El Acento

Antonio Florido

La tortura china

La tortura china

Pikchart miró hacia arriba, a la gota, a la próxima gota que estaba a punto de caer. Llevaba mil años encadenado y sin poder moverse y quería dormir, lo necesitaba, se quedaba sin fuerzas, se moría lentamente, bajo la gota infinita de agua que le caía a peso sobre la cabeza que no podía cerrar sus ojos y descansar y dejar de pensar. Pikchart se estaba disolviendo bajo la gota que alguien había colocado en el inmenso balde sobre su cabeza. Cada media hora. Cada media hora una gota fría y densa, dolorosa, caía gravitando sobre una parte de su cabeza. Entonces abría los ojos. No había podido conciliar el sueño. Tampoco esta vez pudo ser posible y Pikchart comenzó a llorar y a rezar y a maldecir a todos los hombres de la tierra, a orar por todos aquellos que no podían evadirse al sufrimiento y rezó por ellos y por ellos quiso abrazar el aire, en una mascarada perversa riendo a mandíbula batiente, con los ojos desorbitados, con la espalda pegada a la pared, tal y como alguien lo había colocado en el comienzo de los tiempos.

Pero ese tiempo huyó y el agua seguía acechando a Pikchart desde la altura. Trató de volver a dormir y cerró los ojos con miedo e intentó dejar su mente en blanco para no pensar en nada, en un abandono de la voluntad sin ninguna pretensión más que la de sentirse desamparado.

El olvido. Que esa agua perversa dejara de caer al vacío; lo único que deseaba el hombre era una prueba de tiempo, un par de horas, tres si acaso, cuatro. Sin embargo, los ojos se le abrieron porque la gota de agua volvió al camino que buscaba la cabeza del hombre y cayó de nuevo sobre ella y despertó lo que todavía, en el confín de los tiempos, no había sucedido, es decir, el sueño, la soledad, la muerte, el necesario fenecer cuando ya has arrojado la toalla y los demás, los chinos, no te dejan que consigas.

Fue apagándose así, lentamente. El hueso del cráneo cada vez más delgado por el impacto de la gota. Los nervios deshechos por la constante e infinita testarudez del agua que el chino dejaba en el aire, la irritabilidad en el cuerpo, por no poder estirar sus miembros ni moverse ni luchar ni gritar ni llorar.

Antes del fin sólo lanzó un deseo. Abrió los ojos y miró a la fila de chinos que reían y reían. El suplicio, como en aquel jardín, volvía sobre sus cenizas. Ahora era él, un tal Pikchart, uno como nosotros, el arquetipo del que espera y espera la llegada del sonido de esa puerta que se abre y te dice: Sal.

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Autor

Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

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Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

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