Los censores y las censoras

España se nos ha llenado de censores. ¡Y censoras, Dios mío! Y nos los han instalado dentro: en la lengua y la gramática, en la mente y los sentimientos, la comida, las costumbres, las relaciones sociales, la cortesía (prohibida), las ideas políticas, el modo de bailar, los libros, las fiestas que celebramos (que nada tenga que ver con las tradiciones católicas, que ofenden) o los juguetes que les regalamos a nuestros hijos. ¡Ah!, y los deportes, los toros, la caza o, lo más grande, lo que hacemos o dejamos de hacer en la cama con nuestras parejas. Todo es sexismo, pero decir ‘sexo’ está prohibido, todo es fascista, machista, venenoso, cruel con los animales o contrario al respeto a las culturas migrantes. Copón, que ya no se puede ni decir inmigrante. ¡Ni estar gordo! Ni siquiera ejercer honradamente la prostitución. Y el colmo, las mujeres no deben comer huevos, porque eso es aprovecharse de la explotación de otras hembras. Riamos, pero este delirio ya está aquí.

Y vuelvo al principio. Mi censor interno me ha delatado, al primer adjetivo, y me ha hecho darme cuenta de que había escrito “censores” y no “censoras”. Hasta ayer, por decir algo, nuestra lengua que, como latina, tiene géneros, meros accidentes gramaticales cuyos plurales siempre representaron a ambos sexos, nos facilitaba mucho la escritura y la conversación al no obligarnos al ridículo de tener que duplicar los términos. La lengua se rige por un principio esencial: la economía, el aprovechamiento máximo de los recursos. Pero ahora han conseguido, con el lenguaje falsariamente inclusivo, que ya no se permita la inclusión, que era lo que había, y se nos obligue a doblar adjetivos, sustantivos, artículos, pronombres…; es decir, que ya no haya sino exclusión.

En verdad, lo que han logrado es excluir a los seres de sexo femenino de lo que hasta ahora representaba, aunque digan lo contrario, a ambos sexos de forma inclusiva y conjunta. Ningún ‘asesino machista en potencia’, o sea, hombre, se molestó nunca por el hecho de que la palabra quizás más importante de cualquier lengua, “persona”, tuviera género femenino. Sin embargo, creo que ahora ya sentimos que el plural queda cojo, lo que en el caso de ‘censores’ es cierto. Faltan, en efecto, las censoras.

Y censoras, también, porque todas las Administraciones, todas, de cualquier color, las universidades, los institutos y la enseñanza en general, las oenegés o las televisiones se han convertido en agentes de la corrección política, con la que nos machacan un día y otro. Esta misma mañana, lo primero que me ha saltado al abrir el correo es un mensaje de Cruz Roja, de la que en mi casa somos suscriptores, en el que se me incita a regalar juguetes, lo cual está muy bien, pero se me indica qué juguetes puedo o debo regalar: ni “bélicos ni sexistas”. Son tan enemigos de la libertad que llegan al punto de prohibirles a los niños hasta jugar a lo que quieran. Y más todavía: tienen que ser juguetes “cooperativos o de educación en valores”. ¿En qué valores? ¿En el colectivismo como modo de organización social? ¿En los de no pensar por sí mismos sin considerar “al colectivo”?

Lo peor es que no saben nada de lo que es un niño, mucho más libre que todos ellos juntos. Los niños no tienen sus prejuicios sexuales ni piensan en lo políticamente correcto antes de escribir sus cartas a los Reyes. Los niños ignoran, todavía, la imbecilidad que se extiende por el universo desde las universidades yanquis, y de la que ustedes, los diversos colectivos de censores (y censoras), son principales agentes. Yo jugaba a las muñecas con mi hermana Maricruz, que tenía una habitación llena. Y después nos dábamos pelotazos y boxeábamos, que le encantaba. Y los Reyes nunca nos dijeron lo que teníamos que pedir. Nos echaban lo que podían. Pero no nos lo imponían. Y de eso es de lo que nuestra estulta clase dirigente no se entera: de que estamos hartos de que nos digan lo que podemos hacer o pensar o hablar.

Y un ruego final: váyanse todos a hacer pijos. Y pijas. Por favor.

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