Por José María Arévalo

(Mariano Fortuny. Campamento árabe, c. 1862. Acuarela y lápiz grafito sobre papel, 127 x 180 mm. Musée Goya, Castres)
La exposición “Mariano Fortuny. Dibujos” abierta hasta el 3 de mayo en el Museo Carmen Thyssen Málaga,, reúne 28 dibujos y cuatro grabados procedentes del Musée Goya de Castres y propone una revisión diferente de uno de los artistas más admirados del siglo XIX. Mariano Fortuny y Marsal (Reus, 1838–Roma, 1874)
La muestra, desplaza el foco desde el pintor brillante de La vicaría hacia un creador que encontraba en el papel un espacio de intimidad y riesgo. Ese desplazamiento no es menor. Durante años, el éxito internacional de sus grandes composiciones, celebradas en el París de 1870, fijó una imagen reducida del artista, asociada al preciosismo y al virtuosismo técnico. Sin embargo, al recorrer estas obras sobre papel se desmorona el cliché y emerge una personalidad más compleja, más audaz y, en cierto modo, más contemporánea.

(Mariano Fortuny . Joven desnudo pensativo, c. 1860-1862.Carboncillo sobre papel, 426 × 307 mm. Musée Goya, Castres)
El dibujo fue para Fortuny algo más que un paso previo a la pintura. En él se jugaba su relación directa con el mundo. Las hojas reunidas en Málaga permiten asomarse a ese laboratorio interior donde la línea se vuelve pensamiento. En carboncillos y aguadas, en tintas rápidas y acuarelas transparentes, el artista ensaya soluciones compositivas, tantea luces, se abandona a la inmediatez del gesto. Frente a las exigencias del mercado y de su marchante parisino, que condicionaron parte de su producción oficial, el papel ofrecía un margen de libertad difícil de encontrar en los grandes encargos.
El comisario del Año Fortuny, Francesc Quílez, insiste en esa dimensión liberada del dibujo, capaz de desvelar a un artista valiente, dispuesto a romper con los estereotipos que han modelado su fortuna crítica. Basta detenerse ante escenas como los mendigos árabes o los campamentos norteafricanos para advertir que su modernidad no reside únicamente en su destreza, sino en su mirada. El viaje a Marruecos entre 1860 y 1862 dejó una huella profunda en su imaginario, alimentando un orientalismo que, lejos de ser decorativo, se convierte en terreno de experimentación formal.
La exposición subraya también su fascinación por el paisaje y la pintura al aire libre. Algunos apuntes revelan una atención a la luz que anticipa libertades de trazo asociadas al impresionismo, movimiento que eclosionaría tras su muerte prematura a los 36 años. En esos estudios rápidos se percibe una energía contenida, un deseo de capturar lo fugaz antes de que se desvanezca. El papel, frágil y directo, acoge esa urgencia sin filtros.

(Mariano Fortuny . Dos mendigos árabes en la esquina de una calle, Aguada sobre papel, 215 × 269 mm. Musée Goya, Castres)
Formado en la tradición académica, donde el dibujo era la base de toda práctica artística, Fortuny llevó esa disciplina a un territorio personalísimo. Este recorrido permite calibrar hasta qué punto el trabajo sobre papel fue el sustento de su crecimiento creativo. No se trata solo de talento innato ni de dominio técnico, aunque ambos resulten evidentes. Lo que asoma es una autoexigencia constante, una voluntad de no repetirse y de asumir riesgos para evitar la comodidad.
Las cuatro planchas de aguafuerte incluidas en la selección recuerdan que esa maestría lineal se trasladó también al grabado, técnica que el museo ya había abordado en una exposición anterior dedicada al artista. Aquí, sin embargo, el protagonismo lo asume la inmediatez del dibujo. En él se transparenta un Fortuny que dialoga consigo mismo, que explora emociones y sensaciones más allá de la mera verosimilitud.
El conjunto procede de uno de los fondos públicos más importantes de obra gráfica del pintor, custodiado en Castres gracias a la donación de Henriette Fortuny en 1950 y a adquisiciones posteriores. La mayoría de estas piezas se muestran ahora por primera vez en España, lo que convierte la cita malagueña en una oportunidad excepcional para reconsiderar su legado.
Como contrapunto, en la sala dedicada al preciosismo se exhiben dos pinturas icónicas del museo, Paisaje norteafricano y Corrida de toros, cuyos temas dialogan con los dibujos seleccionados. Ese diálogo refuerza la idea central de la muestra. Bajo la superficie brillante del pintor celebrado late un dibujante inquieto que no se conforma con repetir fórmulas de éxito.

