La enfermedad incurable de Cervantes (Homenaje)

El texto que sigue ha sido incluido en una exposición homenaje a nuestro señor don Miguel de Cervantes (heladero de Jijona, de la familia Sirvent, más o menos, según el inefable Institut de Nova Història, ese delicioso engendro del nacionalismo catalán que Groucho Marx no habría podido imaginar), en la que treinta artistas plásticos y treinta literatos, seleccionados por ese agitador cultural irrepetible que es Santiago Delgado, se han reunido en el Museo Arqueológico de Murcia en torno a nuestro primer escritor, tan mezquinamente homenajeado en 2016 por una nación otra vez sin pulso y sin nación.

Es una exposición muy interesante, con piezas y textos dignos de acercarse a ellos. Se trataba de seleccionar un pequeño fragmento del alcalaíno y glosarlo, para luego encargar a un artista plástico su ilustración. Y ahora les dejo con ambos, el texto y la glosa. El fragmento de don Miguel, en el original cervantino, por supuesto, ese que ahora dicen que no se entiende y hay que ‘traducir’, Dios mío.

«La enfermedad incurable de Cervantes«.

-¡Ay señor! -dijo la sobrina-. Bien los puede vuestra merced mandar quemar, como a los demás; porque no sería mucho que, habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo éstos se le antojase de (…) hacerse poeta que, según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza”.

La enfermedad incurable a que se refiere la sobrina de don Quijote tuvo en don Miguel de Cervantes a una de sus víctimas más ilustres. No porque fuera uno de los grandes poetas de su época, sino porque nunca se le reconoció como tal. Tanto para la lírica como para el teatro, Cervantes fue un poeta anacrónico, un renacentista en medio de un mundo que había cambiado y se había abierto a las modas barrocas que él no compartía. Don Quijote, en su andar melancólico por una España que ya no reconocía, no es más que la metáfora genial del propio desajuste histórico y vital de un Cervantes que nunca había regresado de Argel ni de Lepanto. Que no había logrado ser el gran poeta y dramaturgo que había soñado, y cuyo triunfo vino de un relato que el público de su tiempo interpretó como una pieza cómica, cuando no era sino la más grande obra de fe y decepción que se escribiría jamás.Y lo que es más importante: la obra total, la que cambió la literatura para siempre.

Y sin embargo, siempre quiso ser poeta, poseer ese don que permite dar forma con pocas palabras a una biografía sentimental entera, y que ejerce en los grandes escritores por extenso una fascinación “incurable”. Ese don que no puede aprenderse. Ese arte que consiste en quitar, en desnudar, mientras la novela acumula, añade, se derrama y le debe a Cervantes el haberse convertido en la forma artística que con más generosidad nos entrega la totalidad de la vida.

No hubo nunca mayor homenaje a la poesía que la frustración dramática y lírica de nuestro más grande escritor. Porque a Cervantes se le debe algo más, algo extraordinario e irrepetible: nuestra lengua. El español (que ya no castellano) íntegro está en su obra. Maravilla leer el Quijote sólo para recobrar la memoria de lo que somos, de lo que fuimos, en nuestra lengua. Esa que acaso ya no sabemos usar, esa por cuyas delicias nos movemos como Quijotes anacrónicos en un mundo que ya sólo existe allí.

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