Por Carlos de Bustamante

(Granaderos españoles y el batallón de La Habana entran en Fort George. Óleo de H. Charles McBarron Jr.)
No parece, sino que Napoleón hubiera contemplado a Gálvez en liza con los ingleses para decir que ` la victoria es del más perseverante´, porque la perseverancia de Gálvez no sólo fue en el combate, sino contra un enemigo invisible y no menos formidable que el más fuerte de los mosqueteros: la naturaleza desatada; elemento que, sin previa declaración de guerra, destruye cuanto encuentra a su paso. Gálvez tenía que ser quien, sin desafiar a la poderosa fuerza de los elementos, no se arredró para, con un puñado de soldados españoles- ¡ahí es nada! -, escribir páginas gloriosas que ni la leyenda negra de los ingleses derrotados pudo ocultar ni tergiversar.
Pero no adelantemos acontecimientos. Sigo la narración de Fenando -felicidades, dicho de paso, este 30 de mayo por tu santo- Martínez Laínez que es un emporio de sabiduría democrática-histórica en sus Vientos de Gloria:
TOMA DE BATON ROUGE
El 13 de julio de 1779, el gobernador convocó una Junta de Guerra ante la que planteó la situación crítica de Luisiana. Solo disponía de 600 soldados españoles, de los que dos terceras partes eran reclutas. Para empeorar más las cosas, el 10 de agosto se desencadenó un huracán que asoló Nueva Orleans y hundió casi todas las embarcaciones artilladas fondeadas en el río Misisipi. Pese a tan enorme pérdida, Gálvez no detuvo los preparativos ofensivos, secundados por la población civil.
Solo dos semanas después, la columna española se puso en marcha con 587 soldados y algunos indios y negros libres. Después de un penoso camino, llegó a la vista del fuerte de Manchac, en poder de los ingleses. El 7 de septiembre fue tomado por asalto y sin bajas. Tras un breve descanso a la tropa, Gálvez emprendió la conquista del fuerte de Baton Rouge, defendido por 13 cañones y unos 650 hombres. Ordenó cavar trincheras y emplazar baterías, y a las pocas horas de iniciarse los disparos la guarnición se rindió.
A la captura de Baton Rouge siguieron las de los fuertes de Panmure y Natchez (5 de octubre) y los puestos fortificados de Tompson y Amith, lo que dio a los españoles el dominio de la cuenca baja del Misisipi y desbarató los planes ingleses de ataque a Nueva Orleans.
A principios de octubre de 1779, el ejército de Gálvez había cubierto todos los objetivos asignados y capturado a unos 600 soldados británicos y mercenarios alemanes, 500 colonos armados, tres fortalezas y un barco corsario inglés, el West Florida, que llevaba dos años actuando en el Misisipi. En total, habían conquistado casi dos mil kilómetros a lo largo del gran río, con un número insignificante de bajas propias.
Ascendido a brigadier por estos hechos, Gálvez no se conformó. Sabía que para desalojar a los ingleses del golfo de México y reconquistar La Florida aún le quedaba adueñarse de Mobila y Pensacola, dos poderosas fortalezas. Emprendió la conquista de la primera con 1.200 soldados regulares y algunos milicianos, sin haber recibido ayuda del capitán general de Cuba, Diego José Navarro, que se oponía a los planes de Gálvez por considerarlos demasiado arriesgados. La tropa zarpó en 14 embarcaciones desde el Misisipi. Una vez más los elementos se conjuraron en contra. Un violento temporal dispersó e hizo zozobrar a la mayoría de los barcos. Ante tan apurada situación, Gálvez no se arredró. Llegó a la barra de la ría de Mobila, en el actual estado norteamericano de Alabama, sin víveres ni municiones y con la tropa en estado penoso. Aun así, decidió entablar combate. Instaló una batería en la punta que dominaba la entrada a la bahía de Mobila. Con la madera de los buques destrozados por el temporal, montó escalas de asalto. Acto seguido encaminó su fuerza hacia el fuerte Charlotte, bastión principal del objetivo que se había propuesto.
El jefe español envió al capitán Bouligny a exigir la rendición de la fortaleza de Mobila. Según los usos caballerescos, aún existentes en esa época, se produjo un intercambio de regalos -vino, naranjas y puros habanos- con el comandante de la guarnición inglesa, Elias Durnford. las gentilezas acabaron pronto. Sabedor Gálvez de que los ingleses se reforzaban con 1.100 hombres desde Pensacola, al mando del general John Campbell, se apresuró a atacar, contando con un corto auxilio que le llegaba desde Cuba.
El 12 de marzo de 1780, con ocho cañones de 18 libras y uno de 24, los españoles iniciaron el fuego y, al caer ese mismo día, los británicos pidieron parlamentar. Ofrecieron entregar el fuerte a cambio de que se les permitiera retirarse a Pensacola, a lo que los españoles se negaron. Finalmente, la mayoría de los británicos aceptaron entregarse prisioneros y Campbell se retiró apresuradamente, perseguido de cerca.
Defendían Mobila unos 320 hombres y 65 piezas de artillería, que quedaban en poder de los vencedores; como recompensa por el triunfo, Gálvez fue ascendido a mariscal de campo y nombrado jefe de todas las operaciones españolas en el norte de América.
Campbell, resentido por la derrota, envió en enero de 1781 una fuerza para recuperar Mobila. Los españoles, bien atrincherados, frustraron el intento…