Sé que cuando decidí abrir esta atalaya digital me prometí a mí mismo escribir entradas, al menos, con la cabeza bien reposada. Bueno, creo que hoy (Madrid, 23:16 hrs. del 21.04.2020) cumplo con la necesaria excepción y cautela a toda regla general.
Un amigo ha creado un grupo de WhatsApp y nos ha agregado a unos cuantos colegas con la sana intención de intercambiar pareceres acerca de la objetivamente nefasta gestión gubernamental de la pandemia coronavírica.
Al rato, uno de los miembros se ha arrancado tal que así: «perdonar a mi no me importa estar pero sabeis que nos vigilan y no se si es buena idea hacer este grupo». La persona que ha escrito ésto es amiga mía, y no la juzgo, sé que tiene MIEDO y el motivo de ese miedo, y sé que los culpables de ese pavor están ahí fuera.
A ver si soy claro: aunque técnicamente no sea exactamente lo mismo (que no lo es), estar voluntariamente en un grupo de WS es una manifestación de la libertad de asociación, uno de los mayores, fundamentales y constitucionales derechos del individuo. Su núcleo esencial está formado por la libertad de pensamiento y encierra una proyección doble: de una parte, el derecho a la libertad de reuniòn; de otra, el derecho a la libertad de expresión, consustancial a la del pensamiento, es decir, el derecho a expresar las actitudes de alguien en calidad de miembro de un grupo.
Me niego a que haya un clima social que rescabrage esta libertad, por que se empieza así y acabamos abrazando el pensamiento único y la obediencia debida al Poder Absoluto de un tercero.
Que quede claro: no nos callarán.
A cuidarse, meus.
PgV