El joven, condenado a 111 años de prisión, sufría esquizofrenia paranoide y no lo sabía

El adolescente que asesinó a sus padres y compañeros del colegio obedecía una “voz maldita”: “Mátalos”

Kip Kinkel mató a sus padres con un rifle semiautomático el 20 de mayo de 1998 y a la mañana siguiente entró disparando en un colegio secundario.

El adolescente que asesinó a sus padres y compañeros del colegio obedecía una “voz maldita”: “Mátalos”
Kipland Phillip “Kip” Kinkel PD

Kipland Phillip “Kip” Kinkel nació el 30 de agosto de 1982 en Springfield, Oregon, Estados Unidos.

Sus padres, William “Bill” Kinkel y Faith Zuranski, trabajaban como profesores de español. Faith daba clases en la secundaria de Springfield (también enseñaba francés) y Bill en la secundaria Thurston y en el Lane Community College. Tenían un muy buen pasar, amaban el esquí, el tenis, la natación y la navegación a vela.

Cuando Kip tenía 6 años, la familia pasó un año sabático viviendo en España. Kip asistió a un jardín de infantes de habla hispana y empezó primer grado. No resultó una buena experiencia para él.

Al retornar a Oregon se instalaron en una casa en la zona boscosa de Shangri La, al pie de las cascadas del río MacKenzie. Kip ingresó a la escuela Walterville de Springfield y desde el primer día de clases tuvo problemas. Sus maestros lo consideraban un chico sin apego afectivo e inmaduro para su edad.

Su coeficiente intelectual estaba por debajo del promedio y, además, presentaba serios problemas de conducta. Por todo esto, aunque ya había hecho parte de primer grado en España, repitió el curso.

Fue estando en cuarto grado que se le diagnosticó dislexia y empezó con clases de apoyo. Los compañeros de clases muy pronto etiquetaron a Kip como un chico muy “extraño y morboso”.

Los que conocían a la familia describieron, tanto a Faith como a Bill, como padres cariñosos y preocupados por sus hijos. Pero eso no alcanzaría para evitar que su mundo desbarrancara. Ellos, que como docentes tenían tanta experiencia con adolescentes y eran muy apreciados por sus alumnos, no podrían con su propio hijo menor.

Ya a los doce años Kip había empezado a escuchar voces. Esas voces eran todas masculinas. Una tenía jerarquía sobre las otras. Kip lo sabía muy bien.

También discutían entre ellas y, algunas veces, se ponían de acuerdo para humillarlo. Hablaban como si él no estuviera escuchándolas y todo lo que decían era de una violencia extrema. Kip estaba aterrado porque lo amenazaban con decirle a todo el mundo lo raro que él era. Así fue que terminó elucubrando que el gobierno de los Estados Unidos y la compañía Disney se habían complotado para implantarle un chip en su cerebro.

¡Lo que escuchaba eran sus voces! Se convenció de que era así y esa idea se convirtió en su obsesión. Por ellas se enteró de que los chinos invadirían la costa Oeste de los Estados Unidos y, por eso, empezó a juntar armas, cuchillos y explosivos. Había que defenderse.

Había días en que las voces callaban y todo parecía más apacible. Pero cuando venían los momentos malos, Kip quedaba ensordecido por el odio que las voces destilaban. Eso sí, se cuidó muy bien de no contarle a nadie sobre esos agresivos habitantes de su cabeza.

El fatídico día

Haciéndole caso a la voz mandante, a las 15:30, Kip fue directo a su ropero y sacó su rifle Ruger semiautomático. Lo cargó y caminó hacia la cocina donde estaba su padre sentado a la mesa, cavilando, con un café en la mano. Bill, de 59 años, se encontraba de espaldas y no llegó ni a darse vuelta. Kip apretó el gatillo apuntando a la nuca. Un sencillo ¡pum! y volteó a su padre. Sin titubear, tironeó del cuerpo de Bill hasta el baño y lo tapó con una sábana blanca. Hecho esto, se sentó a esperar la llegada de su madre Faith. Durante ese rato, atendió un par de llamados telefónicos para Bill y respondió que su padre estaba ocupado.

A eso de las 18.30 la escuchó llegar. Ya sabía que Faith, de 57 años, subiría la escalera del garaje, que se encontraba en el subsuelo. Kip la esperó parado, en el escalón superior. Cuando la vio, le dijo de frente: “Te quiero, mamá”. Acto seguido le disparó tres veces en la cara. Ella cayó hacia atrás. Por las dudas, la remató con dos balazos en la nuca y, le dio un sexto, apuntando al centro del pecho, al corazón. Arrastró el cuerpo de su querida madre escalones arriba y la colocó en el baño, junto al cuerpo de Bill. La cubrió con otra sábana blanca y cerró la puerta. El reguero de sangre no lo perturbó. Ese año su querida madre había sido elegida la mejor maestra del año.

Sonó el teléfono y Kip atendió. Era un amigo suyo con quien estuvo conversando entretenido durante más de una hora. Estaba sereno y las voces parecían silenciadas. Cuando cortó la llamada, se hizo un tazón con leche y cereales. Comió con hambre mientras leía el diario.

El jueves 21 de mayo de 1998, por la mañana, Kip se enfundó en un largo impermeable beige debajo del cual escondió varias armas: tres rifles, la pistola Glock 9 mm y su cuchillo de caza. En su mochila llevaba 1127 municiones.

Antes de salir dejó escrita una extraña nota: “¡Acabo de matar a mis padres! No sé qué está pasando. Amo a papá y a mamá tanto (…) Ellos no se merecían eso, lo que he hecho los destruiría, la vergüenza sería demasiado para ellos, no podrían soportarlo. Estoy tan apenado (…) Soy un hijo horrible. Desearía haber sido abortado. Destruyo todo lo que toco (…) Eran gente maravillosa. Mi cabeza no funciona bien. Maldigo, Dios, las voces que hay dentro de mi cabeza (…) Deseo morir, debo irme, pero tengo que matar a gente, no sé por qué. ¡Tengo tanto pesar! ¿Por qué permitió Dios que yo hiciera eso? Nunca he sido feliz. Yo sólo quería ser feliz. Quería que mi madre estuviera orgullosa de mí. No soy nada. (…) Estoy solo, siempre me encuentro solo. Sé que tengo que ser feliz con lo que tengo pero odio vivir. Estoy tan lleno de rabia que siento que algo me presiona constantemente. Mi cabeza no funciona bien, oigo voces dentro de ella. Soy el Diablo. Deseo matar y provocar dolor gratuito. Me odio por haberme convertido en esto. ¡El amor apesta!”.

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