Elegía del Agua

Si el socialismo sigue al frente del Gobierno, destruyendo España, en el futuro el río Segura no pasará de ser una charca de ficción. Seguramente harán de él un parque temático para educar en la ciudadanía sostenible a los niños autonomizados. Mientras las macrourbanizaciones de las llanuras del Guadiana, alimentadas con agua del Tajo, constituirán un símbolo egregio de la nueva nación manchego-socialista, la Cuenca del Segura será un modelo de imperio depredador que el buen zapaterismo aniquiló para gloria del progreso y otro mundo posible: el del Pocero.

No es exactamente que estén contra la Morra, esa urbanización disparatada que hoy se encuentra uno al salir del Valle de Ricote, sino que quieren llevársela a Ciudad Real, miles de ‘morras’ para un Quijote triste y sin molinos, para que su lanza melancólica se estrelle contra el horror finaciado por la Caja moltó-sociata de la que todos mamaron y hoy se hunde entre pisos vacíos, entre enormes avenidas muertas que recuerdan al Berlín anterior a la caída del Muro.

Todo esto y no otra cosa es lo que el PSOE zapatero acaba de proponer en el Congreso: la desaparición definitiva de una forma de vida, de una naturaleza creada por el hombre a lo largo de siglos, de civilizaciones que fueron heredando y transmitiendo una Memoria del Agua a cuyo fin asistimos. No era ésta, sin duda, la de cantar su final, la intención de Juan Manuel Chumilla al rodar su “El agua de la vida”, la hermosa oda a un río, el Segura, que la situación histórica le ha convertido en elegía, en lamento final de una cultura que agoniza.

Si nadie lo remedia, esta película terminará habiendo conseguido filmar la nostalgia, ese leve dolor sin consuelo, esa “murria” huertana que Vicente Medina nos enseñó a los que no somos del río como característica del alma de los ribereños del Segura. En ese futuro desdichado, “El agua de la vida” pasará a ser uno de los documentos imprescindibles para que nuestros nietos aprendan el pasado de un río asesinado. No es una película política, sino algo mucho más trascendente: una visión entrañable, honesta y limpia en su sencillez, dulce, de un río que se hizo vergel en el desierto, que levantó a su paso ingeniosos artefactos y canalizaciones para llevar el agua lo más lejos posible; que vio pasar la Historia, que fue íbero y romano, sobre todo romano, morisco y español y luego, agotado, revivió por el agua salvadora de un trasvase para seguir siendo el agua de la vida.

Y si hay un paisaje que merezca ser salvado, y que Chumilla Garbajosa ame, ese es el del Valle de Ricote. Para mí era una tierra desconocida hasta que hace unos años decidí perderme por ella. Yo seré siempre feo, caravaqueño y sentimental, como Bradomín, y son mis montañas y mis Fuentes lo que llevo grabado en mi corazón. Pero tanto Ojós, como la hondonada entre Ulea y Villanueva me parecen de lo más similar a como hemos imaginado siempre el jardín del Edén. El calor, la luz atrapada en los frutos, esas casas con balcones hacia los limoneros restallantes y el río que me recuerdan los versos de Medina: “Una casa en un huerto lleno de flores/ escuchar el sonido de ruiseñores/ el aire en calma/ siempre el cielo sereno/ serena el alma.”

Hoy, si suben ustedes pòr allí, verán recurrentes pintadas a lo largo de la carretera que dicen “PSOE RUINA”. Sus habitantes, gente humilde en general, saben que en nombre de no sé qué tomadura de pelo sostenible los Tartufos zapateristas, falsos como la falsa monea, van a destruir a una región de la que no obtienen escaños, para asegurarse los de otra cuyo control no quieren perder. Excitar, para ello, todo lo peor que nos ha producido el cáncer autonómico se la trae floja: hace mucho que perdieron la vergüenza. Desde el día, al menos, en que derogaron el Trasvase del Ebro, traicionando cuanto habían predicado hasta ese momento.

Aquella infamia, aquel acto de despotismo de un tiranuelo de baja estofa, nos hizo a muchos cambiar lo que pensábamos sobre el agua. Pero lo que nadie podía suponer es que, tras el Ebro, vendría también el Tajo, lo que no es más que el expolio, el latrocinio, puro y duro, de unos derechos adquiridos, anteriores al invento autonómico manchego, y que en el mundo del agua son sagrados. La democracia no lo admite todo, aunque ZP nos haya metido varias veces ya la ideología plebiscitaria por salva sea la parte del pepino: no se puede decidir, por ejemplo, que la mayoría puede exterminar a la minoría. No es legítimo ir contra la Nación, que somos todos, destruyendo sus lazos vertebrales, la igualdad y la dignidad, valores superiores sin los que no hay convivencia ni democracia ni justicia, por muchos escaños de bandidos nazionalistas que tengas en el parlamento.

Lo ha dicho Pedro Saura , el líder del PSRM-PSOE hace unos días, cuando se enteró de que los suyos acababan de echarlo a los leones: “Va contra España”, afirmó el pachequero acerca de las enmiendas que su partido había presentado en el Congreso al Estatuto de Castilla-La Mantxa (a Barreda seguro que así, con ‘tx’ nazionalista, le gusta más), las cuales supondrán la eliminación del Trasvase al segura.

Cuánta razón tiene Saura. Ya sólo le falta mandar a tomar por saco a su sonriente jefe para recuperar, él y su partido en Murcia, la decencia que han perdido en estos años. Lo que, en efecto, se decreta con el fin del Trasvase es la muerte de la idea y la realidad de España. Y lo que espera a la Vega del Segura en manos del villano leonés espanta de sólo imaginarlo: más de cien mil hectáreas -de las mejores y más productivas de España, lo único que resiste a la crisis- abandonadas, un río sin agua 40 kilómetros antes de llegar a Murcia, el desierto ya no como una metáfora literaria, sino como realidad salvaje, una emigración de medio millón de personas, no sabemos adónde, un salto al pasado que dejará tras de sí sólo calamidad, tierra quemada.

Entonces los murcianos llorarán, como nuevos boabdiles, viendo “El agua de la vida”, de la vida que se fue porque no la supieron defender.

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