Mi nuevo pluriempleo como leñador me ha dejado un hueco para subirme al andamio, acercarme un momento a Moscú y volver a todo correr. Total: nueve horas y media de vuelo y una sentada de doce horas. Y el culo planchado.
Al menos Moscú estaba bastante bien, dentro de lo que cabe para un aeropuerto del tercer mundo con un clima horrible y donde los rusos se empeñan en funcionar con kilómetros y metros por segundo en vez de con nudos y pies como en el resto del mundo, lo que hace la cosa bastante más complicada de lo que ya es habitualmente allí. Baste decir que para bajarse a hacer la inspección exterior del avión, que lleva dos o tres minutos, hay que entregar el pasaporte a un policía. Se ve que les cuesta olvidarse de Stalin y de la guerra fría y deben pensar que estamos todos deseando salir corriendo por la pista, escondernos en el bosque helado y convertirnos en inmigrantes ilegales. Por cierto, miren qué nombres tan curiosos ponen los rusos a sus compañías, como la de este Tupolev. 
El caso es que mi maltrecha espalda se queja del Moscú, de los dos Estocolmos seguidos y del resto de la intensa semanita que le he dado, lo que me impedirá usar la motosierra hasta nueva orden. Así que mi negocio de venta de biomasa (ver «La motosierra», 10/1/2011) empieza fatal.
También tenía pendiente el examen de inglés (ver «Explotado por el explotador», 6/01/2011). Después de veintitrés años volando en mi empresa, suena un poco raro que me examinen de inglés, pero se ve que algún burócrata de Bruselas estaba aburrido y no se le ha ocurrido nada mejor. La cosa es que quien no pase el examen no podrá volar después del uno de marzo. Tampoco los controladores podrán controlar si no lo pasan, y aquí aprovecho para decir que ojalá que examinen también a los controladores rusos.
Puede ocurrir que pilotos que llevan más de treinta años volando por todo el mundo sin ningún problema no pasen el examen, que por cierto es bastante enrevesado, o se vean obligados a repetirlo cada X años, dependiendo del nivel. Surrealismo puro.
Por mi parte no tendré que examinarme más de inglés, lo que no me impedirá tener que pasar también, y hasta que me jubile, un reconocimiento médico exhaustivo cada año (hasta hace poco eran dos veces al año), un curso de transporte de mercancías peligrosas, otro de salvamento (uso de extintores, rampas de evacuación, bengalas, etc.), otro de seguridad y gestión de recursos humanos en cabina y, finalmente, dos cursos de refresco cada año.
¿Y qué es un curso de refresco?, pues es un repaso teórico y práctico de todos los sistemas del avión y de su operación en condiciones normales, anormales y de emergencia, que hacemos en un simulador de vuelo. El curso dura dos días, el primero es de repaso y de prácticas de muchas de las putadas que, gracias a Dios, casi nunca nos ocurren en la vida real. El segundo día es un examen teórico y un examen práctico en el simulador, donde tenemos que demostrar nuestra competencia para lidiar con esas mismas putadas, como pueden ser un fuego de motor en el despegue: http://www.youtube.com/watch?v=hTyv8f-_8Mw&feature=related , humo en cabina, despresurizaciones o fallos mecánicos, eléctricos, hidráulicos, de instrumentos, de navegación, etc., además de despegues y aterrizajes en condiciones meteorológicas muy marginales, como estas: http://www.youtube.com/watch?v=EgeT-F9-1KI , o estas, precisamente en Moscú-Domodedovo: http://www.youtube.com/watch?v=-8SLEYRbHdI&feature=related .
Un avión es una máquina muy compleja, por lo tanto las posibilidades de torturar a un piloto en un simulador son casi infinitas. Gracias a Dios hay pocos sádicos en el gremio de los examinadores, porque pasar ese examen es condición imprescindible para poder seguir volando al día siguiente. Dicho esto, benditos sean los simuladores, ya que sin ellos no podríamos practicar todas esas situaciones para poder afrontarlas, llegado el caso, en la vida real.
Además de todos esos cursos y exámenes, al menos una vez al año se sube en nuestro avión un inspector de la compañía para ver cómo lo hacemos. También se puede subir en cualquier momento un inspector de Aviación Civil, o nos pueden inspeccionar en cualquier escala dentro y fuera de España. Además nos pueden someter en cualquier momento y sin previo aviso a controles de alcoholemia y de consumo de drogas, controles que ya nos hacen rutinariamente en cada reconocimiento médico.
¿Y por qué les cuento todo esto? Pues porque forma parte de la letra pequeña de mi profesión, que la mayoría del público no conoce. Y cuando nos dan caña y nos ponen a parir, cosa que ocurre cada vez que levantamos la voz por el motivo que sea, conviene recordar al distinguido público que no nos regalan el sueldo y que que el ejercicio de nuestra profesión incluye toda esa letra pequeña que casi no se ve, y también todos esos requisitos y controles que en cualquier momento nos pueden dejar en tierra y sin trabajo. De hecho conozco a un montón de pilotos que perdieron su licencia de un día para otro, algunos de ellos muy jóvenes. Un electrocardiograma que no le gusta al cardiólogo, un íctus, cólicos nefríticos, problemas de visión o de oído, una hernia de disco complicada… enfermedades que permitirían seguir trabajando al 99% de la población para nosotros significan que nos vamos a casa.
Si me preguntan que qué me parece todo esto, les diré que no sólo me parece perfecto que se controle rigurosamente nuestra salud, nuestra pericia y nuestros conocimientos, sino que de hecho creo que debería ser así en muchas otras profesiones que exigen que el personal que las ejerce esté siempre al día y en perfecto estado de salud.
Hace poco estuve con mi amigo Steve, que es médico en Estados Unidos, y el tío estaba agobiado y empollando para el examen de renovación de su título. No se si aquí a los médicos les ocurre lo mismo, pero debería. Es más, creo que algunos de los controles que nos hacen a nosotros se los deberían hacer también a los médicos, y especialmente a los cirujanos. Y también a aquellos que tienen cargos de responsabilidad en lugares como refinerías, centrales nucleares, estaciones y aeropuertos. Y a los capitanes de barco, maquinistas de metro o de tren y conductores de camiones o autobuses. Y a los policías y militares que manejan armas. Y también a los jueces, y probablemente a muchos más que andan sueltos por ahí con gran capacidad de hacer daño al personal y sin ningún control.
Y hablando de capacidad de hacer daño ¿qué me dicen de nuestros políticos? ¿No sería estupendo que pasaran también algún que otro control? No vamos a hablar de la productividad -ya que sería estupendo y nos saldría mucho más barato que muchos de ellos se quedaran en su casa- pero ya que algunos además de ser semianalfabetos son unos perfectos inútiles, al menos que se lo tomen en serio, como nos tomamos nosotros nuestro trabajo.
Hace tres años un programa de televisión italiano analizó las muestras biológicas de 50 diputados, tomadas sin que éstos lo supieran: tres de cada 10 dieron positivo en drogas. El 24% en cannabis y el 8% en cocaína. El partido UDC promovió una propuesta de ley para que los parlamentarios tuvieran que someterse obligatoriamente al test. Los resultados de los análisis sólo se revelarían en forma de porcentajes, sin darse a conocer nombres. No hace falta decir que sus señorías rechazaron la iniciativa.
Y a nosotros nos miran con lupa. Un agravio comparativo en toda regla.
En fin, que no se si ustedes conocen alguna otra profesión tan fiscalizada como la nuestra. Yo no, y tengo ganas de conocer algunas más.
