
Suena de fondo una oda a la melancolía. En medio de un espacio inexistente, onírico y casi lírico, se deja caer de su pedestal una musa vestida de blanco. Es Najwa Nimri. Lo que parecía una estatua inerte, gélida hasta matar, cobra vida. Abre los ojos y puedo ver abrirse el cielo a través de ellos. Es simplemente magia.
El mundo se para cuando abre la boca, su dulce boca, y la melodía inunda el ser. La puerta al paraíso que, en forma de punto negro, adorna su mejilla derecha es tan perfecta que parece irreal. Pero existe. Es Najwa Nimri. La estoy viendo. O no…

Tengo que reconocer que no es muy normal ver volar a una mujer. Pero en el caso de las musas todo puede pasar. Además, si es un sueño no puedo pedir más que ver flotar sobre las nubes a esta princesa de nombre tan exótico. Sí, es Najwa Nimri…
Se acerca. Viene hacia mí. Me mira. Ya está aquí. Se me hiela la sangre. ¿Qué hago? Cuando me extiende su blanca mano y me dice “oye chaval, ¿tienes fuego?”, es cuando comprendo que las musas del siglo XXI son merecedoras de presidir el Partenón.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
