Desde el Exilio

Miguel Font Rosell

!Gloria al cerdo, salvador de occidente!

El mundo de la comunicación se transforma a pasos agigantados y hoy cualquier dato que quieras conocer se pone automáticamente a tu alcance, solo con saber bucear con cierto agnosticismo en Internet, esa selva donde convive la verdad con la patraña, donde el fruto de la creencia fanática es capaz de parir verdaderas barbaridades, pero donde una mayoría más fiable profundiza con mayor acierto en todo tipo de cuestiones de las que sacar conclusiones más o menos correctas. Ya en el mundo de las redes sociales, la patraña suele tener mayor protagonismo, las situaciones fuera de contexto son usadas con asiduidad y la búsqueda de la verdad resulta más complicada, pues priva la emoción sobre la razón y la irresponsabilidad sobre la argumentación racional, debido en gran parte a la inmediatez que da la cortedad en los textos y la globalización del uso abusivo de tales medios.
En ese contexto, uno recibe montones de correos de todo tipo a diario, que bien reenvías, o mandas a la papelera directamente.
Hoy he recibido un correo que dice lo siguiente: “En 1911, Pershing era el general americano al mando en Filipinas. En aquellos años, sus soldados eran constantemente víctimas de atentados terroristas. Pershing no instituyó a un grupo de espías e intelectuales para que investigasen porqué los musulmanes odian a los americanos. Tampoco mostró gestos de amistad, ni construyó ningún muro. En lugar de todo esto capturó a 51 terroristas musulmanes, les hizo cavar sus tumbas, después los puso contra la pared y los fusiló con 50 balas empapadas en sangre de cerdo. Los musulmanes pueden bañar sus manos en cualquier sangre, pero el simple contacto con la sangre del cerdo les hace creer que les lleva al infierno. Se ejecutaron a todos los terroristas menos a uno, sus cuerpos se envolvieron en piel de cerdo y se enterraron en las fosas cavadas por ellos mismos. Mas tarde el que quedó vivo fue enviado con el mensaje a su mujahedin. Los siguientes 42 años hubo paz y no se produjeron más ataques terroristas en la región.”
Mi curiosidad natural y la congénita ignorancia que preside nuestras vidas, algo que procuro me lleve a interesarme en mayor profundidad por lo que me llega, me llevó, como no, a Internet con la demanda “general Pershing”, ignorancia la mía.
John J. Pershing, llegó a ser general de todos los ejércitos, cargo que nadie había ostentado desde George Washington, luchó contra los apaches, Pancho Villa, en la guerra de Cuba, en la de Filipinas y en la I Guerra Mundial, siendo mentor de los principales generales americanos de la II Guerra Mundial, tales como Marshall, Eisenhower, Bradley y Patton, habiendo mandado además el primer destacamento de soldados negros, cargo por el que era conocido como Black Jack. Su figura fue ensalzada hasta magnificar sus hazañas, e incluso tejer ciertas fantasías no históricamente comprobadas, pero muy efectivas a la hora de “predicar” sobre sus excelencias, algo que al parecer ha hecho recientemente Donald Trump con ocasión de la masacre de Barcelona, hecho por el cual, al parecer, se publica ahora este mensaje en las redes.
Ello me lleva a la conclusión final del libro que acabo de leer “Eso no estaba en mi libro de Historia de las Religiones” de José Ruiz Mata, conclusión de la que extraigo algunos párrafos, que vienen muy a cuento de lo expuesto y, de lo que trataré más adelante.
“Las religiones suelen surgir de una idea liberadora, de una revolución filosófica o social. Esa idea, que aun no es religión, le sirve al hombre como guía para aspirar a una sociedad mejor, para comprender el mundo con más profundidad o para protegerse de la crueldad de los gobiernos. Quizá sea ese el motivo por el que muchas religiones heredan el concepto de un salvador que viene a redimir a los hombres….
En poco tiempo, bien el poder establecido, si es capaz de adaptarse, o uno nuevo que surge gracias a esa idea, si el pensamiento es tan atrayente que es capaz de amalgamar a su alrededor a un buen número de seguidores, la acapara hasta hacerla propia y la desvirtúa según sus necesidades….
