No es el VAR, es el Barça

Que el Barça es más que un club lo sabemos todos. Es un lema recurrente de su muy efectiva propaganda. Y eso significa que el Barça es el ejército simbólico de Catalunya (no de Cataluña), como dejó dicho Vázquez Montalbán, y cuenta con el apoyo de toda la clase dominante: empresarios, políticos de izquierdas y derechas, sindicatos, intelectuales, la fea burguesía al completo. Y con la identificación de todos los que se soñaron integrados, falsamente iguales, a través del fútbol.

No hay otro club igual en el mundo. Ninguno que cuente con un apoyo tan masivo, fanático y sin disidencia posible, a salvo del millón de madridistas y pericos que, pobres, han tenido hasta que catalanizarse para ser tolerados. Fue patético el cambio de nombre, de Español a Espanyol, que dio comienzo a la totalitaria ocultación en Cataluña de la que es su lengua mayoritaria: la española.

Pero lo que resulta en verdad extraordinario es que un club cuya razón de ser es el odio a España, sea el que controle los organismos españoles: la Federación, desde que el vasco Villar llegó a ella -periodo culminado con aquella frase histórica de “¿qué más quieres que te dé, Sandro (Rosell)?”-, y ahora con el intelectual Rubiales; y la Liga de Fútbol Profesional, a cuyo frente está un hombre de lealtades inquebrantables a sí mismo como Tebas.

Las pruebas de ese control han sido constantes a lo largo de los últimos años, pero ahora se renuevan con los últimos escándalos y, sobre todo, con el VAR. Creíamos que el videoarbitraje acabaría con la desvergüenza de que, por ejemplo, estuvieran tres años sin pitar un solo penalti en contra del Barcelona, y que, como se iba a ver todo, sus artimañas quedarían desnudas. Con lo que no contábamos es con que al frente del VAR hay árbitros, es decir, los mismos que ya ejecutaban las instrucciones (nunca explícitas, claro, todo es más sutil) de los capos antes del VAR.

Y ¿por qué todo esto, aparte de porque somos gilipollas? Pues por una variable fundamental: el efecto Roures-Mediapro, dueños del VAR y de los derechos de retransmisión de los partidos de los que viven todos: los equipos, las federaciones, la LFP y hasta Telefónica, que es la que termina poniendo la pasta que nos saca a los usuarios.

Y Roures es el millonarísimo que dice ser troskista y estar por la revolución, a cuyo servicio pondrá siempre su enorme fortuna. Me recuerda al gran Rasputín, que al parecer convencía a la zarina de que para salvarse había que arrepentirse, pero que para arrepentirse primero había que pecar. Impecable. Hablamos del separatista que proporcionó la logística a la prensa mundial para que pudiera informar sobre el referéndum ilegal y presentar a España como un país a la altura de Venezuela. Del hombre de Zapatero, que le regaló un grupo mediático formado por Público y La Sexta, de los que luego se desprendió, cerrando Público y echando progresistamente a la puta calle a la redacción, y vendiéndole La Sexta a Antena 3 con la autorización cómplice de Rajoy y Soraya.

Y como el que paga es Roures, barcelonista hasta la médula, el que manda es Roures: sus televisiones, Bein, Gol, hasta Movistar, no sé si porque Telefónica se ha hecho también catalana, controlan, ocultan o muestran las imágenes según sus intereses. Con este panorama, los debates y la locución de los partidos, todos en manos de catalanes o barcelonistas en general (con algún testigo falso como Valdano), son un lógico añadido al bochorno. Al que hay que sumar a la nueva TVE sanchista y sus servidumbres. Sin ir muy lejos, el pasado miércoles la retransmisión del partido Sevilla-Barcelona recaía, ¡en TVE!, en Rivero, el jefe, gran lumbrera; un exjugador del Barcelona, el catalán Ferrer; y un tal Albert, otro catalán. Nadie del Sevilla. Ya ni disimulan. Ni hay jugadas discutibles, porque todas son a favor del Barça, como el gol tras patada flagrante de Suárez al portero rival del pasado domingo o la chulería impune con la que se encaraba con el árbitro en el partido de Sevilla.

Estamos, pues, ante una competición adulterada, un negocio en el que todos saben lo que pasa, ponen su cazo respectivo y callan. Hasta el Marca se ha hecho del Barcelona. La Liga es nuestra metáfora y ya sabemos quién la va a ganar siempre. Extremadura, no.

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