El Acento

Antonio Florido

Reflexiones en Nochebuena

Luis Darío Salamone nos habla de la felicidad. De eso que algunos llaman así y se les llena la boca con esta palabra de cuatro sílabas: Felicidad. Intenta mostrarnos este concepto bajo la lupa freudiana. Pero, antes incluso de que el famoso psicoanalista existiera, ya la noción estaba.
Aunque, realmente, ¿a qué nos referimos cuando la usamos?

¿Alegría?

Posiblemente, aunque no siempre. Puede cometerse un asesinato o cualquier felonía y el autor no necesariamente se sienta feliz. Más bien al contrario, puede que le embargue una losa de arrepentimiento, como le sucedió a nuestro amigo Raskolnikov. Lo mismo ocurriría si se tratase de un acto de traición, perfidia, ingratitud o defección. Sánchez Ferlosio lo analiza a su manera, languideciendo con una comparación entre causa y efecto, entre la alegría y lo que ella produce.
Por tanto, la felicidad ha de ser algo más que esta simpleza.

¿Posesión material?

No creo. Lo entiendo como un episodio no sólo efímero, sino más sutil y fugaz que la simple alegría. Lo que se posee se gasta. Sabemos que en algún momento eso se va y nos abandona. Llega, pues, la ansiedad por simple temor a que sobrevenga dicha catástrofe, el recelo a quedar despojados del oropel que brilla con escasa fortuna.

¿Posesión sentimental?

No. Quien se cree estar en esta coyuntura entiende perfectamente, ―salvo que hablemos de una patología invalidante―, la perversidad que comete. Más aún, la imposibilidad. No se posee a quien no desea ser poseído. Lo otro, en lo que tal vez estemos pensando, no es posesión, es visceralidad, animalidad; nos salimos entonces del sistema que estamos comentando. Y lo que indicamos se refiere solamente a lo humano, a la razón, a la busca incesante de ese significado.
En palabras de Salamone, Freud asegura que no nos permitimos ser felices. Aquí echamos de menos alguna extensión freudiana que otorgue la posibilidad de entender qué concibe el psicoanalista por felicidad, puesto que la da por existente, por algo que es, y que quizá fue. Freud sigue y se pregunta si no somos dignos de los favores del destino. Pero, ¿qué destino? ¿El azaroso y fortuito, o el determinado? ¿Existe este término, o este fin primero y último donde los acontecimientos se vuelven a reconocer en la circunferencia exacta de los tiempos? ¿Es Dios, nuestro concepto de la divinidad, el que diseña este futuro desconocido?
Hablar de la condición de Lacan me parece innecesario (la falicidad, además de absurda, no aporta nada, solamente una artimaña para sorprender al incauto).

Luis Darío Salamone también la asocia a la pulsión que logra su cometido. Se acerca, pero no llega. Una pulsión es un fuego artificial que nos produce un estallido de emoción, euforia destapada y que actúa en un lapso breve, no más. Tras este episodio fugaz nos embarga la tristeza de lo que fue y nos obliga a recordar como forma de extender ese momento que creímos feliz.
Continúa el autor considerando que el problema es cuando se coloca la felicidad en el futuro o en el pasado, esto es, como esperanza o como simple nostalgia. Este argumento es inválido para la corriente de corte que vamos llevando, puesto que ya da por hecho la existencia del término.
Ahora bien, es interesante pensar en esto: Si volvemos la mirada a lo que fue, tal vez nos acuda al alma esta añoranza de lo ido. Porque cuando entonces vivimos unos fuegos fatuos indignos de almacenar en el cajón de nuestros recuerdos. Pero esos fuegos se apagan pronto y no llenan toda una vida. Al comprender este asunto nos alcanza la desesperanza, el desengaño, la ira, el tormento galdosiano. Si, por el contrario, intentamos adelantarnos, sólo nos sirve la ilusión cargada con la armadura del puro imaginario. Saber que uno se engaña nos lleva a una serie de conductas que pueden calificarse como pueriles y poco consistentes, porque nos pasamos el tiempo esperando una respuesta que nunca llega. Desasosiego y percepción de fracaso. Inconformismo que se vuelve manso, plausible y sosegado, es decir, lo contrario de nuestra propia sustancia inicial. Es cuando se presenta, a veces de manera inesperada, la depresión y las ganas abrumadoras de romper con todo y pisotear la tierra, el mundo, la gente, los mismos pensamientos; la autodestrucción asoma.