Entonces es cuando surgen los dirigentes, los oficiantes, los dogmas, los rituales, el pecado. Para instituir convenientemente todo esto se recurre a la adulteración de la Historia y aparece, con carácter retroactivo, un dios, un héroe, un profeta, que está en el origen de la idea y al que hay que seguir fervientemente y sin desvío. Poco a poco, la idea que estaba al servicio del hombre da paso a la religión, y es el hombre el que se pone al servicio de ella; ya no libera, sino que encarpeta. La condición de lo humano es excluida para dar paso a una servidumbre a divinidades caprichosas y a un clero que se proclama como único conocedor de los deseos divinos.
Tanto llegan a degradar las religiones a los hombres que los hacen nacer por antojo de los dioses de materias viles, tanto desprecian el cuerpo que muchas religiones ven al cuerpo, única propiedad tangible del hombre, como algo detestable. La posición en los rezos es de suplicante, de ser que se postra ante un monarca caprichoso del que puede esperar todos los males.
Por si no son pocos los padecimientos en este mundo, inventaron el infierno para castigar a perpetuidad a los que no quieran someterse a los designios de cada religión. De hecho, cada religión viene a preservar el orden establecido en su ámbito, de ahí que sea pecado cualquier tipo de rebelión al poder y que el castigo por oponerse sea eterno.
Las religiones reveladas son las que tienen su origen en una revelación de su propio dios. Las universalistas son las que no se conforman con guiar a sus adeptos, sino que quieren, y pretenden obligar a ello, a que todos los seres humanos sigan sus reglas. Las dos religiones que hemos analizado más profundamente en este ensayo, la cristiana y el islam, son reveladas y universalistas. Los cristianos irán al infierno de los musulmanes, por infieles, y los musulmanes al de los cristianos, también por la misma causa, por infieles. No hay solución.”
Curiosamente, ni Abraham, ni Jesús, ni Mahoma, son figuras históricas conocidas, pues a través de documentos históricos contrastados, nada se sabe de ellos, ya que son quienes institucionalmente han querido sacar provecho de sus supuestas o meramente intrascendentes existencias en su momento, quienes han creado los personaje históricos y dictado las normas. De Abraham ni existe el menor dato histórico fehaciente, ni nada dejó por escrito. De Jesús solo se le conoce históricamente (Flavio Josefo), por referencias a su hermano Santiago el Justo, quien una vez desaparecido el primero, se hizo cargo de la secta judía que formaban sus seguidores (en un principio no más de 50), pues tampoco dejo nada escrito, y de Mahoma, tampoco existen datos históricos, aunque se le atribuye el haber dejado escrito el Corán por dictado del Arcángel Gabriel (!), el mismo que se aparece al profeta Daniel, o a María para anunciarle su alumbramiento, el mensajero de Dios. En el caso de Abraham, sería el pueblo judío, a través de sus dirigentes, quien magnificaría el personaje y haría dios a ese Yahvé de sus supuestas apariciones. En el de Jesús, sería en principio Pablo y sus seguidores, para posteriormente el emperador Constantino, quienes inventasen la religión que conocemos, aunque Jesús fuera un judío que no pretendiera otra cosa, predicase únicamente para judíos y para nada pretendiese ser un dios, y ya Mahoma fue surgiendo a partir de la condición unitaria en contraste con la trinidad cristiana, para ir convirtiéndose en el islam y posteriormente la casi deificación del profeta, alrededor de Alá, que no es otro que el dios padre de judíos y cristianos.
Pero, ¿que ocurre con los musulmanes y el cerdo, ese magnifico animal, rico, rico, del que todo se aprovecha, el “marisco de cortello” que decimos en Galicia, esa joya de jamón de bellota que a nadie deja indiferente, ese churrasquiño, la “cacheira”, esa oreja, esas “delicias do porto» que han salvado del hambre a tantos de nuestros paisanos y que hoy nos deleitan sin aportarnos enfermedad alguna y, por si fuera poco, esos andares…?
