La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

¡A China, ni un céntimo!

A fuerza de escucharlo, parece como si fuera un axioma del destino del que es imposible escapar. Es casi una sentencia, que hasta los ancianos del terruño citan con seguridad: China será, si no lo es ya, la próxima gran dominadora del mundo. Es oír esto y me entran espasmos de pánico y horror. Que se entienda lo que quiero decir. No es xenofobia, ni racismo, ni ninguna de esas lacras que cuartean el raciocinio humano lo que me mueve. Es, simplemente, que estoy convencido de que una hegemonía china equivaldría a la deshumanización de la población de este planeta. Así de claro.

Ya somos suficientemente bárbaros. Aunque no sea percibido por la mayoría, vivimos la peor etapa de la historia de la humanidad. Son muchos los síntomas y los traumas, pero uno es el principal: la balanza económica mundial se ha desequilibrado de un modo tan atroz que ahora mueren millones y millones de personas de hambre y sed. Ningún otro ha sido holocausto tan devastador, pues tiene muchos cómplices –todos nosotros, habitantes del Primer Mundo–. Keyness fue claro, pero no le hicimos caso: la solidaridad ha muerto y ahora unos pocos vivimos bien a costa de que muchos vivan mal, muy mal.

Esta es nuestra sociedad, nuestra injusta y vergonzante sociedad. Históricamente, los núcleos de población eran mucho más autónomos. Cada país contaba con su propio sistema. Ha habido de todo: monarquías, repúblicas, feudos, comunas, comunidades religiosas, imperios… Hasta que, poco a poco, subidos al carro de la técnica –la rueda, la espada, la máquina de vapor, la bomba atómica–, llegó el momento de máxima homogeneidad. Claro, prevalecen los distintos modelos de estado, las diferentes culturas, las diversas herencias religiosas; pero ya domina, más que nunca, lo que llamamos ‘globalización’. Es decir, las secuencias tecnológicas, culturales y pragmáticas del imperante modelo económico capitalista. Cada vez más, el mundo se rige por las reglas del Dios Capital.

Estados Unidos ha sido la cabeza visible del modelo. Hasta ahora, que llegan China y sus Dragones Asiáticos. Lo cual acrecienta el riesgo de que nos convirtamos en máquinas meramente productivas. Estados Unidos, con su puritanismo a veces hipócrita, con su apuesta decidida por su particular concepción de la Libertad, al menos defendía unos valores. Aunque fueran corrompidos, falseados. Ellos tienen Justicia, Democracia, creencia en el valor de la persona… Un mínimo, pese a ser funesto en tantos casos, por romper sus reglas cuando les viene bien a ciertos interesados; siempre minoría… acaudalada, muy acaudalada. La imagen no es tan distorsionada, pese a la hipérbole: el rico empresario fumándose un puro encendido con un billete de dólar, obtenido éste de las consecuencias de una guerra por el petróleo.

Pero, ¿y China? ¿Qué es China? China es una máquina sin sentimientos. Técnica fría al servicio del absoluto pragmatismo. La unión indecente de lo peor del capitalismo más salvaje con el comunismo más asesino y opresor. Tiranía, conquista, invasión, censura, mordaza, pena de muerte, abortos de Estado, millares de seres sin nombre, escondidos en granjas. El desprecio por la persona humana, por el individuo. El racismo, el nacionalismo, el sentimiento de superioridad, el odio a lo distinto. La explotación de trabajadores en fábricas y talleres infrahumanos. La alianza con la mafia para introducir en mercados ilegales sus productos masificados. Colonización económica. Emigración en batallón sin nombre ni atributos: tiendas y locales con sus productos abrasivos y estereotipados, aniquiladores de lo artesanal sirviéndose del plus de la rebaja; salida ésta de la ilegalidad, evidentemente. Chinatown, islas puras y endogámicas sin ninguna concesión a la mezcla. Oscuridad: nadie sabe un dato de su productividad. Es el avance silencioso, imparable, arrollador, arrogante.

Repito, no soy xenófobo ni racista. Quiero que hasta mi país arriben todos aquellos que aquí puedan tener una oportunidad de vivir mejor, sin importarme su color, ideología o religión. No cierro las puertas a China ni a ningún chino. Pero tengo clarísimo que, salvo giro absoluto e imprevisto de este proceso histórico, no compraré más en ningún establecimiento chino. La venta de productos masificados, que produce dinero y más dinero fuera de su tierra, para su tierra, ésa es su arma. No hay nada que hacer, es imparable. Pero, en un último gesto de nostalgia y respeto por la cultura que valora el ser humano en su individualidad –¿qué quedó de la propia China milenaria, espiritual, aunque se enrocara sobre su ombligo, entonces sí, huyendo del resto del mundo?–, voy a poner mi inútil y simbólico grano de arena. ¡A China, ni un céntimo!

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Lo más leído