El Acento

Antonio Florido

Breve análisis sin importancia

Hoy, ha muerto mamá. O quizá ayer.

Así comienza un episodio cualquiera en la vida de un personaje y de un lector primerizo. Hoy, ha muerto mamá. Así, sin más añadido. Superficie pelada de emoción. Ni rastro de una mueca de dolor. No hay arrepentimiento ni pesadez del alma. No hay nada. La simple noticia como enunciado de que algo ha sucedido. Algo.
Luego la duda despega ese efímero intento de reconocer que ese algo te reconcome el espíritu. Dice: «O quizá ayer.»
El lector queda estupefacto. Se pregunta cómo puede uno dudar de que su mamá murió, hasta el punto de no estar seguro ni siquiera de cuándo sucedió lo que sucedió. (Este tipo de detalles es lo que diferencia una buena obra de la que no lo es. O lo que sitúa a esa buena obra en el último peldaño, esto es, a la altura de las historias conmovedoras, universales e inolvidables. Sólo dos frases. Y cortas. Más, sobraría.)

El narrador despoja de todo interés a lo que dice. Lo desnuda. Trabaja como un jardinero, sí. Podríamos afirmar que el gran artista de la literatura es similar al gran jardinero. Los dos crean obras únicas, singulares y perfectas. Ellos sirven de ejemplo a los demás. A esos otros que intentan escribir sin condiciones. A los jardineros sin las herramientas precisas. Y uno se preguntaría cuál es la precisa herramienta de ese jardinero tan afamado. Qué secretos guarda el reputado artista de las letras. En ambos anida una en especial: La paciencia. También, claro está, la imaginación. Pero sobre todo la entereza, y la capacidad de vestirse con la situación. Ver lo que ocurrirá en el futuro desde el presente. Sí, como un viaje en el Tiempo. El artista de las letras y el jardinero sublime son viajeros del Tiempo. La observación y sensibilidad a la hora de captar los estímulos diarios también funcionan. Aunque estos últimos podrían asimilarse a interruptores del panel de control de las mentes laboriosas.

Ambos se dedican a podar lo innecesario. Para que el árbol quede con lo mínimo. Luchan contra lo barroco, hierros torcidos en el torno de la desesperación. Son seres elementales en apariencia, complejos invisibles. Eficientes al máximo.
La descripción del asilo y sus trabajadores, los viejos, el féretro de la madre a la que se niega a ver por última vez. Nada normal para el común, pero diabólicamente lógico. Lógico y humano.

El ambiente es caluroso porque en una historia el sofoco siempre cobra vida, se personaliza y actúa como un personaje más, con sus inclinaciones y vacuidades. Así lo expone, por ejemplo, Boudjedra cuando nos describe su desierto de arena ardiente y sola. O el propio cuando nos relata la experiencia de un soldado al que todos abandonaron en un agotamiento ardoroso, con rocas calcinadas y sin esperanza alguna.

La narración del velorio apabulla y nos atrasa a lo que nosotros vivimos con nuestros seres queridos. Viejos de más, sillas de menos, café y llantos, somnolencias disimuladas, bostezos, una noche larga, excesiva para el cuerpo. Pero él no siente nada. No reza por el alma de su difunta mamá. No se lamenta ni suspira. Porque piensa que lo que ha sucedido es algo normal, sin importancia. Al fin, todos moriremos algún día. Adelantar ese momento (se lo reprochará más adelante al padre) no tiene la menor trascendencia, ya que el mundo es una rueda que gira de forma delirante, y todo lo que fue, vuelve, en un retorno infinito donde lo que menos vale, lo que nada vale, es el Ser.

