«Viaje por Guadalajara», novela. Cap. II. El viajero

La continuación de la novela «Viaje por Guadalajara», el Viajero que va a visitar Guadalajara durante 12 horas se encuentra con una persona real y conocida en la ciudad, aunque no se cita su nombre, por las señas puede reconocerse de quién se trata. A él (ya no está entre nosotros), le gustó salir en la novela. Nota: le que quitado algunos años y su profesión no era guía turístico, por lo demás es quien parece por físico y conocimientos de la ciudad.
 
CAPÍTULO II.
EL VIAJERO
 
EL VIAJERO, QUE POR su aspecto físico ya hemos dicho que roza en torno a los cincuenta años, tiene el pelo liso, fino, entrecano, que algún tiempo atrás fue negro como el azabache, y presenta notables entradas en las sienes que apuntan hacia prontas y mayores carencias. Lo peina con raya al lado derecho de la cabeza, la nariz recta, los labios algo carnosos, más grueso que delgado, andares que van dejando de ser todo lo firmes que él quisiera y un atisbo de hoyuelo en la barbilla que no llega a cuajar del todo, aunque sí apunta sus maneras.
 
Viste una camisa liviana, de color entre ocre y marrón, abierta en sus dos botones superiores, y unos pantalones ligeros, veraniegos, también de color tostado. Un atuendo cómodo, desembarazado e informal, con el único peso de un pequeño bolso de viaje, que lleva al hombro cruzándole en bandolera, hasta llegarle a la altura de la cadera.
 
Ha caminado unos breves pasos fuera del palacio del Infantado. A la derecha, contempla una inmensa mole negra, en bronce, colocada en un esquinazo exterior del Palacio, al azote de los vientos que vienen por la Avenida del Ejército o de los que suban o bajen en dirección a la calle Mayor o a la estación del ferrocarril Madrid-Barcelona.
 
La estatua representa a un príncipe de la Iglesia, vestido con toda la galanura y pompa propia de su rango. En la mano derecha porta una gran cruz, que sobrepasa en mucho su altura corporal, y en la izquierda tiene abierto un libro, aunque en ese momento mira, con alguna arrogancia, lo que sucede frente a él, más atento a las cosas mundanas que a las meditaciones sobrenaturales. En su basamento, un letrero indica “Cardenal Pedro González de Mendoza”.
 
El Viajero, que ya conocía de visitas anteriores, el grandioso e imponente Palacio del Infantado, no recuerda sin embargo muy bien a este personaje de la estatua y, dirigiéndose a un viandante que baja en ese momento de la calle Miguel Fluiters, le pregunta:
 
-¿Es usted de Guadalajara? ¿Podría decirme a quién representa este estatua, si es usted tan amable?
 
-Algo he oído hablar de él –replicó el aludido, un tanto irónico-. Es el cardenal Mendoza, uno de los hijos del marqués de Santillana, y que en su tiempo fue conocido como el tercer rey de España, después de Fernando e Isabel, los Reyes Católicos.
 
-¿Y tanto poder llegó a atesorar este hombre, como para que le llamaran “el tercer rey de España”?
 
-¡Ya lo creo que atesoró… poder, cargos y cobro de impuestos! Con 24 años recién cumplidos fue propuesto por el rey y nombrado por el Papa obispo de Calahorra y desde ahí inició una carrera eclesiástica que le llevó a las puertas del Papado a él mismo.
 
El transeúnte que habla es un hombre de unos cuarenta años, con pelo liso negro, que atusa con raya a la izquierda, la cual ya empieza a resquebrajarse en su alongamiento longitudinal, cráneo grueso, barbilla baja alargada, barba tersa pero enredada y con tendencia a irse haciendo canosa, desigualmente recortada, que viste un polo de color rosado, con el cuello abierto y gasta gafas sin montura con puente y patillas plateadas, se ve que para ir más ligero por la vida.
 
-Obispo a los veinticuatro años. ¡Pues sí que debía de ser experto en teología este muchacho, se ve que tenía un enorme conocimiento de Él, ya fuera mediante la fe o la razón!
 
-Bueno, no hay que tomarse a pie juntillas todo lo que le digan. En realidad, tenía más aptitudes de político que de eminencia cardenalicia. Familia poderosa, influencias en la Corte, dinero en abundancia… -ha dicho el transeúnte-.
 
-¿Tuvo mucho dinero este cardenal?
 
-¡Le diré a usted! ¡Casi todo el que quiso, aunque al final, como suele ocurrir a menudo, le faltó un poco más de peculio para acabar de completar sus sueños…! Obispo de Calahorra y Santo Domingo de la Calzada, luego de Burgo de Osma, después de Sigüenza y más tarde de Sevilla y de Toledo, primado de España, arzobispo y cardenal. ¡En eso se quedó el bueno de don Pedro González de Mendoza y en alcanzar de manera honorífica el título de “tercer rey de España”, como ya le he dicho!
 
Desde luego, no todo el dinero y las rentas que recaudaba lo empleó en ayudar a los pobres, como usted comprenderá, ni en levantar iglesias y catedrales, sino en atender a las muy numerosas necesidades de su familia, los poderosos Mendoza, y a la suya propia de sangre y estirpe, pues tuvo una amplia prole, de al menos tres hijos reconocidos.
 
