Por Carlos de Bustamante:

(La Selección Nacional Femenina de Fútbol con las Medallas de Oro en el  Campeonato del Mundo de Australia–Nueva Zelanda 2023 Sidney, domingo 20 de agosto del 2023)

Me hubiera gustado, amigo Felipe, que aun en diagonal nada más, hubieses leído alguna de mis novelas camperas. La obra que Dios creó -, nuestro planeta azul-, lo hizo con infinito amor y perfección para que quien creó luego a su imagen y semejanza `Lo trabajara, y custodiase´. Lo que en principio en absoluto fue un castigo, corre a borbotones, como sangre arterial por nuestras venas, tanto  en mi `Boanerges´ (Hijos del Trueno), como en tu original `y Dios se hizo ganadero, bellísimo, dicho sea de paso. Con distintas profesiones, el campo -extremeño el tuyo, castellano del valle del Duero el mío- nos hermanan con un parentesco cuyo yugo es difícil desatar. Los dos amamos entrañablemente el campo y sus adláteres.

“A mi abuela Augusta (+), que decía que la gente no tenía “calapatricio”. Por Felipe Benicio Albarrán Vargas-Zúñiga

El caso es que mi abuela paterna decía bien: ¡ya no hay gente con calapatricio! Dejó de haberla, por desgracia. Hace mucho tiempo. Se ha perdido el respeto a todo. Se ha esfumado, merced al aireamiento provocado por el “todo vale”, la sensatez y la cordura en el actuar de las personas, sobre todo de ciertas personas que han de servir de imagen en la que fijarse muchos de los mortales. Por desgracia, cada día hay menos referentes, y los que hay se van muriendo.

Pronto, y siento ser agorero, no habrá referentes personales en quien mirarse para seguir una senda en la vida jalonada de hitos del saber estar. Decía mi abuela Augusta, a quien no le gustaba que mi mujer no supiera cocinar, o sea, que no tuviera calapatricio gastronómico, que el calapatricio es sinónimo de sensatez, de sentido común, de saber estar, de conocimiento asaz como para andar por la vida con la testa erecta y no gacha. Calapatricio es imagen, es, en una palabra, “facha vital”. Y tenía razón mi abuela: ya no hay calapatricio. Y eso, querido lector, es peligroso, más de lo que parece, porque al no haber calapatricio se permite cualquier cosa, se hace lo que no se debe, se muestra en público -lo privado no trasciende- lo que no debía mostrarse. Para mí, un ejemplo de calapatricio fueron dos damas por las que he sentido cierta devoción personal en mi vida. Y me refiero a personajes públicos, pues dejo al margen, para no herir posibles susceptibilidades, modelos de vida de mi entorno personal o familiar, no vaya a ser que la tengamos sin necesidad. Y las dos damas a las que me refiero fueron Doña María y la Reina Isabel II.  Me refiero a Doña María de Borbón, Condesa de Barcelona, madre de Su Majestad el Rey Juan Carlos I, y abuela de nuestro actual monarca, Don Felipe VI, a quien Dios guarde. Y la otra, la Reina Isabel II, es la anterior reina de Inglaterra y de no sé cuántos confines más. Me da igual lo que hayan o no hayan hecho en su vida privada, pues no es de mi incumbencia. De mí, lo que afecta a la gente es cómo voy por la calle y de qué forma me comporto, pues a nadie interesa, o debe interesar, si en la intimidad de mi domicilio me despacho con las nalgas al aire o engullo las viandas como los bosquimanos. Pues eso me pasa a mí con las reinas citadas. Y digo reinas, en plural, y sé por qué lo digo, y quien no esté de acuerdo que se aguante.

No imagino a ninguna de las dos egregias y augustas damas saltando como si tuvieran en los pies un saltador Gorila. Aquel juguete que marcó los Reyes Magos de ciertos años, coreando el griterío que celebre el triunfo de sus respectivos países en competición cualquiera. Digo que no me importa de ellas su intimidad, pues me importa un bledo si se bebía alguna de ellas medio litro de ginebra al día, entre copa y copa. A una me dio Dios la oportunidad de poder cumplimentarla en más de una ocasión; a la otra, de verla en televisión. Y, de las dos, siempre, me impresionó su saber estar, su forma de comportarse, la transmisión que hacían en público, casi sin que se notara, del papel que la Historia le había asignado a cada una de ellas. En resumen: me impresionaba y cegaba de ellas el calapatricio del que hacían gala. Y no dejo atrás a la Reina Sofía, que bien aprendió en la cuna la manera de proceder cuando Dios dispone el nacimiento de una persona en el seno de una Familia Real.

Hoy, España entera, y no seamos falsos, se rasga las vestiduras por ciertos hechos, por supuesto nada asumibles y del todo reprobables, que han venido a despistar a los españoles sobre lo que de verdad debe interesar en estos días que vivimos; cruciales, además, para el futuro de la Nación. Nunca ha venido tan bien un beso, o pico, o meneíto, o como quieran decirle, para que la gente olvide la que se nos viene encima. Ya nadie se acuerda de lo que puede marcar nuestra vida en los próximos años, quizá muchos, porque la execración del carácter sagrado que debe comportamiento de quien tiene obligación de dar imagen y ejemplo se ha hecho norma habitual. O sea, se ha perdido el calapatricio.

