El monte español, entre maleza y burocracia

Las leyes ecolojetas y la Agenda 2030 impiden cada año retirar del monte las 60 millones de toneladas de maleza inflamable

Agricultores, ganaderos y habitantes del medio rural denuncian desesperados la rigidez e irracionalidad de las normativas ambientales

Las leyes ecolojetas y la Agenda 2030 impiden cada año retirar del monte las 60 millones de toneladas de maleza inflamable

La maldición del ecolojeta.

Mezcla letal de sectarismo e ignorancia.

En los pueblos rodeados de monte, la llegada del verano trae consigo el mismo ritual: mirar al cielo, oler a humo y rezar para que el fuego no arrase con todo.

Los habitantes lo tienen claro: la maleza acumulada es un polvorín, pero la ley exige informes, permisos y burocracia para cada actuación, bajo la amenaza de multas que pueden superar los 3.000 euros por cortar ramas o desbrozar sin el beneplácito administrativo.

La paradoja es evidente: proteger el medio ambiente se ha convertido, para muchos, en una trampa que pone en jaque la seguridad de los propios ecosistemas y de quienes los habitan.

A día de hoy, 23 de agosto de 2025, la situación es especialmente tensa.

Agricultores, ganaderos y habitantes del medio rural denuncian desesperados la rigidez e irracionalidad de las normativas ambientales.

La despoblación rural, la desaparición de los rebaños, el abandono de lotes de cultivo no accesibles con máquinas y la falta de gestión forestal han incrementado la acumulación de biomasa combustible, como matorrales, hojas y ramas secas, lo que eleva el riesgo de incendios forestales.

El crecimiento anual de biomasa arbórea en España se estima en más de 30 millones de metros cúbicos según el Segundo Inventario Forestal Nacional, pero solo una fracción se aprovecha, dejando el resto como material combustible potencial.

Mientras tanto, ecologistas y autoridades defienden la necesidad de preservar la biodiversidad y cumplir con los objetivos marcados por la Agenda 2030, que busca una gestión sostenible de los recursos naturales.

 

Las leyes, el monte y la agenda internacional

España cuenta con una de las legislaciones ambientales más avanzadas de Europa, respaldada por la Constitución de 1978 y desarrollada por un mosaico de leyes estatales y autonómicas.

La Ley 21/2013 de Evaluación Ambiental y la Ley 42/2007 del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad establecen la necesidad de proteger el entorno, pero también imponen restricciones a la hora de intervenir en bosques, riberas y zonas protegidas.

En la práctica, esto se traduce en que para desbrozar un camino rural, limpiar un margen de río o retirar ramas caídas, se exige una autorización previa y, en muchos casos, un informe técnico que avale la actuación.

El objetivo es evitar daños a la flora y fauna, así como garantizar que las intervenciones sean compatibles con la conservación.

La Agenda 2030 y las políticas europeas refuerzan esta línea, apostando por una economía circular, la reducción de emisiones y la protección de los hábitats.

Sin embargo, agricultores y ganaderos sienten que el péndulo se ha desplazado demasiado hacia la burocracia y la protección pasiva, en detrimento de la prevención activa de incendios y la gestión tradicional del monte.

La maleza, un enemigo que crece cada año

Según estimaciones del propio sector forestal, en los montes españoles se acumulan cerca de 60 millones de toneladas de biomasa inflamable.

Esta cifra, aunque discutida en los despachos, la sienten muy real quienes ven crecer los matojos y arbustos cada primavera. La falta de pastoreo, el abandono rural y las trabas para limpiar aumentan el riesgo de grandes incendios, como los que cada año devastan miles de hectáreas en la Península.

No es solo cuestión de paisaje: la maleza es combustible puro. Cuando no se retira, basta una chispa —un rayo, una colilla, una máquina agrícola— para que el fuego se propague a gran velocidad. Los propios cortafuegos naturales, como los cauces de los ríos o los caminos rurales, se convierten en trampas si no se pueden limpiar con agilidad.

En la actualidad, las multas por limpiar sin permiso pueden oscilar entre los 1.000 y los 100.000 euros, dependiendo de la infracción y el daño causado. Esto ha generado una auténtica “psicosis administrativa” en muchos pueblos, donde se prefiere dejar la maleza antes que arriesgarse a una sanción.

Cuando el monte era despensa, cortafuegos y hogar

Los más veteranos recuerdan con nostalgia los tiempos en que los rebaños de ovejas y cabras recorrían las laderas, devorando pastos y maleza. El pastoreo extensivo y la agricultura tradicional —como la plantación de centeno en los taludes— mantenían el monte limpio y reducían el riesgo de incendio. Cada rama caída tenía un uso: leña para el hogar, cama para los animales o abono para la huerta.

Aquella gestión activa del territorio, basada en el conocimiento local y la economía de subsistencia, se ha visto desplazada por la despoblación rural y una visión más estática de la naturaleza. Los agricultores y ganaderos reclaman poder recuperar esas prácticas, argumentando que son la mejor herramienta de prevención contra los incendios y una forma de revitalizar el campo.

¿Protección o parálisis? El debate ambiental y sanitario

La protección ambiental no es un capricho. Los bosques y montes saludables son esenciales para la salud pública: filtran el aire, regulan el clima y ofrecen espacios para el bienestar físico y mental. Sin embargo, cuando la normativa impide actuar con rapidez, se generan situaciones de riesgo tanto para las personas como para la biodiversidad.

Un incendio forestal no solo destruye ecosistemas: libera grandes cantidades de partículas finas y gases tóxicos que afectan a la calidad del aire y aumentan las enfermedades respiratorias, especialmente entre los grupos más vulnerables. Además, la pérdida de cobertura vegetal favorece la erosión y la desertificación, agravando los efectos del cambio climático.

Por otro lado, la acumulación de residuos vegetales y ramas secas favorece la proliferación de especies invasoras y plagas, con impactos negativos tanto en el medio ambiente como en la economía rural. La ecuación no es sencilla: proteger y gestionar, sí, pero sin caer en la parálisis burocrática.

Curiosidades científicas, anécdotas y paradojas del monte español

  • El olor a humo de los incendios forestales puede viajar cientos de kilómetros, afectando la calidad del aire en ciudades lejanas.
  • El centeno, cultivado en las laderas de los montes durante siglos, no solo evitaba la erosión, sino que también era un seguro frente a las hambrunas.
  • En Galicia, los “cortafuegos” naturales creados por los propios vecinos eran, a menudo, más efectivos que muchos planes oficiales.
  • Las cabras, consideradas “jardineras del monte”, han sido recuperadas en algunos proyectos piloto para limpiar zonas de alto riesgo, con resultados sorprendentes.
  • Las multas más altas por limpiar sin permiso se han impuesto, irónicamente, a ayuntamientos que intentaban prevenir incendios de forma urgente.
  • El Real Decreto Legislativo 1/2001 prevé sanciones de hasta 601.012 euros por daños graves al dominio público hidráulico, aunque en la práctica la mayoría de los expedientes se resuelven con advertencias o autorizaciones a posteriori.
  • Algunos científicos proponen combinar el conocimiento tradicional con la tecnología, usando sensores y satélites para monitorizar la acumulación de biomasa y actuar donde más riesgo hay.

La próxima vez que alguien vea a un pastor con su rebaño o a un agricultor limpiando el margen de un camino, tal vez convenga recordar que, a veces, la mejor prevención es la más sencilla. Porque entre la maleza y el papel, a menudo, arde el sentido común.

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Autor

Manuel Trujillo

Periodista apasionado por todo lo que le rodea es, informativamente, un todoterreno

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