco de los tercios, fresco de Niccolò Granello en la Sala de las batallas del Monasterio de El Escorial)

A lo largo de la historia de las naciones, creo que queda muy claro que ´los tradicionales´ amigos o enemigos, por lo general lo son según varíen las circunstancias.

Sucede con las naciones de antaño como algún que otro presidente hogaño:  dicen, juran o prometen cumplir la a Constitución, mantener la unidad (de la España de nuestros días, por ejemplo) y en el ejercicio de las funciones que le han sido otorgadas -o que por su cuenta se ha tomado- pacta con los que hacen o dicen precisamente lo contrario de lo que él juró o prometió. Y cuando el pacto con naciones o   representantes de ellas, es con asesinos convictos y confesos, esa nación o quien la preside, podría -o   mejor, se le debería- incoar un   delito de alta traición. Pero  escrito  este pequeño  desahogo, sigamos con mi gran desconocida, batalla de TERCÉIRA.

NAVE CONTRA NAVE

Viendo comprometido el combate, Brissac logró zafar su barco y escapó del punto principal de la lucha. Strozzi dio señal de retirada e intentó separarse completamente del San Mateo. Pero no lo logró, porque otros dos barcos españoles le cortaron la retirada y lo abordaron, dando muerte a casi todos los hombres que aún resistían a bordo.

En el curso del combate, Strozzi cayó herido de un arcabuzazo y murió cuando los españoles lo trasladaban prisionero al barco de Oquendo, mientras el Saint Jean Baptiste se hundía. La nave capitana francesa peleó valientemente hasta el final, cuando su cubierta —según un testigo— quedó «que parecía laguna de sangre». Los muertos pasaron de 400 y se hicieron 380 prisioneros.

Uno tras otro, los barcos españoles fueron incorporándose a la batalla y se entabló una lucha de nave contra nave con abordajes continuos y luchas cuerpo a cuerpo con toda clase de armas, entre el humo de los cañones que disparaban a escasos metros. Con la pérdida del buque insignia, la flota francesa se deshizo y los barcos que aún quedaban en condiciones de combatir buscaron salvarse escapando a mar abierto. Al anochecer, la escuadra de Bazán se había impuesto completamente. La batalla había durado poco más de cinco horas.

En total, la escuadra española había sufrido unas 750 bajas entre muertos y heridos, pero los franceses tuvieron unas 5.000 bajas y perdieron 11 barcos. Además, unos 400 gentilhombres, soldados y marineros hechos prisioneros fueron condenados a muerte por orden expresa de Felipe II, ya que, al estar España formalmente en paz y amistad con Francia, se les consideró piratas. El San Mateo tuvo 40 muertos, entre ellos el capitán José de Talavera, y 74 heridos, pero la flota española no perdió ningún barco.

NUEVA ERA: EL GALEÓN

Tras la victoria, Álvaro de Bazán juzgó imprudente continuar la campaña por tierra. Los soldados acababan de librar un duro combate y estaban muy fatigados, por lo que el almirante español decidió darles descanso y regresar a Lisboa para reparar los buques dañados.

Tercéira inició una nueva era en la guerra del mar. En adelante, serían los grandes buques de vela, y no las galeras, la fuerza naval que impondría la hegemonía marítima y establecería el dominio de las rutas de navegación.

El triunfo demostró que España contaba en esos momentos con la mejor flota oceánica del mundo, y el entusiasmo nacional alcanzó cotas altas. Realizada la unión peninsular, ninguna empresa parecía imposible para las armas hispanas, y Álvaro de Bazán, como Felipe II, tenía ya en mente que el próximo objetivo sería la conquista de Inglaterra.

A partir de Tercéira, el galeón pasó a ser el barco de guerra señor de los mares y el arma decisiva en el combate naval hasta la aparición del navío de línea, en el siglo XVIII.

De construcción muy sólida, el galeón estaba diseñado para tener gran capacidad de transporte, pero a la vez podía artillarse pesadamente y llevar una gran cantidad de soldados. A mediados del siglo XVI, su desplazamiento medio era de 350 toneladas, aunque algunos superaban las 1.000 toneladas. Los menores de 370 toneladas eran llamados a menudo «galeoncetes», y los que bajaban de 240, navíos.

El galeón típico tenía las bordas y el castillo de popa altos, con dos o tres cubiertas y un castillo de proa más bajo. La relación eslora/manga era de cuatro a uno, con tres palos (trinquete, mayor y mesana) de velas rectangulares y triangulares. Solo los galeones muy grandes tenían cuatro palos. La mayor parte de los galeones españoles salieron de los astilleros de la costa cantábrica, Cádiz y Sevilla. A partir de 1610 también se construyeron en los astilleros de La Habana y otros puntos del Caribe.

Aunque el galeón español estaba diseñado sobre todo para combatir al abordaje y al amparo del viento —de ahí su gran dotación de infantería y sus altos castillos—, su armamento artillero era también considerable. La variedad de piezas embarcadas era amplia (cañones, culebrinas, medias culebrinas, pedreros, morteros, bombardas, versos, sacres, etc.), y el peso de los proyectiles oscilaba entre los dos y los 11 kilos. El número de piezas de un galeón estaba entre las 20 y las 50. Las más pesadas se colocaban en el castillo de popa y el resto se repartían alrededor de la cubierta principal. Las piezas de mayor alcance, en la proa y las de mayor potencia, en las bandas.

 

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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