¿No ha oído usted hablar de los “pecadillos” del cardenal Mendoza? –inquiere, indaga, investiga el transeúnte, de cráneo grueso, la barbilla baja alargada, barba tersa pero enredada, con tendencia a irse haciendo canosa, desigualmente recortada-.
 
-Sí, ahora que lo dice usted, me suenan un poco tales yerros.
 
-Pues esos tres eran los pecadillos más revoltosos e innegables del cardenal homenajeado mediante esta estatua, a quienes les puso ese simpático apelativo la reina Isabel la Católica, que les veía corretear a su lado y les tuvo mucho afecto.
 
-Un hombre completo, según se ve. Aunque como cardenal y miembro del Sacro Colegio de los consejeros del Papa en las labores de buen Gobierno de la Iglesia católica parece que dejó bastante que desear.
 
-Sí dejó, ya lo creo que dejó algo por desear… Como que a la muerte de Inocencio VIII, en 1.492, los Reyes Católicos movieron muchas voluntades para que alcanzara ese supremo deseo, de la forma en que en aquella época y en todas las épocas se mueven mejor las voluntades, y más aún las públicas, ¿me entiende usted?
 
-Perfectamente, sí le voy entendiendo, sí.
 
-Pues movieron muchas voluntades para que su amigo, protegido, consejero y al mismo tiempo protector y valedor Pedro González ocupara el trono de San Pedro, allá en la ciudad eterna. No hubo elector papal al que los embajadores de los Reyes Católicos no tocaran con dádivas económicas y con promesas de más dádivas, cargos y empleos en la corte de Roma cuando se alcanzase el trono, pero, al final, todo se quedó en eso: en un deseo. Y en mucho dinero gastado para nada
 
-¿Hubo un candidato mejor, a los ojos del Espíritu Santo? –repuso el Viajero, bastante asombrado-.
 
-Hubo un candidato peor, diría yo, que no soy el Espíritu Santo, pero algo he estudiado de aquel tiempo –retomó el hilo el transeúnte-. Otro que manejó aún más voluntades, repartió más dineros, compró más votos y entregó más y mejores prebendas, bicocas y simonías a sus partidarios y votantes al Papado… Nada menos que la familia valenciana de los Borja o Borgia, que controlaban Roma directamente, desde allí mismo, y que consiguieron que fueran nombrado Papa, Rodrigo Borgia, que reinaría con el nombre de Alejandro VI.
 
-Verdaderamente, he leído por algún sitio que el de los Borgia fue un reinado papal lleno de intrigas, crímenes y venganzas y no hubiera sido mucho menos intrigante ni revuelto el de los Mendoza, si se llega a producir, por lo que usted me cuenta.
 
-Así es, sí señor. En Valencia relatan que la familia de los Borja eran unos desalmados y crueles asesinos, pero que, al fin y a la postre, eran sus asesinos. Más expertos que ningún otro, mataban más y mejor. Así que están orgullosos de sus paisanos –ha remachado el transeúnte, con daga sibilina…,
 
….con arma blanca verbal de hoja corta y ancha, con puñal de acero de los que se hincan muy hondamente cuando clavan su punta, con estilete sonoro de hoja más estrecha y aguda pero acaso más mortal todavía, con faca corva lingüística de más grandes dimensiones, de los que suelen llevarse envainados en una funda de cuero o, en en este caso…,
 
…en alguna de las circunvoluciones del cerebro, cuando se trata de dagas, puñales, estiletes o facas verbales de las que se portan más fácilmente, sin necesidad de grandes alardes para su transporte-.
 
El transeúnte se queda mirando para el Viajero, en silencio, por si desea preguntarle alguna cosa más, como en efecto, poco después sucede:
 
-Y este cardenal, que tenemos aquí al lado, con aspecto tan poco piadoso, y aire de ambicionar algo que está mirando desde lejos, ¿tuvo algo que ver con ese tipo de tejemanejes e intrigas, ardides de político y artimañas de hombre peligroso que usted me cuenta?
 
-Poco más o menos, no le quepa duda; de otra forma, no se llega a la cumbre de ningún reino humano o eclesiástico. Pero, de todas formas, por razón de paisanaje vamos a decir que nuestro candidato a Papa era mejor, espiritualmente. ¡Yo también tengo que defender a mi paisano, pues de otra forma estaríamos en desventaja! Fue el Espíritu Santo el que no quiso verlo así, por razones que se nos escapan… Y ahora me va a perdonar, pero llevo prisa. He salido un momento del puesto de trabajo.
 
-¿Y en qué trabaja usted, que sabe tanto de este tema? –preguntó el Viajero, intrigado-.
 
-Soy guía turístico de la ciudad. Ahí, a doscientos metros tiene usted la Oficina de Información turística, para lo que guste informarse. Es más, llevo conmigo un folleto de información sobre la ciudad, que le será muy útil si se propone usted pasar un día, o más, entre nosotros.
 
