La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

La luz de Iván Fandiño

Me quedo con la tarde en que te vi en Chinchón, riéndote como nunca (siempre fuiste un torero serio en la plaza, consciente de que esta no es una fiesta, sino una tragedia) con tu amigo Daniel Luque mientras ejercíais de picadores improvisados. Me quedo, sobre todo, con las muchas tardes en que mi corazón se ha acelerado contigo en Las Ventas. Has sido un torrente desbocado, un torero de energía que transmitía con su muleta una inmensa fuerza. Querías ser figura del toreo, y venías con el empuje de Sansón. Jamás olvidaré esa tarde única en que coronaste una faena inmensa con un gesto de valentía digno de ti: arrojaste la muleta al suelo y te lanzaste con la espada a cuerpo limpio, dejando una estocada que fue un cañón.

Cada tarde de isidrada u Otoño que podemos estar en la Grada 3 del templo de Madrid, mi padre (mi camarada de los cosos) y yo tenemos ciertos temas fijos en nuestras conversaciones taurinas: otro año más sin José Tomás, por qué algunos entendidos se pervierten y acaban en perjudiciales sabiondos, por qué nos empeñamos en toros grandes y artificiales, los tiempos en que los toros generaban un encendido debate social al dividirse siempre los aficionados entre las dos grandes figuras de cada época, cómo es una desgracia que se esté perdiendo el tercio del capote… Y qué tal está este año nuestro Iván Fandiño: nuestro torero.

Andábamos algo preocupados porque, desde que hace dos años acometiste por Domingo de Ramos la maravillosa gesta de encerrarte con seis torazos de seis ganaderías distintas, todas duras, y el milagro se quedó en crucifixión y ya, andabas algo cabizbajo siempre que volvías a Las Ventas. Te habías ganado el derecho a ser considerado un torero de Madrid, enamorando a todos con faenas eternas desde que irrumpieras como un terremoto en 2009. Pero estos últimos tiempos, desde esa tarde desdichada, veíamos a un Fandiño sin esa fuerza tan natural en ti…

Hace unas horas, cuando me he enterado de la desgracia de tu muerte en una plaza de Francia y he llamado a mi padre, ni siquiera nos podíamos creer que ahora ya no hablemos más de la certeza de que ibas a volver a ser tú a lo grande y este bache iba a ser un simple mal recuerdo… Lo que decíamos sin decirlo (porque suena demasiado grave) es que a partir de ahora vamos a seguir hablando de ti en cada tarde en Las Ventas, pero ya en pasado, con una desazón sin cura.

Sigo sin poder creerme que jamás te volveré a ver torear. Es dantesco pensar que nunca más volveré a tener esa expectativa ante una tarde de Fandiño. Me duele en el alma saber que ya no volveré a escribir a tu amiga Eva para comentar cómo te ha visto en la faena de esa tarde. Me desgarra pensar en la mujer y la hija que dejas.

El veneno de la tauromaquia corre por mis venas desde que tengo uso de razón. A mis 34 años (solo dos menos que tú), pertenezco a una generación de apasionados por este arte trágico que se ha criado con la falsa sensación de que los toreros ya no morían en la plaza. Sí, sabemos y defendemos que esa autenticidad (la de ser algo a vida o muerte) es la esencia de todo lo que ocurre en el albero, pero, por mil circunstancias, todos nos maravillábamos del milagro de que, pese a las mil cogidas presenciadas en una plaza que hacían temer lo peor, todas al final terminaban con el pulgar señalando al cielo. Con Víctor Barrio nos llegó el hachazo. Contigo, con tu muerte, volvemos a sentir que ir a los toros es algo sagrado… No es una fiesta, maldita sea, es una danza de muerte.

Silencio, que se nos ha muerto Iván Fandiño.

No es una forma literaria: maldita sea la hora, pero estremece pensar que ahora mismo estás muerto. Y lloramos contigo en tu silencio. Esta tarde te vestiste de torero en una silenciosa habitación, revistiéndote para el acto sagrado, a buen seguro, con absoluta seriedad. No has vuelto. Te has sacrificado por entero en la santa arena. Nos quedaban cientos de faenas tuyas con las que rompernos las manos a aplaudir. Te las llevas todas contigo en tu gran corazón.

Siempre fuiste el torero de la energía, de la fe en ti mismo. Ahora mismo, en medio del silencio y la oscuridad, te has transformado en una inmensa y sensible luz.

Gracias por hacernos felices. Espero que tú lo hayas sido.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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