¿La religión, como respuesta?

Me temo que tampoco estamos de acuerdo. Lo divino, la mística como herramienta trascendente, sólo consigue atraer a nuestra vida una porción admitida de soledad. Oramos, pedimos, rogamos en silencio, llorando por fuera y por dentro. La felicidad, si existiera, continuaría en ese hueco de incomprensión; es como si ella y nosotros fuésemos dos sistemas disjuntos, repulsivos y convincentes. Para que la religión sea una forma de eso tan extraño debemos renunciar a todo, podar el árbol de nuestras necesidades, abdicar del deseo en una sociedad que empuja constantemente en sentido contrario. Ser un gigante con las elementales piezas de un muñeco de madera.

¿El Superyó?

No creo que la negación absoluta del ser sea la mejor opción para encontrar la calma que ansiamos. Nada se pierde porque uno lo desee. El mundo sigue, a pesar de los superhombres que intentaron trascender y creyeron que lo lograron.
Ello, el yo y el superyó, en un mundo psíquico, dividido e inconsciente.
Solamente la moral puede conducirnos a ese interregno tan buscado. Una moral inmanente a todo ser y a toda forma de sufrimiento.

Salamone añade: “La religión suele colocarla después de la muerte, en la otra vida, mientras que en esta, el superyó nos tortura a través de la culpa, contracara de la renuncia al deseo”.
Tiene razón el autor cuando usa la palabra suele. Porque no siempre, claro. La piedad nos educa para igualar nuestro yo, para no sentirnos solos. Pero la vida es otra cosa, un terreno pantanoso, a veces un erial, otras un laberinto sin salida, un bosque en el que nos perdemos, una noche fría y sin abrigo, una madre que se te muere sin remedio… Aquí el culto, la misericordia y la humanidad se desvanecen y uno pierde el sentido (si alguna vez lo poseyó) de su propio destino, el camino elegido, la senda estrecha por donde sólo cabe una persona: el Yo.

También esta sociedad nos condena a la eterna culpa de ser calmo cuando no toca ni conviene. Hay que ser felices sea como sea. En ocasiones especiales, sobre todo. El problema es que todos los días se están volviendo ocasiones especiales, diseñadas para que así lo sean. Y cuando esta situación (muy próxima) llegue al extremo, lo especial dejará de tener sentido. Y la culpa reinará porque no hemos comprado la última moda, porque nuestra vivienda, en otros tiempos ansiada hasta la exasperación, ya no consuela, porque nuestro auto es como es, porque nuestros hijos no salieron doctores Honoris Causa.

Sólo pienso en la serenidad de vida, en la ausencia mortal del deseo constante como medio de supervivencia, en la calma en los momentos precisos, como caudal de la tranquilidad, seguridad en lo hecho, en lo bien hecho. No existe la felicidad. Es un invento de dominación para las masas. Trabajar y pagar. Consumir…

El secreto tal vez consista en pensar y asumir que la vida pasa y un día no veremos el sol de esos ojos tan amados. Vivir con esa prenda enganchada en el ropaje diario. Dormir tranquilo porque ese día, y no ayer ni mañana, hice lo que hice y no dañé a nadie. Dedicar parte de nuestro tiempo a pensar en la trascendencia y en que esta cosa no termina aquí. Fabricar recuerdos para los demás, dejar modelos morales que engrandezcan lo humano.

Felicidad sin esperanza.

No. Aquélla no es. Ésta es un globo que se escapa de las manos de un niño convertido en viejo.
Serenidad. Carencia de remordimientos. Mirada tibia y persistente hacia los hijos que crecen. Al amor de tu vida que todavía sigue a tu lado, después de tanto. A tu propio valor como Ser. A la dignidad que algunos intentan mancillar con la conducta perversa de la ignorancia.

Vale.

AFL

Autor

Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

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Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

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