Florentino-Jekyll y Mr. Pérez-Hide

Puedo soportar que España se vaya a tomar por saco, porque lo inevitable termina por ocurrir, y, total, hace ya mucho tiempo que España falleció y la tenemos sin enterrar en su dormitorio, aunque cada día huele más. Pero lo que no puedo soportar es que se hunda el Madrid, tarea a la que anda fervientemente entregado, desde que se inició este siglo tecnológico y triste, uno de los mejores empresarios españoles y uno de los perores dirigentes deportivos de que tenemos memoria: el bifronte Florentino, el doctor Jekyll de las finanzas, que ha hecho del Madrid la mejor maquinaria comercial del mundo; y el Mr. Hide deportivo que ha conseguido arruinar todos sus intentos por devolverle al club sus glorias pasadas.

Lo cierto es que el Madrid de hoy, entre Florentino y una prensa deportiva que ha hecho metástasis y se ha convertido en prensa del corazón, han conseguido hacer del Madrid un sucursal del De Luxe, y, sin duda, su mejor entrenador sería J.J. Vázquez, con Belén Esteban corriendo por la banda. Tampoco se puede negar que hay demasiadas radios –todas parecen y hasta puede que sean la misma- y televisiones que viven de hablar del Madrid, y eso no hay equipo que lo resista. Muy al contrario, el Barcelona no sólo cuenta con el apoyo y el silencio incondicionales de la prensa catalana, sino, curiosamente, también de la de Madrid, llena de antimadridistas confesos e inconfesos, mientras que casi nadie, porque no es de buen gusto hípster, se declara madridista. Pero es que desde el club se ayuda bastante a este permanente cotilleo y se alimenta a los enemigos.

Resulta curiosa, no obstante, la esquizoide personalidad de Florentino, y, sobre todo, el hecho de que un ingeniero tan capaz para los negocios pueda cometer una y mil veces el mismo error en la dirección futbolística del club. No sé si todo proviene, precisamente, de esa doble condición, de que en el fondo cree que el fútbol es una empresa de ingeniería, y si tienes los mejores ingenieros, tienes el mejor equipo. Es decir, no sé si Florentino no entiende que el fútbol es mucho más complejo que el cálculo matemático o la resistencia de materiales; algo en lo que manda, y por eso lo amamos, el factor imprevisible del ser humano; algo que no se compra sólo con dinero; algo mucho más cercano a la fe, al coraje, a la voluntad de vencer, al amor al club, a la infancia, a la lealtad; y también al misterio de la belleza, a las feas y prodigiosas manos de Miguel Ángel, al piano de Bill Evans o a los versos de Federico, que a la fría perfección –aunque los futuristas me habrían fusilado por decir esto- de una línea de AVE. El fútbol es más grande que la vida, porque es toda la vida concentrada, y se juega con un pequeño ejército de artistas, sí, pero también de guerreros, talento, arte y sudor, con el que tienes que cubrir todas las funciones y no fichar a once clones.

La obstinación de Florentino ha consistido en traer siempre al mismo jugador repetido, el mediapunta filigrana; y en echar a los escasos entrenadores que podían manejar esos ejércitos de figuras sin que la vanidad hiciera imposible el juego. Su manifiesta incompetencia para entender esta verdad, le ha llevado siempre a prescindir de la más importante de las piezas de un equipo: el mediocentro. Comenzó vendiendo al mejor que hemos visto en muchos años, Fernando Redondo, que le ganó dos Copas de Europa al Madrid. Luego hizo un equipo fabuloso, y lo dejó tuerto por cuatro perras vendiendo a Makelele, que era el que defendía, y al único entrenador capaz de conciliar aquella máquina, Vicente Del Bosque, porque, como sentenció el charlatán de Valdano, no se le podía entregar un Ferrari a un conductor de autobús (no es cita literal), cuando el único que podía conducirlos a todos por el mismo camino era precisamente un hombre con su autobús. Y hundió la Galaxia.

Luego, es verdad, con Mourinho consiguió meter en crisis al Barcelona, echar a Guardiola y reinar otra vez en el mundo. Y entonces, cuando había vuelto a encontrar un par de jugadores extraordinarios para el centro del campo, Alonso y Di María, y otro Del Bosque, otro buen conductor de autobús, Ancelotti, va y los vende o destituye, para entrar en una nueva etapa de desvarío. Benítez vino ya muerto, porque Florentino es un nefasto pedagogo moderno: primero malcría y luego pretende quitarles los juguetes y los caprichos a sus mediapuntitas, que no defienden, ni marcan, ni se fajan. No porque no quieran, es que no están hechos para eso.

Ahora vuelve a jugar a mago y les pone a Zidane, un genio de gran prestigio, pero sin experiencia. Ojalá triunfe y les haga entender que en este juego nadie se salva solo. Y deje de firmar figuras, es decir, de hacer populismo, y fiche jugadores, los necesarios para cada puesto. Claro que eso sólo será posible si Florentino-Jekyll entierra definitivamente a Mr. Pérez-Hide.

Aunque a lo peor Florentino y Pérez, Jekyll y Hide, son perfectamente conscientes de que se necesitan, de que son imprescindibles el uno para el otro, de que la grandeza económica del Madrid -que es la grandeza del Florentino magnate-, convertido en espectáculo De Luxe para alimentar la venta de capulladas y camisetas, proviene justamente de ese fichar locuras de escaparate en cadena, una inversión que multiplica la fama y la presencia en todos los medios del mundo para suministrar constantes actualizaciones a la maquinaria comercial.

Pero nosotros, los que nos criamos con Pirri y Amancio, con el último Di Stéfano y las cabalgadas de Gento, lo que queremos es un equipo, aquel equipo, que con mucho menos dinero que el Barcelona, les daba para el pelo todos los años. Y nos gustaría volver a identificarnos con una forma de entender la vida hecha genio y corazón, volver a tener un equipo del que sentirnos orgullosos, y no un catálogo de ferraris varados.

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