(Mariano Fortuny . Rezo ante el oratorio, c. 1870-1872. Tinta y aguada sobre papel, 316 × 215 mm. Musée Goya, Castres)
Fortuny murió joven y dejó una obra atravesada por la intensidad. En estas hojas, ligeras y decisivas, se advierte que su modernidad no fue un accidente ni un adorno retrospectivo. Nació del contacto directo con el papel, de la confianza en la línea y del impulso de ir más allá de lo esperado. Málaga ofrece ahora la posibilidad de mirarlo de cerca y, al hacerlo, de descubrir que la verdadera audacia del maestro se escribió muchas veces en silencio, con tinta y carbón, lejos del ruido del mercado.
Lourdes Moreno, directora del Museo Carmen Thyssen, recuerda que el pintor procedía de una familia humilde. Huérfano a los seis años de padre y a los 16 de madre, fue su abuelo quien se hizo cargo de su educación. Viajó con él hasta Barcelona, donde recibió clases en la escuela de la Llotja. Allí, la Diputación de Barcelona, con tan solo 20 años, le otorgó una beca para viajar como una especie de corresponsal de guerra a la campaña del norte de Marruecos. Fue bien acogido por el general Juan Prim, también natural de Reus. Para Moreno, «en Marruecos, Fortuny sintió que la naturaleza y la luz le dominaban. A partir de ese momento, esa temática estuvo presente a lo largo de toda su vida y de toda su producción. La luz —en esto fue un innovador—, la luz del exterior. Y, aunque estaba comisionado para representar escenas de guerra, puso sobre todo su ojo sensible en los personajes autóctonos del mundo norteafricano y en el gran escenario geográfico de ese Marruecos del norte. Tanto le influyó que después volvió: solicitó de nuevo ayuda a la Diputación y regresó. El primer viaje fue en 1860; el segundo, en 1862; y hubo un tercero, posterior, cercano a los años setenta del siglo XIX». A lo largo de su corta, pero intensa, vida artística, Mariano Fortuny y Marsal (Reus, 1838 – Roma,1874) convirtió la práctica del dibujo en una de sus formas más habituales de expresión creativa. Reconocido como el pintor español más internacional del siglo xix, la realización de obras como La vicaría presentada en París en 1870, además de contribuir a un éxito social y económico sin precedentes, con el paso del tiempo determinó una apreciación reduccionista de su obra y la fijación de un cliché que ha limitado el alcance de una propuesta original, imaginativa y muy ambiciosa. Sin negar las características de una estética presidida por el culto al preciosismo y el virtuosismo, transformados en dos lugares comunes destinados a valorar su genio, lo cierto es que el dibujo ensanchó sus horizontes y la observación de muchas de sus producciones sobre papel nos permite penetrar en los entresijos de un sistema artístico mucho más complejo de lo que podríamos suponer.

(Mariano Fortuny . Corrida de toros, suerte de varas, c. 1868-1870 Tinta y aguada sobre papel, 266 × 417 mm Musée Goya, Castres)
La contemplación de algunas de sus obras, más allá de su refinamiento técnico o de ejercer un misterioso efecto de imantación, nos ayuda a descubrir a un artista inadvertido, casi desconocido, capaz de establecer con el soporte de papel una relación idílica. En estos trabajos emerge un creador insólito, que con su exacerbada sensibilidad es capaz de despertar en nosotros el registro de la experiencia estética. Sus dibujos nos trasladan a un lugar inexplorado, en el que el lenguaje artístico activa los resortes de nuestras emociones y nos permiten gozar de un universo plagado de imaginación, fantasía,hedonismo y belleza. Sin renunciar a las referencias literarias, deudoras de las convenciones del lenguaje de su época, que encontramos en muchas de sus creaciones pictóricas, o al principio de verosimilitud que rige su manera de entender la práctica artística, las obras dibujadas exploran lugares insospechados y en ellos es fácil observar un anhelo de libertad, de superación de las referencias visuales tradicionales, con el fin de dejarse arrebatar por las pulsiones más instintivas.
Las ideas artísticas adquieren una nueva dimensión, se nos muestran luminosas y despojadas de los condicionamientos del mercado artístico y de los gustos arcaicos de una clientela que no acostumbraba a tolerar las desviaciones heterodoxas.
La muestra reúne -escribe Francesc Quílez Corella, Comisario del Año Fortuny, en el catálogo de la muestra- una selección de dibujos y grabados de una de las mejores colecciones públicas europeas de la obra de Fortuny, la que atesora el Musée Goya de Castres, y la mayoría de estos trabajos se exponen por primera vez en España. Formado por más de 30 obras, el grupo nos permite calibrar la importancia que, para el crecimiento creativo de su autor, tuvo la práctica del dibujo, convertida en el principal sustento de una cosmovisión muy receptiva a resolver los muchos desafíos compositivos a los que tuvo que hacer frente. Por otro lado, este repertorio visual da idea de la creatividad de Fortuny, la cual no puede circunscribirse al hecho de poseer un talento innato o a una reconocida solvencia técnica. El recorrido expositivo nos proporciona algunas de las claves de lo que cabe considerar como un estilo brillante, resolutivo y que despierta en el visitante un sentimiento de admiración. A estas cualidades, debemos añadir la que sin duda es una de las más significativas, la modernidad de una propuesta que encierra el deseo de trascendencia y dibuja una aportación que tiene la capacidad de superar el tiempo histórico que le tocó vivir, hasta el punto de transformarse en un legado atemporal. La fascinación que despierta su genio nos permite apreciar un alto nivel de autoexigencia que es asumido con naturalidad y como un estímulo que le ayuda a salir de la zona de confort. En su caso, el proceso creativo representa, ante todo, una necesidad de hacer frente a nuevos desafíos y adoptar todos los riesgos que sean necesarios para evitar tanto el conformismo como la inercia acomodaticia. En la exposición encontramos un amplio abanico de imágenes que documentan la familiaridad del artista con el trabajo sobre papel. También aparecen algunas de las temáticas que, como el orientalismo o la pintura de género, formaron parte de una idiosincrasia de época en cuyas fuentes siempre alimentó un imaginario fecundo. A diferencia de la pintura, muy condicionada por los criterios de gusto, en los dibujos descubrimos una espontaneidad, una ligereza en el trazo y una voluntad de experimentar con el fin de desligarse de las ataduras a las que lo sometieron unos compromisos comerciales, que en algunos episodios artísticos atenazaron la pulsión creativa. Para poder alcanzar este objetivo, no dudó en recurrir a unas facultades innatas que le ayudaron a incrementar la eficacia de su expresividad.
La versatilidad y sofisticación técnicas son herramientas que domina a la perfección y que le resultan muy útiles para lograr los efectos estéticos más brillantes e insospechados.