Cuando habla lo hace por hacerlo. Cuando mira al cielo estrellado lo hace por perder su tiempo en un acto bello, pero sin ilusión alguna. No busca recompensa por nada. Trabaja porque hay que trabajar, hay que vivir, aunque sea frugalmente. Lo mínimo, esa es la clave. Pensar lo mínimo, siempre este concepto en la cabecera de la cama. El Dios Mínimo. Despojar a la Importancia de todos sus trajes, dejarla desnuda, sin categoría, sin ella misma, sin nada a lo que aferrarse. Puro existencialismo. De ahí que la novela, a pesar de su brevedad, se vuelva infinita. Páginas que nos obligan a reflexionar sobre la sustancia a la que le damos tantas oportunidades. Nos obsesionamos por ello, creamos angustia, ansiedad, obligaciones inútiles para lograr objetivos disparatados.

Ser un extraño en tu propio medio. Raro, pero normal para este narrador que disfrutó de la vida a su manera, asépticamente, sin aspavientos ni ruinas morales.
A propósito de la moralidad, Camus no confiesa con la común. Él construyó la suya. El hijo que acude al entierro de su mamá también vive con la suya propia. Si los otros opinan, que lo hagan. Da lo mismo. Todo seguirá de idéntica manera pase lo que pase; entonces, para qué alarmar.
Tras la cabezada y el entierro en sí, se largó como vino. Como quien decide la aventura de modificar un poco el quehacer diario, sin mayor pretensión que cumplir con su mamá, la que murió hoy, o quizá ayer.

La novelita continúa en este ambiente angustioso. Seca las palabras y párrafos. Uno espera que se arrepienta por no haber podido aprovechar más a su madre, pero el lector no observa ni siquiera una lágrima, un escozor o una noche de insomnio. Nada. Como La náusea de Sartre.
Desfilan otros personajes que desarrollan sus vidas con la misma moral. El mendigo ama a su perro pero no duda en pegarle cruelmente cuando le vienen ganas, aunque no haya un motivo claro. La importancia de los hechos, lejos de los juicios mortales, cobra vida y se alza sobre las demás convenciones. El sentido analítico-ético de Albert es fabuloso. Diseña los hechos y sucesos con una apatía inquietante en la que uno se pregunta si el mundo es así, en realidad.

¿Todo es apariencia?

¿La moralidad como vestido?

Hay una pausa calmosa cuando nos habla de María (nombre elegido no de manera caprichosa, precisamente). La ama y no la ama. Casarse con ella le da lo mismo, como lo mismo es el no hacerlo (el futuro desaparece en la bruma del propio presente). Es decir, destroza los contrarios. Juega con los sentimientos ajenos sin tener conciencia de que lo hace. ¿Ha de ser culpable por ello?
Más adelante, cuando mata al árabe por un motivo que se diluye entre las aguas del mar, en la costa de Tánger, reconoce que lo hizo porque sí, ¿dónde está la importancia que todos le dan al caso? Cinco disparos. El primero letal, después un lapso, y los últimos porque era fácil, ya que el hombre, muerto, estaba caído sobre el suelo de rocas y arena, quieto.

Es absurdo que le acusen por eso, aunque admite la pena y el encarcelamiento como si tal cosa. Total, una etapa más de la vida.
La segunda parte de la novela es más laboriosa y turbadora. Detención, interrogatorios, encarcelamiento, proceso judicial a lo kafkiano… Abogado de oficio, conversaciones continuas con el juez instructor. Nada. De nuevo no sucede nada en un avance temporal de la historia. Parece que el protagonista fuese un florero que se dedicara a observar lo que sucede a su alrededor. No le preocupa lo que pueda ocurrirle porque ni siquiera lo piensa.
Es una oposición entre el Todo y su contrario. El narrador se desenvuelve en un contexto donde su única función es la de observar. Pasa de ser humano a una especie que intenta trascender. Hablamos de un transhumano, pero en el sentido moral, no tecnológico. Llevando al ser hasta su última potencia, donde ya no puede soportar más el dolor del mundo y se deshace sobre la arena cálida de las playas de Argel, como si solamente se tratase de morir en paz. De nuevo nos llega el eco, a través de los siglos, del Ser y la Nada, como idea que no conseguimos asir porque es imposible. Muchos pensadores han trabajado este dilema. Quizás Albert lo hizo junto a Jean Paul, como un juego perverso y callado en el que él, el sujeto consciente, conoce de antemano la jugada y el devenir de todo, es decir, el futuro, su futuro.

