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Tatyana Lvovna Sukhotina-Tolstaya (4 de octubre de 1864 – 21 de septiembre de 1950), era la hija mayor del escritor ruso León Tolstoi. Tania se interesó muy pronto por la pintura y, en 1881 ingresó en la Escuela de Moscú de Pintura, Escultura y Arquitectura, donde sus profesores fueron Vasily Perov, Pryanishnikov Illarion y Leonid Pasternak.
En 1897 se enamoró de Mikhail Sergeevich Sukhotin, hombre casado de unos cincuenta años. Tania vivió con él una especie de amor platónico y, aunque padecía de la falsedad de la situación, no se atrevía a romperla.
La esposa de Sukhotin murió ese año y, el 9 de octubre, Tania anunció a su padre el deseo de casarse con este hombre, a lo que Lev respondió con un rechazo feroz y sin concesiones. Tania insistió y el 14 de noviembre de 1899 la pareja se casó.
Vivieron en la finca de Sukhotin, el Kóchety, y el 19 de noviembre de 1905 tuvieron su única hija, también de nombre Tatiana.
Desde 1914 hasta 1921 Tatiana, su marido y su hija vivieron en Yásnaia Poliana. Desde 1923 hasta 1925 Tatiana fue la directora del Museo Tolstoi de Moscú. En 1925, junto a su hija, emigró a París donde fue anfitriona de Bunin, Chaliapin, Stravinsky, Benois y otros miembros de la comunidad de exiliados rusos. De París se trasladó, finalmente, a Italia, donde pasó sus últimos años.
Su diario, escrito desde octubre de 1878 hasta 1932, fue publicado en inglés y francés, pero no fue hasta 1976 que se publicó en ruso.
“Sobre mi padre” es una obra pequeña y deliciosa, un manjar, un alimento exultante, cóndrido, un elixir que provoca el enamoramiento más sublime hacia la obra de Tolstoi, de manera inmediata, como un rayo que te fulmina, que te deshace. Apareces, lector, junto a Lev y Sofía, los oyes hablar mansamente, también discutir, vives con el maestro la revuelta que sufrió su espíritu a raíz de una inmensa tragedia que ya ronroneaba en su interior. Sofía negándose, Lev arrastrándola hacia su carácter, la inteligencia de un hombre que era incapaz de ver sufrir a los demás hombres y quedarse con los brazos cruzados. En medio de la escena, sus trece hijos, creciendo en la finca familiar. Luego la vejez, el pesar de su corazón, el deseo de acabar con todo de una vez y para siempre…
Tatiana lo cuenta magistralmente. Amasa sus recuerdos y los edifica para nosotros, no sin dolor, no sin padecer ella misma.
Lo leí ayer de un tirón, era imposible abandonar aquello. Luego no tuve más remedio que cerrar mis ojos, hinchar el pecho, suspirar y sonreír. Había gozado una vez más.
Vale.
