La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

El putero

Acabo de ver una imagen patética. Estaba yo en el Mc Donald’s de Montera, esquina con Gran Vía, esperando en una cola para sucumbir ante mi gran vicio: el café con helado de nata. De repente observé cómo en la fila, delante mía, estaban un hombre mayor y una chica joven. El señor era viejo, gordo, tuerto, gangoso y no paraba de eructar para sus adentros. La chica era la prostituta que había alquilado para que en el siguiente rato sofocara sus apetitos sexuales. Esta es, indudablemente, una de las imágenes más repetidas en este microespacio madrileño. ¡Qué pena!

El señor no paraba de mirarla, impaciente. Ella, obligada por las circunstancias, le sonreía; pero cuando él se daba la vuelta, ella no podía disimular su asco. ¡Qué lastimosa es la que algunos llaman “la profesión más antigua del mundo”!. Vender tu cuerpo, tu dignidad, tu alma… a cambio de un puñado de euros. No creo que exista un acto tan degradado, que profane más nuestra condición humana, que el de la prostitución. Por parte de quienes la consumen, me refiero.

Cuando han terminado de comprar (tres bollos de chocolate), él ha pagado y ella ha compartido lo comprado con una de sus compañeras. Él, a un lado, esperaba (haciéndole gestos de “te espero”, mientras sonreía obscenamente) a que ella se comiera su “regalo”, previo para llevársela a Dios sabe donde. De esto no hace ni media hora. Seguramente, ahora el muy cabrón esté disfrutando de su “mercancía”. Ella hará lo de todos los días. Callar, callar y callar, mientras un cerdo suda sobre su cara. Como hará luego. Como hará mañana.

¡Qué diferente habría sido la vida de esta chica de haber nacido en un contexto distinto! Y lo peor es que ella lo sabe…

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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