Por Carlos de Bustamante

(La rendición de Breda, óleo de Diego Velázquez, 1635)
Con el único fin de que mis amigos hagan un breve inciso en la lectura de la narración de Fernando Martínez Laínez y se sitúen debidamente en el complicado sitio de Breda, hago esta breve introducción que nos aproxime fidedignamente al lugar del sitio y sus protagonistas
ANTICIPACIÓN
El grave golpe que para los holandeses significaba la caída de Breda movilizó a Mauricio de Nassau, estatúder y jefe militar de los Países Bajos rebeldes. Spínola pensó que el jefe enemigo se proponía ocupar Oosterhout y se adelantó en tomar el lugar. Un día después, el estatúder apareció en la aldea de Meede, a dos leguas de Breda, pero Spínola le cerró el paso con 7.000 infantes y 30 escuadrones de caballería. Pese a que el lugar era propicio para presentar batalla, Mauricio de Nassau no aceptó el combate, aunque se produjeron escaramuzas y desafíos entre los soldados de uno y otro bando.
En vista de que no podía entrar en Breda, el estatúder intentó apoderarse por sorpresa del castillo de Amberes mediante la treta de sustituir las bandas azules y anaranjadas de sus soldados por las bandas rojas de los soldados de España, y cubrir los carros con las cruces de Borgoña. Pero el ardid no dio resultado al ser descubierto por uno de los centinelas, de nombre Andrés de Cea, quien alertó a la guarnición mandada por Juan Bravo de Laguna. Tras el fiasco, Mauricio de Nassau se retiró sin que su ataque sirviera para poder auxiliar a los asediados de Breda. El plan de sitio de Spínola implicaba el bloqueo estratégico de la ciudad. Eso equivalía a impedir la entrada de cualquier suministro y la evacuación de heridos y enfermos, para ir minando lentamente la resistencia de los defensores, que disponían de una enorme reserva de munición, pólvora y víveres. También era preciso tener en cuenta que el ejército sitiador estaba expuesto a ataques procedentes del exterior, sin contar las salidas que pudieran hacer los asediados y las pésimas condiciones de salubridad, una lacra común de los campamentos que, con frecuencia, provocaba
epidemias y enfermedades de todo tipo. Ambos contendientes reforzaron mucho sus efectivos a lo largo del asedio para suplir las continuas bajas. En marzo de 1625, el ejército de España ante Breda contaba con unos 22.600 hombres, entre los que incluían tropas enviadas por el emperador austriaco que mandaba Carlo Spinelli, mariscal de campo que había servido muchos años en el bando español en un tercio que llevaba su nombre. Consciente de que sus tropas eran insuficientes para un perímetro de asedio tan extenso como el de Breda, y alarmado por el rumor de que un ejército enemigo al mando del conde Felipe de Mansfeld podría atacarle, Spínola reclutó más caballería y 25 compañías de soldados de infantería en Alemania. A esta fuerza se unió un regimiento de la Liga Católica que combatía en la guerra de los Treinta Años enviado por el conde de Tilly. Los holandeses, por su parte, también reclutaron miles de
soldados en Inglaterra, Francia y los estados protestantes alemanes, con los que el conde de Mansfeld pretendía acudir en socorro de la plaza, pero los españoles se enteraron a tiempo y Spínola se apresuró a construir un segundo perímetro fortificado que tenía una longitud de treinta y nueve kilómetros. El doble cerco —de acuerdo con los datos de Mario Díaz Gavier— incluía 37 fuertes, 96 reductos y 45 baterías.
ZAPATOS Y CERVEZA
Para contrarrestar la amenaza de Mansfeld, Spínola pidió refuerzos a la gobernadora Isabel Clara Eugenia en Bruselas. Por su mediación, llegaron desde Alemania 6.000 infantes y 3.500 jinetes, además de otras fuerzas sacadas de las provincias flamencas en poder de España. El aumento de tropas exigió un mayor esfuerzo logístico y se instaló un almacén en Lier, donde se concentraban las provisiones y cientos de carros, con una fuerza de caballería, al mando del conde Enrique de Berghes, para asegurar los convoyes. Esto provocó la reacción de Mauricio de Nassau, que a toda costa trataba de impedir el abastecimiento de los sitiadores. Para lograrlo, además de castigar severamente a los proveedores del bando español, destruyó molinos, cervecerías y hornos de pan. Hermann Hugo dice que con eso aumentó en gran medida la carestía de comida de los soldados de Spínola, que en muchos casos tuvieron que alimentarse de la carne de los caballos muertos por el frío y las enfermedades, cuando el interior de Breda disponía de provisiones abundantes y en los cuarteles enemigos no faltaba de nada.
Para remediar en parte esta situación, Isabel Clara Eugenia acordó enviar a las sitiadoras raciones extra de cerveza y pan, y se repartieron 600 capotes para los centinelas que hacían guardia a cielo descubierto y 8.000 pares de medias y zapatos entre el resto de la tropa.
El estrecho cerco terminó finalmente haciendo mella. Los sitiados empezaron a sufrir deserciones, pero Spínola, que apenas tenía comida para sus tropas, advirtió que cuantos intentaran abandonar la plaza serían ahorcados o devueltos a ella. También se frustró por entonces otro intento de Mauricio de Nassau para llevar alimentos a Breda en barcazas con la protección de pontones artillados. La escasa marea no permitió el paso del convoy.
En la noche de Navidad, los de Breda intentaron un ataque masivo por sorpresa contra los cuarteles del conde Isenburg, y alzaron un dique para interrumpir el curso del río Merck. El objetivo era inundar el campo español y formar un lago que favoreciera el socorro naval de Breda y destruyera el campamento sitiador. La maniobra no prosperó porque los espías del campo español informaban puntualmente del estado de la obra en curso, lo que permitió a Spínola tomar las oportunas medidas, desviando las aguas del Merck a los valles vecinos y manejando con ventaja las mareas.
INFIERNO HELADO
Como los asediados insistían en levantar diques cada vez más altos y gruesos con el fin de inundar los acuartelamientos de los sitiadores, Spínola hizo cavar junto a las murallas de la ciudad un foso para frenar las aguas y desviarlas hacia el Merck antes de que se anegaran los alojamientos de la tropa. El ímpetu de las aguas terminó por romper el mayor dique de los sitiados antes de que estos pudieran terminarlo, llevándose por delante esclusas y fortificaciones de la gente de Breda.
La respuesta de Spínola a estos empeños del enemigo por inundar el campamento español fue construir una gran trinchera exterior de unos dieciocho kilómetros para impedir el paso al ejército que Mansfeld estaba reuniendo. Simultáneamente, con el fin de atajar posibles salidas de los sitiados, comenzó otra trinchera de menor perímetro que aún estaba por terminar cuando se rindió la plaza.
El hielo, la nieve y las inundaciones convirtieron la vida de los sitiadores de Breda en un infierno durante el mes de marzo de 1625. A muchos soldados se les helaron los miembros y tuvieron que amputarles los pies y las manos, y otros murieron congelados durante las guardias, igual que algunos conductores de carros de abastecimiento, atascados por el barro y la nieve en los caminos.
Contribuyeron mucho a salvar la penosa situación las mujeres que acompañaban a la tropa de los soldados alemanes, que se dedicaron a recorrer las granjas y cargar en largas distancias los víveres que los sitiadores necesitaban para sobrevivir. Estas mujeres, además de acarrear leña y buscar forraje para los caballos, trabajaban duramente en el campamento guisando la comida o lavando ropa. Sin ellas, es probable que el sitio se hubiera malogrado.