La vida urbana y el cambio climático

Somos nosotros y nuestras costumbres lo que explica que cada vez haya más ratas en las ciudades

La expansión de las ratas en entornos urbanos es consecuencia de nuestros hábitos y del cambio climático, generando efectos curiosos y sorprendentes en la vida de la ciudad.

Ratas
Ratas. PD

En las noches de cualquier gran ciudad del mundo, una sombra ágil cruza las aceras con una confianza que no tenía hace veinte años.

La rata urbana no solo sobrevive en nuestras metrópolis. Las está colonizando a una velocidad que los expertos en control de plagas describen con una palabra que no suelen usar: alarma.

Las poblaciones de ratas en las principales ciudades del mundo llevan años creciendo de forma sostenida. Nueva York, Londres, París, Tokio, Washington D.C., Toronto y Ámsterdam han registrado incrementos significativos en la última década. Algunas ciudades han visto triplicar su número de ratas en diez años. Y los factores que explican ese crecimiento no son solo los que la mayoría de la gente imagina.

El cambio climático como aliado inesperado

La causa más documentada y menos intuitiva del boom de las ratas urbanas es el cambio climático. Los inviernos más cortos y más cálidos están alterando el ciclo reproductivo de estos roedores de una forma que tiene consecuencias matemáticas devastadoras.

Las ratas alcanzan la madurez sexual entre los 40 y los 60 días de vida. Su gestación dura entre 20 y 22 días. Cada camada tiene entre 6 y 16 crías, con una media de 11. Y pueden reproducirse de forma continua siempre que haya alimento y refugio disponibles, sin estaciones específicas de cría.

Lo que el cambio climático añade a esa ecuación ya de por sí explosiva es tiempo. Donde antes el frío invernal limitaba las actividades de las ratas durante dos o tres meses, ahora disponen de semanas adicionales cada año para alimentarse y reproducirse. Eso puede significar una o dos generaciones adicionales anuales, con el crecimiento exponencial que eso implica para una especie con esa capacidad reproductiva.

Los hábitos humanos que lo hacen posible

El segundo factor es más conocido pero no por ello menos determinante. Las ciudades modernas son, desde la perspectiva de una rata, entornos casi perfectamente diseñados para su prosperidad.

La basura es el elemento más obvio: bolsas desbordantes, contenedores mal cerrados, restos de comida en aceras y plazas. El metro de Nueva York es célebre por sus ratas «gourmet» que se alimentan de las sobras de los viajeros con una despreocupación que ha generado una cuenta de redes sociales con miles de seguidores dedicada exclusivamente a documentar sus aventuras nocturnas.

Pero hay factores menos visibles. La alta densidad poblacional reduce los espacios donde habitan los depredadores naturales de las ratas. La proliferación de alcantarillas, sótanos, huecos en edificios y túneles proporciona refugios cálidos y seguros. Y los presupuestos municipales para control de plagas no han crecido al mismo ritmo que la expansión urbana, dejando el camino despejado para el crecimiento de las colonias.

Lo que la ciencia descubre sobre estos animales

Las ratas son mucho más que una plaga. Su biología y comportamiento esconden capacidades que los investigadores llevan décadas estudiando con una mezcla de admiración y preocupación.

Son animales socialmente sofisticados. Aprenden unos de otros, transmiten conocimientos entre generaciones y mantienen estructuras jerárquicas claras dentro de sus colonias. En Tokio se ha documentado que algunas ratas han aprendido a activar puertas automáticas. En Londres se las ha visto utilizar el metro como medio de transporte habitual. Son capaces de sobrevivir caídas de hasta 15 metros y de nadar durante varios días seguidos.

Un dato que sorprende a quienes las consideran animales puramente instintivos: los estudios neurocientíficos han demostrado que las ratas emiten sonidos ultrasónicos cuando juegan entre sí, en frecuencias similares a las risas humanas. Y experimentos con la rata noruega, la especie más común en entornos urbanos, han evidenciado que son capaces de ayudar a otras ratas en situaciones de peligro, incluso cuando hacerlo tiene un coste para ellas.

La evolución acelerada en el laboratorio urbano

Lo más inquietante de la situación actual no es la cantidad de ratas sino lo que están haciendo con esa cantidad: evolucionar. La presión del entorno urbano está produciendo cambios genéticos documentados en poblaciones de ratas de varias ciudades.

Estudios recientes han encontrado diferencias genéticas significativas entre ratas de distintos barrios dentro de una misma ciudad, como si cada distrito funcionara como un pequeño laboratorio evolutivo independiente. Las poblaciones de distintos barrios de Manhattan, separadas apenas por unos kilómetros, muestran divergencias genéticas comparables a las que en otras especies requieren miles de años.

Más preocupante aún: ciertas poblaciones están desarrollando resistencia a los venenos raticidas convencionales. Los pesticidas anticoagulantes que durante décadas fueron el método principal de control de plagas están perdiendo efectividad en varias ciudades europeas y americanas. Las ratas están adaptando su metabolismo para neutralizarlos, obligando a los servicios de control de plagas a buscar alternativas más costosas y más difíciles de aplicar.

Las ciudades que están ganando la batalla

No todo son malas noticias. Algunas ciudades demuestran que el problema tiene solución cuando se aborda con los recursos y la estrategia adecuados.

Nueva Orleans ha logrado reducir su población de ratas mediante una combinación de mejora en la gestión de residuos, sellado sistemático de puntos de entrada en edificios y un programa de control profesional más intensivo. Copenhague ha implementado tecnología de sensores en alcantarillas para detectar y mapear colonias antes de que se establezcan. Chicago lanzó en 2022 un programa de trampas con inteligencia artificial que notifica en tiempo real cuando una trampa ha capturado un animal, reduciendo el tiempo de respuesta de los equipos municipales.

Lo que todas las experiencias exitosas tienen en común es la misma conclusión: el control de la basura es necesario pero no suficiente. Las ratas son demasiado adaptables e inteligentes para ser derrotadas por una sola medida. La solución requiere un enfoque múltiple y sostenido.

El récord que nadie quiere batir

París organiza anualmente lo que los servicios municipales describen como una batalla permanente contra las colonias que habitan sus túneles subterráneos. La red de alcantarillas parisinas, con más de 2.400 kilómetros de longitud, es uno de los ecosistemas subterráneos más complejos del mundo. Los resultados de esa batalla son, en el mejor de los casos, mixtos.

En Londres circulan leyendas urbanas sobre «ratas gigantes» capaces de asustar a perros y gatos. Algunas no son exactamente leyendas: la rata noruega, la especie dominante en las ciudades europeas, puede alcanzar los 500 gramos de peso y 40 centímetros de longitud sin contar la cola. No es un roedor pequeño.

El récord de camada documentado en estado salvaje es de 32 crías en un solo parto. Es un número que dice todo sobre por qué ganar esta batalla requiere algo más que buena voluntad municipal.

Mientras la ciudad duerme, las ratas trabajan. Exploran, aprenden, se reproducen y evolucionan. Llevan conviviendo con los humanos desde que los humanos construyeron las primeras ciudades. Y todo indica que, mientras sigamos produciendo basura y calentando el planeta, llevan ventaja.

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