-Pues muchas gracias, se lo agradezco de verdad, me será de mucho provecho. Y, si usted me lo permite, ya que hemos cogido un poco de confianza, le diré que me parece usted una persona instruida, aunque bastante irónico y hasta un poco sarcástico y coñón.
 
-No veo contradicción entre todos esos términos. Es más, en estos tiempos que corren es lo que más da la tierra.
 
-¿Se refiere a Guadalajara?
 
-Me refiero al planeta Tierra, en general. Sin ser un poco cáustico y punzante, sin el punto de mordacidad e ironía suficiente, no se está seguro en ninguna parte…
 
Ni siquiera en la propia casa de uno, siempre vendrá alguien intentando llegar a primer ministro de algún sitio, a jefe político de algo, a alcalde de no sé dónde, a santo de la iglesia al que hay que beatificar mediante un costosísimo proceso canónico, o a predicador del mes dentro del cuadro de honor de su confesión religiosa o, en el caso de don Pedro González de Mendoza, a Papa, tratando de sacarnos los dineros para financiar su causa, mediante aportación única, cuota periódica o diezmo y primicia de algún tipo y contándonos alguna milonga para enmascarar sus fines, tan personales, ambiciosos y egoístas como acabo de decirle.
 
-No le falta a razón, se ve que es usted una persona avisada.
 
-No olvide que estamos en la tierra del Arcipreste de Hita, que ya sabe lo que decía y rimaba sobre las “propiedades que el dinero ha”.
 
-Pues no lo recuerdo en este momento, ni mi memoria ni mi cultura literaria da para tanto –reconoció, cariacontecido, el Viajero-.
 
-¿Le sigue interesando el folleto turístico que le he ofrecido? –inquiere, con apremio, el transeúnte-.
 
-Ya le he dicho que sí, y que se lo agradezco –corroboró, con convencimiento y certeza, el Viajero-.
 
-Pues aquí lo tiene. Encontrará impresa esa cuaderna vía de Juan Ruiz que le comento. Léala, no tiene desperdicio. Ni en el siglo XIV, en que fue escrita, ni tampoco en nuestros días… O quizá en nuestros días tenga aun menos desperdicio sobrante, porque vivimos tiempos más materialistas aun -concluye, con determinación y firmeza, el guía turístico-.
El viandante le alarga el folleto, pequeño, perpendicular, ilustrado, con muchas fotos y grabados, y se despide del Viajero, partiendo en dirección a su trabajo. Éste último se acerca ahora a la fachada lateral, la que da hacia oriente, la renacentista, del Palacio del Infantado, donde un amplio letrero en piedra, enclavado a la izquierda de la puerta de acceso al mismo, indica: “Museo de Guadalajara. Archivo Histórico Provincial”.
 
El Viajero hojea con atención el folleto, buscando la información pertinente, y allí lee que en aquel lugar, pese a la confusión generada por el vistoso letrero, sólo se encuentra en estos momentos el Museo de Guadalajara, escueto, conci-so, breve y visitable en no mucho tiempo, pero con importantes obras pictóricas y escultóricas en su interior…
 
El Archivo Histórico Provincial, en cambio, fue trasladado, algunos años atrás, a un inmenso y nuevo edificio situado cerca de la autovía A-2.
 
Entre las obras expuestas en el Museo, según la guía turística, destaca el sepulcro en alabastro de doña Aldonza de Mendoza, del siglo XV, y un óleo sobre lienzo del pintor granadino Alonso Cano, titulado “La Virgen de la Leche”, del XVII, que se presta con cierta frecuencia a otros Museos de España, y que siempre ocupa un lugar preferente en las exposiciones temporales que preside.
 
El Viajero, amén de admirar las reproducciones a todo color de ambas obras que contiene el folleto, se distrae un momento leyendo dos composiciones poéticas alusivas a ambas creaciones artísticas, composiciones que, al repasarlas, no le causan al Viajero un desagrado excesivo.
 
Rezaba así la primera, que era un soneto con estrambote dedicado a la escultura yacente de doña Aldonza de Mendoza, hermanastra de Íñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, la cual pasó por bastantes tribulaciones durante su azacanada vida, para defender su patrimonio de los varones de su familia que la rodearon, de su propio esposo y de los administradores que se lo administraron, no siempre con la mejor de las intenciones:
 
Juan Pablo Mañueco,
 
Novela:
 
 
«Viaje por Guadalajara» en la Universidad de Toronto:
 
 
VIAJE POR GUADALAJARA: Un viajero llega a la ciudad de Guadalajara a las 10 de la mañana de un día de finales de agosto. Se marchará a las 10 de la noche, durante esas 12 horas que transcurren visita los principales monumentos, camina, recorre, recuerda, se encuentra con personas reales de la ciudad, entra en sus establecimientos y restaurantes…. Y narra la crónica exacta de lo que lo que le ocurre en la ciudad durante esas 12 horas.
 
Se consigue por internet, en librerías o en Bibliotecas

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Juan Pablo Mañueco

Nacido en Madrid en 1954. Licenciado en Filosofía y Letras, sección de Literatura Hispánica, por la Universidad Complutense de Madrid

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