Ahora se permite todo. No se me va de la cabeza la actuación de no sé qué cupletera, perdón, sé el nombre, pero no le voy a hacer propaganda, porque no quiero, que para reclamar no sé qué dignidad ha resuelto cantar con las tetas (mamá, perdona, pero cada cosa tiene su nombre) al aire. ¡De vergüenza! Pensaba escribir sobre la dignidad femenina, la masculina y la de todo el orbe, pero prefiero no entrar en situaciones que puedan causarme, vaya Vd. a saber, algún desasosiego penal. Dignidad, para mí, es otra cosa. Y lo digo después de vivir ya sesenta y cinco años, y darme cuenta de muchas cosas a lo largo de mi vida. ¡Vaya forma de reclamar la dignidad! Para reclamar algo, posiblemente, lo primero de todo, sea saber qué es lo que se pide, que en este país de María Santísima me parece que hay mucho equivocado.

Decía que ahora se permite todo. Y eso no puede ser. Tengo la plena seguridad de que no hubiera pasado lo que ha pasado por “… el beso que le dio en el cuerpo a una dama que sí conocía, por un beso que le dio en el cuerpo que ha venido a truncar su alegría…”, si las formas se hubieran guardado debidamente. Y así lo digo tanto en el palco como en el césped. No concibo a la Reina Isabel II de Inglaterra cogiendo su habitual sombrero y aireándolo, cual pañuelo mocoso de los que ahora se tremolan en las bodas de hoy día a la entrada de los novios en el banquete nupcial, para festejar la victoria de su caballo en las carreras de Ascot. Ni a Doña María bailar la conga cuando ganaba al bridge. ¡Por favor! La pérdida de ciertos detalles lleva a una singladura de la que el puerto final puede ser cualquiera. siendo la deriva imprevisible por el oleaje y acabando con la derrota de forma inimaginable.

Que España haya ganado, por mucho que haya sido el equipo femenino, un campeonato del mundo no es para perder los papeles. Y me refiero a los papeles del saber estar, a esos papeles que son los que dan carta de naturaleza al calapatricio. Nada lo justifica. Nada. Y menos si la imagen es pública. Ya lo he dicho antes. Somos lo que proyectamos a los demás, no lo que ocultamos a la vista del respetable. Me alegro de que un equipo de féminas haya triunfado rotundamente. Tampoco ello significa que se haya descubierto, de la noche a la mañana, el papel de la mujer en el Universo. ¡Pero si no somos nadie sin ellas! ¡Si el más principal y fundamental papel de la mujer es ser madre del resto de la creación! ¡Es su mayor reivindicación de la dignidad! Nadie somos nada sin la mujer. Ojo, ni ésta sin el hombre, que cuando Dios nos creó hombre y mujer por algo sería. Somos complemento necesario uno de otra, u otra de uno. Nada somos a solas. Nadie somos sin el otro, o la otra. La dignidad que hay que reivindicar es la del ser humano, sin distinción de sexo, o raza, o religión. No hay, pues, que enseñar las mondongas y mondongos para reivindicar dignidad alguna. No hay que saltar alocadas y perdiendo el norte de la compostura para reivindicar el papel de la mujer en el mundo. Las cosas no pasan porque sí. Pasan porque borramos la frontera de lo conveniente, y pasamos al terreno de lo inconveniente.

Entro al trapo, y bien que lo siento. Una Reina de España, aunque sea consorte, no puede botar como pelota de tenis abrazada en masa a quienes, gracias a su esfuerzo, representan a todas las mujeres de España que han sido campeonas en su diario quehacer. Muchas -la mayoría- lo son en el silencio de sus hogares, de sus familias, de sus trabajos, de sus penurias, de sus sufrimientos y padecimientos…. Banalizar el comportamiento de quien debe ser espejo en el que mirarse mucha gente es peligroso. Nunca deben perder ciertas personas su compostura, por mucha alegría que se sienta, y yo también la sentí, en ciertos momentos. Estamos a la vista de todo el mundo, merced a la televisión. Quiero pensar, y lo expreso como lo siento, que, si se hubieran guardado las formas en la línea de saludo, empezando por quien la encabezaba, no se hubiera llegado, a buen seguro, a la situación que pregonan hoy por hoy todos los titulares de prensa, dejando otros en la letra chica del olvido premeditado. También pienso que no hubiera estado de más, de haberse guardado el ánimo y la compostura debidos, darle un empujón a quien tratara de propasarse. Sería una bella forma de reclamar el respeto a la dignidad. Hay que mantener la cabeza fría en los momentos en que el corazón se calienta. No es fácil, pero es preciso. He asistido a multitud de actos, religiosos, militares y civiles, donde se ha ensalzado de forma notoria y merecida a alguna persona o a algún grupo de ellas. Y no por ello se han rasgado las sotanas ni han lanzado los breviarios al aire, ni se han dedicado a desabotonarse apresuradamente las guerreras para sacar pecho al aire cual legionario aspirante deseoso de ser novio de la muerte, ni se han descorbatado los galardonados o nombrados como en las bodas del pueblo chico. Ni se han abrazado con frenesí al sacristán o al obispo, ni han manteado al general de turno, ni han llevado a hombros cual torero a quien presidiese el acto. Suele imperar la cordura. En fin, que las cosas no pasan porque sí. Las cosas pasan porque tienen que pasar, porque se abona el terreno para que pasen. Las cosas pasan, querida abuela, porque no hay… ¡calapatricio!

¡Qué razón tenías”!

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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