Alguien dijo en cierta ocasión (Cioran, Lacan) que siempre nos queda la solución definitiva a todo padecimiento, sólo es necesario saber y querer decidir.
En la celda, por otro lado estrechisima (Tiurzak), el protagonista repasa su vida y la muerte de su mamá, los deleites con María y los detalles nimios con su jefe (al que desea despreciar, aunque no puede, porque todo le da lo mismo).

Camus sigue la línea de Tarkovsky. Un artista está obligado a mantener la tranquilidad, aunque sea solamente a través del acto creativo. No tiene derecho a expresar de modo abierto su participación interior de lo que está construyendo. Sólo así, continúa, un artista puede comunicar algo que realmente le conmueve, en este caso, la pantomima del Ser sobre el Todo.

La novela se despliega de menos a más. Avanza en un quejido lento, provocando en el lector un desasosiego terrible, con el único fin de expresarse libremente y para que el narrador sienta o padezca. Se echan de menos los arranques de otros autores que caracterizan a sus personajes con aristas perfectamente visibles. Camus, no. Él redondea los sentimientos, casi siempre los oculta, en raras ocasiones se permite el lujo de erizar sus palabras, como cuando dialoga con el padre sobre temas trascendentes. Éste le impulsa una vez y otra a que reconozca su culpa (ha sido condenado por asesinato y a la pena máxima, la muerte), pero aquél le responde que en algún momento tendrá que morir, todos habrán de hacerlo, desaparecer. El padre le coloca el crucifijo ante las narices. Le increpa desconsolado, desea conseguir su propósito, acercar a Él al acantilado del arrepentimiento, sin embargo el artificio no funciona y el hombre se vuelve más hombre aún, más humano. Se ancla en él la convicción de que nada merece la pena en este mundo, esto es, como ya se apuntó, un mundo sin importancia, porque la importancia solamente es algo humano, y lo humano no significa más que una piedra sobre el mar verdoso de la costa irregular de la ciudad que les cobija.

Hemos leído un texto breve pero intenso hasta la extenuación, susceptible de múltiples análisis y de lecturas infinitas. Una novela sobre la intrascendencia de nuestros actos. En la vida tomamos decisiones. Cada una de éstas nos conduce por una senda distinta (podríamos haber tomado otra y otra y otra…). Y, ante tamaña dimensión, todavía algunos nos sentimos y nos pensamos importantes. Otros, quizás, se crean imprescindibles. La locura llevada al extremo de la inconsistencia, la barbarie en su plenitud, que no se detiene ante el gesto inocente de la sonrisa de un niño o de un viejo arrugado que pide en la calle, sentado sobre la mierda de todos.

Como ya el lector de este brevísimo apunte ha descubierto, hemos tratado de paladear El extranjero, de Albert Camus.
Y de ahí el título. Porque el narrador omnisciente se sale de su mundo, de su moral, para sostener la honestidad del otro. Un ser en otro mundo. Sondea y analiza en silencio: El callado rumor de su cuarto, el insoportable espacio de su celda, el sainete donde se desarrolla el juicio, el sermón del padre, como intermediario y voz del Dios en el que nadie cree. Un sencillo e insensible transhumano, que descargó su conciencia en la memoria interna de lo que nunca le perteneció.

¿Llega ahora, después de lo dicho, un nuevo Existencialismo, una adelantada derrota que mira hacia el futuro?
Vale.

Por Antonio Florido
22-12-2019

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA
Autor

Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

Recibe nuestras noticias en tu correo

Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

Lo más leído