Esto es lo que hay

Miguel Ángel Violán

Uno entre un millón (hoy no me puedo levantar)

«Uno entre un millón».

La cantinela llegó a sonarme tediosa e incluso estigmatizante. Pero en realidad siempre fue puro y exagerado amor de madre.

Aludía la frase al dictamen médico que hizo un neurólogo de la clínica Teknon de Barcelona en los años setenta tras analizar un encefalograma encargado por mi médico de cabecera, el difunto doctor Bardají.

«Su hijo tiene el cerebro de uno entre un millón» le espetó el galeno a la expectante mamá.

Comencemos por el principio. Tenía yo entre 12 y 13 años (inicio de la pubertad) y varias caídas producto de leves desvanecimientos (nunca perdí el conocimiento) hicieron sonar todas las alertas. Especialmente una estrepitosa caída en la barcelonesa calle de Aribau (me suena el suceso pero francamente no lo recuerdo; quizá ésta es la mejor prueba de que realmente pasó).

Me prescribieron una pastilla: se llamaba «mysoline». De hecho, sólo debía tomar media pastilla al día durante varios meses pero era muy importante no dejar el tratamiento.

La pastilla era francamente diminuta (costaba partirla) pero fuertemente amarga. Los efectos, espectaculares: tras la primera ingesta estuve tres días sin ponerme en pie. Pasé todo el tiempo encamado. Como en la canción de Mecano: «Hoy no me puedo levantar».

Pero poco a poco me acostumbré a la pastilla de marras y, pasado el verano, me retiraron la medicación.

Hasta donde alcanza mi memoria el parte que acompañaba el encefalograma (espectacular mi cabeza conectada a mil cables con luces multicolores como émulo de un venidero Matrix) decía exactamente «pequeño foco de irritación cerebral. Madurez de la corteza cerebral inusitada para la edad del paciente».

Pasó el tiempo y nunca tuve más desvanecimientos ni secuelas. Años más tarde, sin embargo, descubrí algunos antecedentes familiares de enfermedades mentales: esquizofrenia por parte paterna y depresión por parte materna. No indagué demasiado, si bien siempre me quedó
la duda si mis antecedentes entraban dentro de la normalidad estadística o si había un plus en relación al promedio poblacional.

En cualquier caso, fue un grato descubrimiento personal(unos cuantos años después) entender que la sensación de yo ser estadísticamente raro no había de ser fuente de tribulación sino de respetuoso orgullo. Y empecé a mirar el mundo de otra manera.

Hechas las paces conmigo mismo, siempre me quedó la desazón de no saber qué hubiera sido de mí si yo hubiera sido otro. El aprendizaje entusiasta de idiomas (una decena ya) constituye mi gran premio de consolación. A través de las lenguas (y los códigos culturales que comportan)uno puede llegar a imaginarse otro y soñar otras vidas (aunque siempre firmemente sujeta en la mano la cometa que echamos a volar).

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Miguel Ángel Violán

Miguel Ángel Violán, Barcelonés. Periodista y escritor. Formador de comunicadores con millares de ex alumnos repartidos por toda España y Latinoamérica. Es doctorando en oratoria y conferenciante.

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