¿Qué tiene el cerdo para provocar tanta hostilidad en el islam?. Los apologetas musulmanes que desde el siglo VII han defendido esa prohibición -en el contexto más general de la comida “halal” o considerada pura- invocan razones de salud. El cerdo, afirman, es portador de parásitos y enfermedades que se transmiten al hombre. Dada la concepción holística de la religión musulmana -que afirma la interconexión entre la salud física y emocional del hombre con su salud espiritual- la carne porcina debe ser evitada. Pero los argumentos científicos -o “pseudocientíficos” según la óptica que se adopte- son secundarios. La razón primaria y fundamental de la prohibición de la carne de cerdo es religiosa: figura expresamente en varios versículos del Corán, el libro sagrado, por lo que solo cabe la aceptación rigurosa por parte del creyente. Los dos más explícitos son: “Sepan que Alá les ha prohibido consumir solo la carne del animal muerto por causa natural, la sangre y la carne de cerdo” (Corán 2:173); “la carne de cerdo es una inmundicia” (Corán 6:145). «Un verdadero creyente o a una verdadera creyente no deben, cuando Dios y Su Mensajero hayan dictaminado un asunto, actuar en forma contraria. Quien desobedezca a Dios y a Su Mensajero se habrá desviado claramente». (Corán 33:36).
Bien, ya sabemos que a Alá, o a Yahvé, o al Padre, por lo visto no les gusta el cerdo (¿les gustará el marisco?), algo que al parecer ha dejado por escrito el arcángel San Gabriel. Es un dato.
Volvamos ahora al general Pershing, cuya trayectoria de magnificación y de adjudicación de supuestas heroicidades, sigue un camino paralelo a tantos dioses, profetas, santos, o lo que se quiera, aunque en el campo militar. Pershing estaba en guerra y en la guerra no solo vale todo, sino que el estudio del enemigo y la estrategia para vencerlo o neutralizarlo, son fundamentales. Verdad o mentira, quizá “non e vero, ma e ben trovato”, la anécdota relatada, tiene mucho que estudiar.
Veamos: Antiguamente las guerras tenían lugar abiertamente y se “celebraban” en descampados donde poder enfrentarse a campo abierto, donde las partes se identificaban claramente. Posteriormente se invadían ciudades que se anexionaban a alguna de las partes. Más tarde la guerra de guerrillas tomó las riendas en la materia y, en la prolongación de la contienda, finalmente se decantaba la “paz” tras mutuas negociaciones, en el mejor de los casos. Esto ha pasado a la historia. Hoy la gente se concentra básicamente en las ciudades y ahí tienen lugar las guerras, unas contiendas que en nada se parecen a las precedentes, que se dirimen con otras armas, algo parecido a las huelgas aunque de forma más cruenta. Como siempre, existe invariablemente la misma víctima, el común de los mortales, pero los agresores no suelen ser países invasores o estados enemigos, sino grupos, bien sociales, religiosos, o económicos, quienes pretenden imponer sus criterios de forma cruenta y casi siempre contando con parte de una población absolutamente manejable, “adornada” de un buenísimo de salón que les hace el juego, y que “milagrosamente” se transforma cuando las consecuencias les afectan directamente, pero que hasta entonces “comprenden” a un enemigo al que teóricamente equiparan a las víctimas en cuanto a derechos y prebendas, hasta el punto que protegen e incluso pretenden enriquecerse con su mensaje “multicultural”, aunque se trate de una cultura de chicha y nabo, atrasada siglos y en la que no cabe el respeto a derecho alguno que no sea el del fanatismo de sus líderes. Es esa progresía de lo políticamente correcto que tanto atemoriza a los partidos, pues apoyada en gran parte de los medios, afea y descalifica a todo el que, consciente de ese estado de guerra, pretende ponerle fin por métodos efectivos temidos por el enemigo, aunque no sea idílicos.
Hoy la sociedad occidental y sus valores están en guerra abierta con el fundamentalismo islámico, lo quiera o no esa masa ingente de flojos irresponsables, ese buenísimo bobalicón abastecedor de esa falsa izquierda de complice insensatez.
Europa no es la Filipinas que vivió Pershing, ni el Estado de Derecho es la situación de guerra abierta donde todo se justifica, pero también existen armas para vencer al enemigo dentro del respeto a la ley, aunque ninguna tenga que ver con las tontas declaraciones del tipo de “la democracia acabará venciendo”, “tenemos la razón”, “la ley nos protege”, “las fuerzas de seguridad del Estado son nuestro amparo”, todo ello con la boca llena, para luego pagarles, a esas fuerzas de seguridad, una miseria y mantenerlos en un estado de carencias injustificables, mientras seguimos manteniendo legiones de amamantados en la teta del Estado, en la mamella en permanente succión de tanto vago afiliado a un partido, al que hay que mantener con cualquier cargo, carguete o carguito, a costa de sacrificar nuestra seguridad, sin darnos cuenta que mantener ese estado de bienestar que hemos conseguido tras largos siglos de miserias, es un lujo que solo se garantiza invirtiendo en su protección, no abriendo puertas a un enemigo que solo pretende aprovecharse de ello, transformarlo a su conveniencia y acabar con nuestra forma de vida.
