El Acento

Antonio Florido

La detención

53.

Esto venía de antes, Tonio. Me lo dijo un compañero, que me fuera de Valdivia. Pero Valdivia era como mi casa. Mi trabajo estaba allí. Mi vida entera. Sin embargo, escuché que alguien me gritó comunista de mierda. No lo entendí. Ese alguien era un conocido. Trabajábamos juntos y me gritaba. Iba vestido de la aviación, se acercó:
―¡Abre el cajón, comunista de mierda, ahora soy yo el que da las órdenes!
Estábamos en el despacho y me trataban como si hubiese acabado con alguien. Más tarde sonaron ruidos extraños en mi cabeza.
―Vete a Santiago, Toribio, hazme caso, sé lo que me digo.
Me lo decía mi amigo el teniente. Estábamos en mi departamento con la noche encendida. Llegó un poco alterado, miraba como un loco. El eco fue sucediendo y seguía sin comprender que la cosa se estaba poniendo fea. Hablábamos bajito, casi musitando un algodón de palabras en los oídos.
―No puedo decirte nada. Eres listo. Sabes que lo de tu gobierno no funciona. Eso de querer alcanzar la felicidad por la vía que nadie entiende. Ya sabes.
Me quedé callado.
¡Pensé tantas cosas!
Chicho se equivoca. Tenía malas influencias. Pero, ¿acaso? Supuse que sus derroteros ya no le servían.
Mi amigo no siguió insistiendo.
Me palmeó suavemente, se fue.
La noche era hermosa, fría, tranquila. Septiembre empezaba y todavía había que tomarse los brazos con los brazos, o ponerse algo de invierno.
Era un viernes, el 7.
Por la mañana tomé la camioneta de la empresa y rodé hasta Santiago. Mi familia, mis padres. Pero la ciudad funcionaba como si tal. La gente boba continuaba siendo tan boba como antes. A nadie le iba la cosa. Todos transitaban. Marchaban con prisa, caminando por las aceras empedradas, abrigados.
Las plazas deslumbraban con un paisaje nuevo. Miradas esquivas y codos quebrados…
¡Llenas de rocío, las plazas!
¡Claros ensueños tristes, penas de rabia!
Santiago surgió ante la cordillera diciendo, aquí estoy yo, que me hicieron los hombres para el disfrute. Me emocioné al vivir en las venas de mi querida ciudad.
No suelo pedir nada, pero esa mañana me salió un rosario del alma, por lo futuro.
Así me entiendo. Compréndanme.
«Si no te vas, yo mismo te detendré» ―me dijo.
El mismo sábado tomé hacia el sur y me acerqué a la ciudad, mi pueblo chiquito. Mis padres estaban bien, mi familia toda.
Los dos estudiantes eran muy amigos. Lo supe de siempre. A veces, por puro capricho, se detenía frente a la casa. El que manda tiene esas cosas, de parar cien hombres, veinte autos, de oír el silencio si así lo desea.
Encontré al médico de pobres con el rostro serio. Mi padre no era así. Reía. No siempre. Pero a veces le llegaba algo y reía con la furia y la soltura. Sin embargo, dije: «¿Qué pasa?» «Tú mismo» ―respondió. «Vives muy cerca, le conoces. ¿Cuántas veces le dije que lo dejara? Quiero decir ese camino, la deriva imposible. Ahí le tendrás, supongo.»
Comenzó un revuelo. Todos intentaban arreglar el desaguisado. Olían a tedio, a miedo en lata.
Tomé el teléfono. Hice llamadas como si fuesen las últimas de mi vida.
Regresé con él. Me miró un poco asustado, la voz imprecisa.
―Quizás no pase nada. El Chicho sabe defenderse y no permitirá…
Por primera vez mi padre no fue capaz de terminar una frase. Dudé. Iba envejeciendo. Un viejito con olor a cera. Imaginas que se te está yendo de las manos. Me dio pena. Él entendía de todo. Era imposible quedar sin su silueta allá en el rincón del patio, bajo las hojas.
Salí al extremo de la calle. Las cuadras de siempre. La plaza y sus plátanos gigantes. Una deliciosa fragancia que sólo los hombres muerden a dentelladas. Caminé sin rumbo. Al fondo, el cerro. El cementerio a un costado, vacío, sin almas ni huecos. El suelo ajedrezado de Curicó se resistía al capricho terrible de las armas.
«Mejor el plebiscito, un camino absurdo, lo sé, aunque mejor que nada.» Así lo soltó el viejo.
(¡Chicho, convoca, hazlo!)
Eso masculló en un susurro, como para sí. Muy adentro quedaron esos hilos que pensaban. Pero yo pude oírlos. Soy de su sangre.
Volví a Santiago. Estaba más tranquilo. La ciudad me recibió con la indiferencia de siempre, desnuda de sentimientos, sucia por encima, polvo acumulado, viento desmayado sobre las mismas torres; pero era mía, toda esa inmundicia me pertenecía, nací allí, en sus aceras colmadas de tristezas, en sus callejones sin salida. La amé como nunca antes.
Las cosas que se van se derriten en la cabeza. Te fuerzan a sufrir, a recordar.
Mi ciudad hermosa… Querían arrebatármela.
