El Acento

Antonio Florido

Ariel Azor y sus «144 horas»

Ariel Azor y sus "144 horas"

Existen dos mundos más; si, así es, uno donde se permanece totalmente dormido, no se recuerda ni se sabe nada de lo que pasa y le llaman coma. Después está el otro, que es intermedio y le dicen coma inducido. En este último nada es lo que parece y algunas cosas se recuerdan, sobre todo las más notables. Pocos han tenido la suerte de experimentarlo, para mí fue algo nuevo en mi vida y lo aproveché al máximo; no es cosa de todos los días esto de vivir en ese mundo paralelo, en otra dimensión, es como eso que llaman viaje astral, pero distinto. Uno apenas escucha, apenas ve y todo se distorsiona, las imágenes y las palabras. Los que viven en este mundo material están acá y yo allá, en un tiempo paralelo, que corre en línea recta y solo me comunico perfectamente con aquellos que comparten y viven en ese mundo del medio, como me ha tocado vivir esos últimos seis días. Y no es que te esté llamando la muerte, que esté apuntándote con su guadaña, sino que solo se vive en otro lado. El cuerpo esta acá, tirado, inmóvil, en la camilla, lleno de tubos y modernos aparatos eléctricos. Así estuve, en el CTI, atendido por los mejores médicos y enfermeras, ciento cuarenta y cuatro horas. Mis familiares, parados, día tras día, tocándome, hablándome ―sin que yo los vea o escuche ―, todos llorando una probable despedida, todos rezando y yo en mi mundo con mis cosas.
Solo recuerdo el último día y es lo que les voy a contar, incluso el mismo instante en el que desperté.
Sexto y último día:
Alguien me sacudió y me despertó:
―Hola hijo, vestite, estoy en la media hora, traje algo para comer y tomar.
―Genial, esto de comer solo por intravenosa ya me tiene podrido. Mi padre se había matado, hacía ya unos cuantos años, enfermo por su trabajo y deprimido por no haber encontrado nunca su camino. Tenía puesto su delantal de cuero, manchado de sangre vieja y seca, en su mano izquierda un par de guantes también manchados de rojo que parecía recién se había sacado. Pegué un salto de la cama y me vestí rápido, agarramos calle y nos sentamos en el cordón de la vereda enfrente a la entrada principal del frigorífico. El olor a muerte, los gritos desesperados de los animales tratando de escapar de lo inevitable, del edificio, eran insoportables.
―Yo creía que este lugar ya había cerrado ―dije confundido.
―En el mundo real sí, hace años, pero en este no, en este nada se cierra ―contestó.
Sacó una hamburguesa al pan para cada uno y un jugo de naranja. Hizo una pausa en su agitada respiración y, mirándome con ojos mezclados de tristeza y rabia, me dijo:
―Vos, hijo, rompiste con la tradición familiar, tu bisabuelo, tu abuelo y yo trabajamos siempre en el matadero ―señalando para atrás al edificio, sacudiendo la cabeza.―Vos siempre queriendo ser distinto.
―Y ya sabes pa´, no me gusta… hacer plata para otro… ni matar animales.
Me acuerdo de mi abuelo. Pobre, siempre fue un esclavo del frigorífico; fue nombrado encargado de su sección, mandaba, enseñaba y le pagaban siempre lo mismo. Sus ojos estaban siempre tristes, apagados, sin vida, siempre mirando para abajo. Nunca reía mi abuelo, no contaba historias ni tampoco como había sido su día. Comía y se acostaba, cansado del trabajo, de la fábrica y de la vida de mierda que le había tocado. Se murió, hace tiempo, sin decir nada, con la esperanza de que algo mejor lo esperaba, murió trabajando, arrodillado frente a la mesa con restos de animales y charcos de sangre, con la cabeza apoyada en ella; dicen que su espíritu estuvo rondando el viejo edificio durante un tiempo y que su cuchilla nunca más pudo cortar nada. El bisabuelo también supo ser encargado y por último lo fue mi padre. Todos murieron agotados, cansados y preguntándose si el camino elegido era el correcto, todos murieron sin decir palabra, como cuando se sentaban en la mesa y sus hijos sus nietos y sus mujeres los miraban y los ojos tristes decían todo lo que era necesario y nadie preguntaba nada, todos sabían las respuestas.
El pueblo se había construido alrededor del frigorífico cuando supo darles trabajo a varios y los esclavos, ya muertos, con sus manos lastimadas, con sus almas olvidadas en algún rincón de la maldita fábrica, con sus cuerpos retorciéndose de dolor y sus pensamientos de rebeldía que descansan en otros lados, en otros tiempos, desde allí miran y tampoco dicen nada, ¿qué van a decir?, si nunca les creyeron, si siempre tuvieron que callarse, si solo vivieron para seguir sobreviviendo. Y los gritos de los animales, desesperados, buscando la muerte rápida y que todo termine de una vez se sienten como bocas enormes abiertas salidas desde la sangre vieja y seca y se extienden por el pueblo, hasta el infinito por los agujeros del techo derrumbado, como un grito interminable en el tiempo, de sufrimiento.
―Nada ha cambiado ―comenta mi padre―, los esclavos seguimos y seguirán siendo esclavos, y todos somos olvidados. La culpa es nuestra, hijo. Todos los días nos matan… a cada rato, hijo, todos los malditos días. Ya, vete, se terminó la media hora, se terminó tu viaje por acá, por este mundo del medio, andá, despertáte de una vez que tu otro mundo tan de mentira como este te espera, volvé a tu batalla, así es la vida también hijo, vivir o morir, enfréntalos, peléalos, y sé libre, sé tú, gánales, recuerda las palabras de este viejo, no gana el que más dispara sino el más sabio.

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Autor

Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

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Antonio Florido

Antonio Florido nació en Carmona (España), en 1965. Estudió Mecánica, Ingeniería Industrial y Ciencias Políticas. Aunque comenzó su oficio de escritor con la poesía, reconoce que se sintió tan abrumado por la densa humanidad de este género que tuvo que abandonarlo

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