La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Diario de un peregrino en Tierra Santa. Capítulo I: Ahí está, ahí está, es Israel

Una vez regresado a casa, tras la preceptiva sesión de siesta, jamón, tortilla, chuletas y Joaquín Sabina, quiero comenzar aquí lo que no es sino una oración: Tierra Santa, mezcla de sabores, olores, imágenes, sonidos y emociones a flor de piel, pasa rápido, muy rápido. La intensidad de cada parada fugaz –la gruta de la Natividad, el Cenáculo, el Santo Sepulcro…– hace que uno sea incapaz de asimilar en su plenitud lo que está viviendo. Por eso, una vez devuelto al silencio sobresaltado únicamente por el eco del teclado del ordenador, quiero degustar el recuerdo aún vivo hasta palpitar, para que jamás se pierda. Cada día fue una aventura. El relato de cada jornada será mi oración. Te invito, querido amigo, a rezar conmigo y acompañarme en un viaje que fue peregrinación a lo esencial.

Todo comenzó el viernes 31 de julio. A horas intempestivas, en la madrileña T-4 de Barajas, 54 almas inquietas estábamos convocadas por la Delegación de Infancia y Juventud de la diócesis de Alcalá de Henares, con su excelente director, Alberto Raposo, al frente de la expedición. Le acompañaba José Antonio Moreno, sacerdote de nuestra diócesis que lleva 27 años como guía en la que ya es su segunda casa. Un buen hogar el de Jesús el nazareno… Por mi parte, además de muchos amigos y conocidos, contaba con la compañía de mi Dulcinea, María José –el viaje de mi vida jamás lo habría sido si tú no hubieras formado parte de él–, y de los que serían mis compañeros de habitación: Juan Pablo, conocido por su capacidad de encontrar el amor definitivo en cada hora, en cada puerto –hizo estragos entre las féminas orientales– y Paolo, famoso por sus interpretaciones en papeles como Juan Pablo II o el Diablo en la Pasión. Su alias, repetido constantemente por nosotros: ‘el Joyita’. Los tres conformamos una ciénaga ambulante, dejando nuestra huella de hotel en hotel.

No tardamos en darnos cuenta de que ir a Israel no es un viaje más: un interrogatorio individualizado en el que se buscaba cualquier mínima duda o contradicción. Es curioso que, aún sin nada que ocultar, por la tensión, uno acabe diciendo cosas que no son tal y como quiere decirlas. Finalmente, cinco horas de vuelo culminaron con una sonrisa. Unos niños pequeños que tenía a mi espalda, judíos de habla española, en cuanto divisamos la costa del país, exclamaron entusiasmados: “¡Ahí está, ahí está! ¡Es Israel!”. Me sonó a gloria: la travesía del desierto concluía y llegábamos a la Tierra Prometida. Del aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv me quedo con una imagen: las decenas y decenas de globos de colores que poblaban el techo de la terminal. Muchos de los viajeros eran recibidos por sus familias con sus alegres formas. Un autobús nos trasladó directamente hasta Tiberíades, donde nos hospedaríamos los tres primeros días. Otras dos horas de viaje nos permitieron ver gran parte del paisaje que atravesaríamos a lo largo de toda una semana. Ya entonces bordeamos Cisjordania… y el muro. Pero eso es otra historia que tendrá su propio espacio en esta serie de crónicas.

Hacia las siete y media de la tarde llegamos al hotel. Nos quedamos boquiabiertos al ver su piscina, jacuzzi y baño turco, pero lo mejor de todo es que daba a parar directamente al lago Tiberíades, conocido en el Evangelio como el Mar de Galilea. Más adelante narraré lo que se siente al percibir su inmensidad y profundidad histórica, pero sólo basta decir que ante él, con el simple hecho de mirarlo, ya surgieron espontáneamente las conversaciones sobre el sentido de la vida, el espacio y el tiempo. Tras la cena –allí es sobre las ocho, y la comida al mediodía; hay una hora más de diferencia respecto a España, siendo el doble a nivel solar, amaneciendo hacia las cinco de la madrugada–, tuvimos la Eucaristía en el búnker del hotel. Me gustó ver levantarse la Sagrada Forma sobre un sitio preparado para evitar la hipotética catástrofe de la guerra. Cristo es la Paz.

Una charla en el hall y una copita de ron precedieron a la primera noche de nuestra vida que dormíamos en Tierra Santa. En la habitación, las risas tardaron en apagarse. Pero cuando lo hicieron fueron arropadas por la quietud silenciosa de un mar que guardaba el sello de Aquél que anduvo sobre las aguas. Era un nazareno en tierra de pescadores. La Galilea que recorrió ahora nos albergaba. Al día siguiente, cuando verdaderamente comenzaba la aventura, nos tocaba seguir sus pasos. Todo esto pensaba mientras me vencía el sueño. Era feliz: dormía en la tierra de Jesús. Tierra Santa. Al fin.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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