El pacto de las croquetas

Han respondido, al final han respondido. La reiterada invitación de Pepiño Blanco desde Villa PSOE –el ático de playa que se está haciendo la oligarquía sociata en la Ría de Arosa: para ellos no rige la ley: ellos son la ley- para que el PP se dignara “arrimar el hombro” contra la crisis, mientras él los machaca con cinismo incomparable, ha encontrado por fin la adhesión de las filas populares. La grave situación que atraviesa España necesitaba una enérgica acción gubernamental, apoyada por la oposición, para denunciar los excesos que nos han conducido a este Titanic general. Eso fue lo que debió mover a la popular gallega María Jesús Sainz a denunciar el oprobio machista del ya famoso anuncio de las croquetas. Por supuesto, la simpar Bibiana acudiría rauda la pasada semana al quite de la popular, para solicitarle la censura inmediata del anuncio al ministro Solbes, el hombre tranquilo. Y con estas cosas nos entretenemos.

Lo revelador del sucedido es, sin duda, el intento de la senadora popular de desbordar en tontuna a la ministra socialista, lo que es todo un récord. Acaso para demostrar que a este nuevo PP no le gana nadie en modernidad (en lo que se está quedando la modernidad, Señor…), corrección política y, finalmente, asunción y defensa de todo el repertorio de oquedades sobre el que Zapatero ha edificado su Reich.

Si cunde el ejemplo de Sainz, el nuevo estilo opositor, siguiendo el ejemplo de Fraga, que mantuvo a González durante catorce años en el poder, consiste en afearle al zapaterismo no su esencial estupidez y mendacidad, la ligereza de su progresismo de peluquería y su capacidad de entregarlo todo, hasta el Guadalquivir, a la depredación autonómica con tal de mantenerse en el poder, sino que no sea suficientemente progre, que a su Policía de Costumbres y Peligrosidad Social se le haya escapado semejante ataque al feminismo y a las croquetas. Ahora ya puede Mariano Rajoy acudir entre los cabestros a la Moncloa, afeitado y dispuesto a que una vez más ZP, de azulgrana y oro, con los árbitros comprados y Pepiño de picador, le reciba a porta gayola y le clave unos pares. Por croquetas no será.

Pudo la señora Sainz haber hecho chanza con las incoherencias doctrinarias del Gobierno, burlarse de una concepción de la igualdad y la libertad que no va más allá de poner barritas en las palabras. Pero eso supondría que el PP no está completamente desnortado, que no habría renunciado a contrarrestar las trampas ideológicas de Zapatero, que no dormitaría agazapado y sin sacar la cabeza más que para hablar de la crisis económica, que no intentaría obtener al menos la tolerancia de una izquierda que no le brindará nunca otra cosa que desprecio. Y, sobre todo, supondría que en España aún subsiste el sentido del humor.

¡Ah!, progres de todos los partidos. Hoy ya lo sabemos: lo que acaece tras la sonrisa engañosa del zapaterismo, tras los ojos de vidrio del lagarto Uve, es la muerte de la risa. De la burla, parodia, bufa, coña, desternille y guasa con que los españoles sobrevivieron siempre al hambre y los malos gobiernos. Hace tiempo escribí que nos prohibirían los chistes. Ya han empezado. Hay firmes demandas de asociaciones feministas, subvencionadas por el “sosialismo”, para que se castiguen los usos inadecuados del lenguaje. El Estado progresista vuelve, como con Franco, a decirnos de qué nos podemos reír y hasta lo que podemos cocinar. Entonces, al menos, los chistes sobre el Movimiento hicieron la espera más soportable. Hoy, hasta la oposición se ha hecho del Movimiento. Mañana nos meterán un psicólogo en nuestras casas para hacer terapia progre sobre la bechamel y a los recalcitrantes nos enviarán a campos de reeducación en la mejor tradición de la izquierda.

Sin humor no saldremos de ésta. De Fernando Morán, un auténtico ilustrado y un caballero, se hicieron miles de chistes, y hoy compararlo con ZP, sus ministros y sus miembras, es sumirse en la melancolía. No vivimos la segunda Transición, vivimos la Segunda Decadencia y encima nos han cambiado a Calderón por Almodóvar.

Se han escrito cientos de artículos sobre las croquetas, por ejemplo, y todavía nadie ha caído en que el verdadero objeto de mofa del anuncio no son las croquetas, ni las puriministras, sino, joder, las psicólogas. Esa moda de modernez neolaica que ha convertido a estos licenciados de una de las carreras más fáciles de la universidad plurinacional, en los nuevos sacerdotes y guías de conducta, los directores espirituales de un mundo descremado que busca a toda costa sedarse ante el dolor. Antes nos ofrecían la vida eterna, ahora nos ofrecen conversación. Son las palabras de la psicóloga del anuncio, induciendo al pobre marido aburrido que ha ido a pedir socorro a cinco mil duros el minuto, a que abandone a su mujer porque le “absorbe toda su energía positiva”, las que encierran toda la carga burlesca del publicitario: ese lenguaje neosagrado de las energías, esa aureola de ciencia de lo que no pasa de ser charlatanería, ese temor de los hombres a enfrentarse a su libertad, esa necesidad de descargarse en otros frente al propio destino. La psicología es hoy el gran negocio creciente de un mundo de adultos que se niegan a serlo, de una educación que mantiene a las personas en estado de minusvalía y adolescencia moral.

El futuro es, pues, de las psicólogas y las croquetas congeladas, esas cagarrutas pastosas e insípidas, que se pegan al paladar y que se compran hechas. Ya nadie tendrá que sacrificar su vida por la bechamel y el doble empanado que aconseja doña María Mestayer, maestra de cocineros. A la libertad por los congelados. En eso se ha quedado la libertad bajo el zapaterismo y la domada oposición.

¿Pero hay alguien que crea que dos personas podrían soportarse durante veinte años si no fuera por las croquetas?

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