La tournée de ZP

Hay zemanas en que uno ze reconzilia con Ezpaña, con zu Gobierno y zus Gobernáculos. La humildad franciscana que está demostrando el Prezidente ZP, arrastrándose por esos mundos de Bush, postrándose ante todos los cortesanos y emires del Imperio para que intercedan por él ante el Emperador y le sean perdonadas sus ofensas, es una de las performancias más sorprendentes de los últimos milenios. No le basta con salir en tromba a salvar al malvado capitalismo, en lugar de aprovechar la crisis para hundirlo y construir ese nuevo mundo posible donde ya no habrá mercado, ni comercio, ni beneficio, ni trabajo, ni ná, sólo concordia y paz universales en una humanidad refundada por ZP, más que un Prezidente, más que un dios, una deidaz post-divina, el dios sin dioses, el DioZ. Sino que ahora, encima, peregrina para ser atendido por la nación que despreció, a la que ha culpado de todos los males, al demonio con el tenedor que le sirve para escapar a sus propias responsabilidades tancrediles en una crisis que no existía.

Nos arrastra a todos, este tipo. Los poderosos de la Tierra le observan como al gusarapo arribista, el parvenu que hace unos días alardeaba, como un hortera clásico, de haber superado a aquellos a los que siempre envidiamos, a la Italia de la Fiat que nos ponía sucursales, y a la France de la Liberté, a la que íbamos a ver “El último tango” y “La grande bouffe” y a comprarnos los libros prohibidos. No sé si llegarán a acogerlo, ni qué será más humillante al final, si no ir o ser ninguneado allí. Pero la tournée que el genares está realizando, implicando incluso al Monarca, es por sí misma lo más tontaina que como nación hemos tenido que soportar desde que vendimos la Luisiana por dos perras.

Tenga dignidad, señor ZP, apiádese de esta vieja nación en la que no cree, pero no la envilezca para satisfacer su orgullo herido. Que era usted un soberbio, tartufamente escondido bajo el ropaje del talante, lo sabemos desde el principio, lagarto, lagarto. Pero ahora no es su vanidad lo que está en juego, sino esta vergüenza que nos está haciendo pasar al menos a los pocos españoles que vamos quedando.

¿Hay alguien que pueda creer que Sarkozy o Berlusconi, objeto de sus chanzas, van a facilitarle asistir allí donde se va a decidir la jerarquía mundial del futuro, el verdadero reparto de poder que vendrá? ¿Lo va a hacer Ángela Merkel, contra la que usted apostó en las elecciones a la Cancillería alemana? ¿Lo hará la Argentina que acaba de perpetrar un robo a mano armada, no ya a nuestras empresas, sino sobre todo a sus ciudadanos, a los que les van a expropiar sus ahorros socialdemócratamente, como usted ha propuesto? Están temblando los Kirchner ante la posibilidad de que les envíe a Su Excelencia Moratinos. ¿Lo hará el Méjico enfrentado a sus amigos Chávez y Castro? ¿Los chinos?

Usted y, lamentablemente, España con usted, recibe ahora lo que sembró. Sólo le pido gallardía, un mínimo de decencia. Ya sé que eso es pedirle mucho, pero si apostó por plantar cara a los EE.UU. no se me raje, cuate.

A la primera negativa tendría que haber entendido que no todo el mundo tiene tan escaso sentimiento nacional como usted, que hay gente como los americanos para los que ofender a su bandera es ofender trescientos años de historia, de democracia y lucha por la libertad. A la primera palabra ambigüa tendría que haber abandonado y asumido, con la cabeza alta, la apuesta realizada. Y ahí nos habría tenido a todos. Es muy negativo para España quedarnos fuera del club de los poderosos, pero será peor habernos degradado para alcanzarlo. Sobre todo, cuando parecía que su propuesta política era multipolar, la de su alianza de civilizaciones y todo el resto de zarandajas dulzonas con que nos ha bañado estos años. Y ahora resulta que no, que lo que quiere es estar con los de la pasta, que se rebaja a suplicar que le admitan esos a los que desairó durante años. ¡Cuánta hipocresía, cuánta mentira en sólo cinco años!

Recuerdo ahora un romance de los del Cid, en el se da cuenta de un concilio al que el Papa ha llamado a los reyes de la Cristiandad, y en el que Rodrigo, después de tirar la silla del rey de Francia y sustituirla por la de su señor el rey don Fernando (“y subióla en lo más alto”), es increpado por un duque “que dicen el saboyano”, representante de Francia, al que le arrea “un gran bofetón” como respuesta.

Y cuando el Papa le excomulga, contesta el Cid: “Si no me absolvéis, el Papa,/ seríaos mal contado,/ que de vuestras ricas ropas/ cubriré yo mi caballo”. Con un par. Los españoles, esa gente orgullosa, igualitaria, altiva y de malas pulgas, que siempre nos llevamos mal con Roma y con Francia, un día gobernamos el mundo y purgamos nuestros muchos errores durante siglos de decadencia. Pero siempre se respetó nuestro valor, nuestro sentido de la dignidad. Este era el país de Pedro Crespo, alcalde de Zalamea. Y el de Fuenteovejuna. Y el de Bailén. El que derrotó a Napoleón.

Hoy somos la España de ZP. Y eso no es una crisis, sino el ridículo.

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