El Dr. Martínez-Piñeiro y la clínica La Luz

Podría ser un galán maduro, de pelo cano, mirada inteligente y trato cordial. Un seductor, al estilo David Niven. Pero es mucho más que eso. Un cirujano extraordinario, un científico de fama internacional, un médico en el más amplio sentido de la palabra. Un trabajador infatigable y, por encima de todo, de una calidad humana sólo comparable a su valía científica y profesional. Me refiero al Dr. José Antonio Martínez-Piñeiro, doctor cum laude en medicina por la universidad Complutense de Madrid, durante 30 años jefe del Servicio de Urología del hospital La Paz de Madrid, profesor titular de urología en la universidad Autónoma hasta la edad de retiro y desde entonces profesor emérito en la misma cátedra. Fundador y miembro del Managing Commitee de la Asociación Europea de Urología ––que le concedió la primera medalla Willy Gregoir en 1992–– ha sido también presidente Asociación Española de Urología y es miembro titular, entre otras, de la Confederación Americana de Urología, la Sociedad Internacional de Urología y de la Asociación Americana de Urología. Etcétera.

Sus galardones y premios, su currículum científico y profesional –más de 1000 comunicaciones, 400 publicaciones científicas en congresos y simposios– es tan apabullante como imposible de resumir. A este médico y ser humano excepcional, a su sabiduría y mano experta le debo algo tan maravilloso como es la salud. Y mis ganas de vivir. Por eso quiero expresarle públicamente mi reconocimiento y mi eterna gratitud.

La historia es breve. Hace seis años una mala praxis –un simple sondaje– en el servicio de urgencias de un hospital público desgarró mi uretra. Después de cinco años de peregrinación por diversos hospitales públicos y privados –y un total de siete intervenciones quirúrgicas– mi estado físico y sufrimiento emocional era insostenible. Hasta que el azar y el consejo de un amigo me puso en contacto con el doctor Martínez-Piñeiro. Una uretroplastia y tres días de ingreso hospitalario en la clínica La Luz han reparado mi uretra herida, devolviéndome la salud y las ganas de vivir, tras seis interminables años de sufrimiento.

Esa es mi impagable deuda de gratitud con el doctor Martínez-Piñeiro, con su hijo Luis, los doctores Ríos, Justo y el resto del equipo. Sin olvidar a Penchi y a la doctora Rebeca Fernández, jovencísima y brillante neuróloga del centro. Considero también un deber moral hacer públicos estos hechos para conocimiento de posibles enfermos –o maltratados– urológicos.

Agradezco asimismo a la clínica La Luz sus magníficas instalaciones, las atenciones recibidas –hacer que la comida de un hospital sea apetecible tiene su mérito–, la profesionalidad y el trato exquisito de sus enfermeras, auxiliares y celadores. Gracia, el ángel de la noche, Katy, Marisol, Francisco, Alejandro… y todos los demás cuyo nombre siento no recordar.

Sólo dos aspectos a mejorar por la dirección de la clínica La Luz: la excesiva burocratización del ingreso hospitalario, con exigencia de avales, depósitos a cuenta y tarjetas de crédito. Y el elevadísimo coste por día de hospitalización que hace que un ciudadano de infantería como yo deba hipotecarse literalmente para afrontar el pago. Otro enfoque de estos dos asuntos convertiría a la clínica La Luz en el centro hospitalario perfecto.

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