En Bélgica, sin ir más lejos, donde el indice de natalidad de los nativos no llega a 1,2, mientras el de la población musulmana oscila entre 5 a 7, se prevé, matemáticamente, que en menos de 40 años exista ya una mayoría musulmana, quien “democráticamente” se apropiará del país, donde gobernarán los imanes y donde será abolida toda libertad conocida y representativa de la sociedad occidental, quizá incluso con la persecución de “infieles” y sus consecuencias conocidas, pues es evidente, por pura matemática, que más pronto que tarde, si seguimos consintiendo la situación, la rama más salvaje y primitiva del Islam se apropiará de Europa.
La lección del general americano consiste en estudiar al enemigo, localizar sus puntos débiles, establecer una estrategia y ponerse manos a la obra, cuanto antes.
El enemigo es el islamista fanático, el yihadista, el que esta dispuesto a todo por el concepto que tiene de su religión y del destino de los infieles, sus enemigos, el dispuesto a morir para entrar en un paraíso donde hallar la dicha absoluta. Pero todos los fanáticos tienen sus puntos débiles, y ahí, en el concepto de religión que les han inculcado sus imanes, está la clave, en un concepto de religión que sigue siendo un absurdo, una solemne jilipollez que, entre otros muchas bobadas, la ha tomado con el cerdo, hasta el punto que quien huela a “curricho” ya puede ir despidiéndose del paraíso y todas esas absurdas promesas que tanto cautivan a los más necios en todas las religiones, donde el miedo o la recompensa son la clave de sus éxitos.
Nuestro ordenamiento jurídico, por otra parte, no atribuye derechos a cadáver alguno, tanto es así que si cualquier ciudadano “asesina” a alguien, ya cadáver, no tiene consecuencia jurídica alguna. Pues bien, siendo así y respetando por tanto el estado de Derecho, la medida de algunos de evitar la implantación de una mezquita en sus inmediaciones, sembrando los terrenos de ubicación, de restos de cerdos sacrificados al efecto, con su correspondiente ración de sangre, y demás “delicias do porco”, convierten al lugar en impuro y por tanto inhábil para asentar en él una mezquita. En estas, y emulando a Pershing, si a cada terrorista muerto lo entregamos a quien lo reclame, o si nadie lo reclama lo enterramos en un envoltorio porcino, evitando con ello su entrada en el paraíso, el encuentro con las huríes y la dicha de la presencia de Alá, y ello además lo hacemos público, quizá esa sea el arma adecuada para combatir a estos imbéciles, acretinados por imanes de más fácil control, terminando con ello con ese terrorismo que tan alto rendimiento tiene para sus planteamientos, para las páginas de los medios que no hacen otra cosa que magnificarlos a los ojos de los suyos, y para todos los que esperan sacar provecho de tamañas salvajadas, flojos de comprensión fácil, incluidos.
Es la guerra, la nueva forma de hacer la guerra, donde es imprescindible el conocimiento del enemigo y sus puntos débiles, para a partir de ahí actuar, y si hay que hacerlo dentro de la ley, por no querer reconocer ese estado de guerra, hagámoslo, pero sin sensiblerías absurdas que son abandonadas, ipso facto, cuando alcanza directamente a los bobos que las defienden, a esos que les hacen el juego y que son tan culpables, al menos como colaboradores, a la hora de disculpar, propiciar, o facilitar sus masacres, dando la lata con alianzas de civilizaciones, enriquecimiento de culturas, indecisiones por no ser el momento y mamonadas por el estilo.
Ahora disponemos de unos cuantos cadáveres yihadistas recién abatidos en Cataluña. ¿Que va a hacer con ellos el Tancredo Rajoy (“la democracia vencerá” y naderías por el estilo), antes de que reciban su correspondiente ración de huríes y sean glorificados por sus correligionarios?
!Gloria al cerdo, salvador de la civilización occidental!. ¿O no?

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Miguel Font Rosell

Licenciado en derecho, arquitecto técnico, marino mercante, agente de la propiedad inmobiliaria.

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