
Si hace un tiempo mi camarada Ciriaco de Málaga acuñó en su blog el término “malaviadas” (en referencia a ciertos episodios surrealistas de mi vida), hoy quiero patentar en este humilde espacio las “ciriacadas”. Y aquí va la primera:
19 de enero de 2008. Esta misma mañana. Un aula cualquiera de la universidad Carlos III, en Getafe. Mi tocayo (aparte de Ciriaco tiene nombre de pila) y yo, sometidos a la crueldad de un infumable examen de inglés, requisito indispensable para ser licenciados en Periodismo. No tenemos ni idea. Lamentable. Y él sentado tan tranquilamente, justo delante de mí, con un ejemplar de ‘La Razón’ y su carnet de la ‘COPE’ bien visibles a la vista de todo el mundo.
De repente, el estupor. El examinador se precipita bruscamente hacia nuestra acera comanche. Se para ante Ciriaco y le dice: “Coge las cosas y vente conmigo”. Él, por toda respuesta, absolutamente desconcertado, sólo acierta a decir: “¿Pero yo qué he hecho?”. Sin embargo, no hubo piedad. Ciriaco, con su jersey de los buenos, sus gafas señoriales y su raya inmaculada siempre sobre el lado izquierdo, se tuvo que reinstalar en la última fila, la de “los malos”. No lo pude evitar y solté una estruendosa carcajada, justo en la misma cara del profesor.

Nada más terminar el examen, entre risas, le pregunté por lo sucedido. Él, muy serio, me espetó: “Si es que estaba tan aburrido que me he quedado mirando a la chica que tenía al lado”. Ah, amigo crápula, es lo que tienen los escotes descocados de “las golfas provocadoras, enemigas de todo orden”. No pasa nada, Ciriaco, así demuestra usted que es humano y que hasta los baluartes de las buenas costumbres tienen sus debilidades. Además, es lo que acontece con la lengua de Shakespeare… ¡que excita la libido!
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
