La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

La Pasión de San Unamuno resucitado

El combate de Miguel de Unamuno ha tocado a su fin. En esta Nochevieja de 1936, quien ha dedicado su vida entera a luchar en mil causas, sabe que la última ha sido la esencial de todas: soñar con tener una fe en la eternidad como único modo de poder seguir caminando en este mundo. Quiere creer, pero no puede. Se ilusiona con creerse realmente lo que sabe encantamiento, pero en él no cala esa medicina que propone a todos. Pese a todo, ahora, en el último instante, cuando cierra los ojos para siempre al calor de su brasero, en su casilla de Salamanca en la que le ha confinado el irascible Millán Astray, mira al cielo con los ojos cerrados y musita una sencilla oración: “Dios mío…”.

Segundos después, se siente arrodillado en un reclinatorio. Frente a él, contempla su cuerpo muerto, sentado aún en la silla. Sigue una estampa de su entierro: al día siguiente, una horda de falangistas vociferan brazo en alto cánticos estridentes en un homenaje falso con el que pretenden apoderarse de un mito, aunque en lo más hondo todos desprecian al hombre incómodo. Las siguientes escenas son diferentes momentos de la Guerra Civil, de la que conoce entonces que aún le quedan dos años y medio más de fusilamientos e hijos muertos en el frente. También ve claro el futuro posterior: casi cuatro décadas de dictadura militar, de censura, de exilio exterior e interior de algunas de las mentes más preclaras. Entonces, solo entonces, Unamuno se mira las manos. Avejentadas, con las venas negras latiendo fuego sobre un pellejo blanquecino. Entonces, solo entonces, Unamuno es consciente de que, muerto, ha resucitado.

Quiere gritar, mas no puede abrir la boca a causa de la congoja. Quien siempre aspiró a la resurrección como meta ilusoria que posibilitara el seguir viviendo en un mundo sin sentido, se topa con su doble equivocación. Existe la vida eterna. Y no es lo que él hubiera deseado creer con todas sus fuerzas: muerto, se sigue viviendo como si se pudiera caminar, hablar, hacer algo por cambiar el discurrir de la humanidad truncada. Pero no se puede hacer nada de eso. Ahora él, el gran hombre que un día consiguió movilizar a la juventud española, que le recibió exultante a la vuelta de su exilio contra el oprobio del militarote de Miguel Primo de Rivera, ya no puede hacer absolutamente nada ante la dantesca convulsión de un pueblo que se asesina para quedar en manos de otro general que la narcotizará con décadas de falsa paz. Eso le acelera el corazón (es real, sigue siendo carne, aunque ya solo contemplativa), pero lo que le devasta las entrañas es cerciorarse de que el destino de la humanidad entera es morir para despertar a una vida de seguir arrastrándose sin fin. Ya no le horroriza la Nada, sino este Todo que siente como castigo opresor, injusto e impuesto por un Dios que se aleja absolutamente de Aquel en el que quiso creer.

Así, aunque sabe que no puede levantarse del reclinatorio, Unamuno cierra los ojos. Rebelde como siempre, se niega a saber más, a contemplar más inquina. Está más desesperado que nunca. Hasta que, de repente, nota cómo su mano derecha es abrazada por la de su mujer, Concha, que ha muerto hace dos años. De igual modo, su mano izquierda es besada por su hijo Raimundo, muerto hace 34 años, cuando, víctima de la hidrocefalia causada por una meningitis, perdió la vida con apenas seis años. Unamuno, al fin San Unamuno, llora a carne viva, con el alma abierta de par en par.

No hace falta que su mujer y su hijo le digan nada. Su sola sonrisa, su gesto de íntima ternura, le hacen definitivamente comprender todo: hay resurrección, vida eterna de gozo y huida de la congoja del mundo terreno. Pero antes el hombre ha de despojarse del dolor y las dudas que lo conforman en el momento de la muerte. Esta última Pasión es necesaria. Solo así puede abrazarse al Dios que murió en un madero y que, incluso resucitado, deambuló cincuenta días por este mundo siendo testigo de incomprensiones y cegueras. Es así como San Unamuno exhala sus primeras palabras siendo solo espíritu: “Dios mío… Ya nunca seré Tomás. Mis seres amados han tocado mis heridas y me han curado. Ya veo. Te veo”.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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