En la empresa todo parecía igual. Los mismos semblantes atontados con sus rostros lelos hacían lo de siempre. Estrellar oportunidades, olvidar las querencias por una vida en adelante. No sabían. Y otros, empero, ni siquiera eran capaces, con los arrestos acobardados.
Cruzó la raya del 11. La madrugada. Más frío en la noche. Un compañero llamó. Descolgué, me puse. Dijo que había movimientos. Luego colgó, me dejó así. Nadando en un mar profundo. Me ahogaba. Mi padre no podía equivocarse, era eso, mi padre. Ninguno lo hace, es decir, errar en una afirmación como esa. Suelen ser eternos en confianza y en figura. Eso lo averigüé más tarde, cuando ya no había remedio porque estaba muerto. Me comí los recuerdos de mi viejito, le quise decir tantas cosas, las de su hijo solo, su familia, sus nietos, el mismo amigo horizontal y acribillado. Pero ya no podía. La vida no regresa, simplemente cae entre los dedos, al suelo, y sólo puedes beber la tibia tontura del alma que se quedó en ti. Triste. Triste comedia.
Vial me lo confirmó. Hubo movimientos. Me quedé en la madrugada con un desprecio manchado. Dejé la oficina, me detendrían. Prendí la radio en el fondo arisco de la sombra. Necesitaba saber. Llovían las noticias. De manera volitiva, vertical en mis oídos, acezantes. Las horas las pasé sentado, oyendo. También cabeceé algún sueño raro, como de piedras que caían sobre el tejado de lata, en aquel día.
Me asomé a la ventana.
Farolas amarillas clareaban las aceras de Santiago. Brillaban, eso es, recuerdo bien ese fulgor candoroso. Y los reflejos. Santiago se repetía como un eco de hombre indefinido. Eso fue antes de romperse las corduras, mucho antes. Faltaban horas y el hablero platicaba de cosas malas. Apagaron las voces de pronto. Quedó una. Una sola. Clara y alta, persuasiva. Era hermosa la voz y el tono. Como el pedido de un ñatito que hambrea. Así sonaban ellas, las palabritas asombrosas bajo la luz mortecina…
…Que se iba yendo, lenta, humillada, en Santiago, la ciudad dormida que despertó con el rayo veloz de los bombardeos.
Comenzó de esta manera la obradura del arte. Varias estallaron de golpe. En el centro. Yo las veía. Las oía con mis oídos sordos. La prensa exprimió las paredes altas. Todo se levantaba en polvo. Ventanas, molduras, gritos y ayes. Me dio mucha pena el palacio que se moría. Luego la voz se fue tornando hosca. Hablaba lo mismo. Deseaban embaucarnos con que la cosa no era por el pueblo.
¡La burguesía!
¡Fuera palurdos!
No sé el tiempo que permanecí frente a la ventana, mirando, con la desidia del que no quiere hacer nada. Era un espectador. La tragedia del Chicho estaría bajo los cascos. La tragedia de un pueblo que lloraba como la forma del Chile, hacia el sur.
Me llamaron de casa. Fue mi madre. Dijo que me requerían. ¡Pero quién, madre, quién! Sólo entendí algo así como la oficina. Luego la línea desapareció. El hilo de mi madrecita se había cortado sin causa aparente. Me volví a sentir denso. Tomé mis ocurrencias y volé a Valdivia.
Con el viento de cola. Así la camioneta avanzaba sobre los baches de la cortadura.
Saqué las llaves. No vi a nadie en los pasillos. Abrí y se levantaron. Llevaban el sueño de toda la noche. Yo conocía al funcionario. Era joven, acababa de ingresar a la empresa. Me observó con asco. Podría haber sido mi hijo. Y me miraba con el desprecio de la ignorancia. Y del miedo a no cumplir lo debido.
Me esposó a la silla, las manos detrás, en la espalda encorvada. Me supe derrotado, inexpresivo, ausente. No leyó ni se refirió en nada a mis derechos. Sólo insistía en que estaba detenido, y en que callara. Tomaron las llaves, abrieron los cajones de mi mesa, los armarios, sacaron toneladas de papeles, montones. Buscaban algo. Sus manos sobre las letras y sellos. Después, al cabo, me llevaron a la oficina del fondo. Caminaba por el pasillo, puertas abiertas, uniformes de la aviación, revoloteo, gritos y quejidos.
Mis compañeros estaban parados. Miraban a la pared, a dos palmos. Los reconocí, eran de mi familia. Los quería. Yo sólo fui uno más en la fila abstrusa. Ocho, nueve, diez hombres de pie. Miedo en las espaldas. Ojos cansados. El que llevaba la voz nos golpeó uno a uno. Preguntaba por los papeles. Creo que suponían algo imposible. Pero seguía golpeando. El decoro. Respeto. Una razón constructiva. Sin embargo, la irracionalidad surgió, como del fondo negro de un iceberg. Era el hombre en estado puro. Una por otra.
Me convertí en un iconoclasta.
Quise destrozar las apariencias de esos mandados.
