Jesús Ferreiro, periodista (Onda Pesquera) y presidente de la Fundación Titanic, en su primera conferencia del ciclo “Titanic: Hablan los supervivientes”, aclaró algunas dudas que, por conveniencia de algunos editores y cineastas, cambiaron, siempre exagerando a su conveniencia, los hechos reales.
Por ejemplo, cuando se dice que el Titanic “chocó” contra un iceberg, no estamos mencionando los hechos tal y como sucedieron la noche del 14 de abril de 1912. Esa noche el “buque de los sueños” NO CHOCÓ, sino que ROZÓ con el iceberg que causó su hundimiento, y lo hizo tan suavemente que ninguna de las 2.207 personas que se encontraban a bordo, incluidos los tripulantes que estaban en el puente de mando, se dieron cuenta. Es más, los marinos supervivientes declararon que el oficial Whillian Murdoch comentó: “lo hemos librado, por poco pero lo hemos librado”. Sin embargo, lo que ocurrió es que el roce se produjo debajo de la línea de flotación, y por eso no se vió.
Pensemos en nuestro coche y, naturalmente, no es lo mismo tener un roce en su carrocería que tener un choque.
Tampoco es verdad que los vigías Frederik Fleet y Reginald Lee de guardia en la torreta de proa, fueron los primeros en divisar el iceberg, sino que fue el oficial Willian Murdoch, de guardia en ese momento, que se encontraba en la parte exterior del puente, el que lo vio, pero no creyó ver un iceberg, sino otro barco contra el que iban a colisionar, por eso, cuando entró en el puente gritando “Atrás toda, caña a estribor tenemos un barco en la proa”
Y dijo eso porque lo primero que vio fueron las luces de su propio barco reflejadas en el hielo del iceberg¡¡
Otro de los mitos que sobreviven es el que las verjas metálicas, que separan la tercera clase de la segunda y la segunda de la tercera, estaban cerradas y por ese motivo los pasajeros de tercera clase quedaron atrapados en la parte inferior del buque, sin poder llegar a los botes salvavidas. Esas verjas, que aún existen en algunos buques, eran popularmente conocidas como “verjas medicas” y se cerraban cuando el barco llegaba a puerto, con el fin de que ningún pasajero se “escapase” de la revisión médica.
Tampoco es cierto que ninguno de los pasajeros de tercera clase tuviese más dificultades que uno de primera para acceder a los botes salvavidas. Millina Dean, una de las 712 personas que salvaron sus vidas, explicó, en su última entrevista con Jesús Ferreiro, que eso no era cierto porque su familia, que viajaban en tercera clase, no encontraron ningún impedimento para subir de sus camarotes a la cubierta de los botes salvavidas, en uno de los cuales pudieron embarcar su madre, su hermano y ella misma, en el número 10. Su padre fue una de las 1495 personas que perdieron la vida en el naufragio.
Este ciclo de conferencias que se ha iniciado en el Aquiarium de San Sebastián, continuará en el Museo Marítimo de Bilbao / Itsasmuseum, en Madrid, Barcelona, Granada, Vigo, A Coruña y Alicante.