Así el día. Imagino las horas. No pude contarlas. El dolor en el cuerpo se confundía con la imagen engañosa del odio. El miedo fue cayendo sobre nosotros. Alguien se desplomó. El cansancio le pudo, la tragedia de lo absurdo. Como la hermosa imagen de ese elemento cuando se la entiende del otro lado. Sí. Es un arma de doble filo. Placer y angustia. Querer salvarse y que alguien te mate. Justificación y desbarro, una mezcla para el ser solitario y mudo.
La tarde.
Continuaba el revuelo, la busca. Crecía el malestar entre los aviadores.
La fila de la pared apenas lograba sostener el peso. Cuando intentaba relajar mis piernas me golpeaban en los riñones. Debía convertirme en piedra. Aplasté la cara sobre la pared. La apoyaba. Necesitaba descansar. De nuevo más golpes. Hasta que llegó el grito que sonó en la tarde. Me salieron de dentro la rabia y miedo. Era demasiado pronto todavía para que todo acabase.
¡Detened el tiempo, deshonrad las locuras de esos milicos!
Cuajó la oscuridad. Preguntaban por los dichosos papeles. Pero nadie sabía nada, no entendían. Quedé dormido. Los aviadores también fueron creando una capa de silencio y de tedio. Supuse que estarían echados sobre el suelo. Doblé el cuello. Vi unos niños, con la ignorancia y el cerebro gastado.
Pasamos el tiempo rumiando el cansino transcurso del turno. Me hice las cosas encima. Todo. La humedad y el hedor nos cobijaron en el centro del mundo. Porque la tierra se había reducido a eso, sólo un puñado de barro sobre los ojos. Soñé con la poesía del horror, cuando se pudre en versos de odio. Poetas del alma, que gritan papel. Letras de olvido, sin nombres, nada.
En la mañana sonó un crujido alto. Era el claro del día. Un hilo de carne sin fuerzas. Nos metieron en uno de los camiones del patio. Militares. Verdes distintos. Mímesis bella. Temibles razones.
De allí a la calle San Pablo.
Santiago apareció vacía. La gente echada en el suelo. Abrazados. Solos. Quietos. Muertos. Aceras llenas de polvo. Edificios inclinados.
Bajamos a las bodegas de un lugar sin nombre. Alguien preguntó hasta cuándo. Le respondieron que no pensáramos. No saldríamos.
Las familias perdidas.
El futuro, ¿dónde?
Luego nos llegó la noticia de la muerte del Chicho. Por sus risas lo averiguamos. Como un cerdo, decían. Así murió.
¡Qué tristeza en el alma, cuántos hombres locos!
De ahí sólo logré la metáfora de la Angostura, donde las cordilleras se van queriendo. Así es mi Chile de lágrima. Hombre seco y tierno, abrasado y convertido en crema. Pero el mismo en todas partes, en las abras y la costa, de cabo a cabo.
El chileno es un arrebato. Un dolor erguido sobre su sombra. El triste buscador de indulgencia. Se inclina ante la hermosura, le pide de rodillas, ruega, solloza, sueña…
¡Virtud! ―clama.
¡Virtud! ―implora.
Violeta lo cantó en flores. Sones al compás de una cuerda vibrante. Los demás con las barbillas apoyadas en las palmas. Todos oyendo. Los ojos cerrados en el corralón de la Parra.
Éramos comunistas. (Eso decían).
Comenzaron los insomnios y los interminables interrogatorios. (Me acordé del gulag). Nos preguntaban una vez y otra, como un disco rayado, que dónde los papeles. De qué, por qué lo callábamos.
La lista. Queremos la lista. Operación Z. Eso queremos. Los nombres. Los hombres. Familias, sus direcciones.
Yo no tenía noticias de esa lista, al parecer, tan importante. Nunca me dijeron nada. Sólo me debía a mi trabajo.

Boudjedra pide agua. Está sobre la duna. Arriba del todo. Gira sobre su eje y busca, huele. Bastaría un leve rumor bajo sus pies. Parece que lo percibe. Se agacha y coloca sus rodillas sobre la arena del desierto. Los ojos se le agrandan. Aparece una ligera sonrisa de esperanza en sus facciones. Suda. Cava y cava. Con las manos abiertas va extrayendo la arena. La echa al lado, arena sobre más arena. Frenético el hombre sediento. Busca agua donde no la hay.
¿Acaso no es absurda la conducta, el ser?
No era necesario destruir para luego crear.
Como buscar la utopía. Nunca se llega. Te mueres antes. Antes incluso de comenzar a buscar.
Te precede el deseo incomprensible, la necesidad formada por otros, la falsa injerencia que solamente ansía torcer el armazón que te dieron.
Boudjedra no habla. Nadie está con él. Sólo la naturaleza y su agobio, el sentido excelso de la soledad. Sobrecoge otear su figura, tan pequeña, desde el alto imaginario.

Así comenzó todo.

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Autor

Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

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Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

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