Este domingo, 4 de mayo de 2025, Australia ha despertado con un escenario político definido tras las elecciones celebradas ayer. El Primer Ministro Anthony Albanese ha conseguido lo que ningún otro mandatario australiano había logrado en más de dos décadas: ser reelegido para un segundo mandato consecutivo de tres años.
Los resultados proyectados por la Comisión Electoral Australiana otorgan al Partido Laborista de centro-izquierda de Albanese 70 escaños, mientras que la coalición conservadora de la oposición obtiene apenas 24 escaños en la Cámara de Representantes, que cuenta con 150 asientos. Según las predicciones del respetado analista electoral Antony Green de la Australian Broadcasting Corporation, los laboristas podrían alcanzar hasta 76 escaños, lo que les permitiría formar un gobierno mayoritario.
La sombra de la política estadounidense
Estas elecciones australianas han estado marcadas por la creciente preocupación sobre la influencia de lo que muchos denominan «política al estilo americano» en el panorama político del país oceánico. La polarización y las tácticas divisivas que caracterizan la política estadounidense, especialmente asociadas con la figura de Donald Trump, han generado inquietud entre los votantes australianos.
El «efecto Trump» ha sido una constante en la campaña electoral, con numerosos analistas advirtiendo sobre los riesgos de importar un modelo político basado en la confrontación y la división. Los australianos parecen haber optado por un enfoque más moderado y consensuado, representado por el Partido Laborista de Albanese, rechazando así las posturas más extremas.
La victoria de los laboristas puede interpretarse como un rechazo a la retórica populista y divisiva que ha caracterizado la política estadounidense en los últimos años. Los votantes australianos han mostrado su preferencia por políticas centradas en cuestiones económicas y sociales concretas, como el coste de la vida y el acceso a la vivienda, en lugar de debates ideológicos polarizados.
Un gobierno posiblemente minoritario
A pesar de la victoria, el camino no será fácil para Albanese. Antes de las elecciones, el Partido Laborista contaba con una estrecha mayoría de 78 escaños en una Cámara de 151 asientos. La pérdida de más de dos escaños podría forzar a los laboristas a formar un gobierno minoritario con el apoyo de legisladores independientes.
Los gobiernos minoritarios no son comunes en Australia. El último se formó tras las elecciones de 2010, y antes de eso, durante la Segunda Guerra Mundial. En la última ocasión en que ningún partido obtuvo mayoría, fueron necesarios 17 días después del cierre de las urnas para que legisladores independientes clave anunciaran su apoyo a una administración laborista.
Los partidos minoritarios y candidatos independientes parecen haber ganado terreno en estas elecciones, con una proyección de 13 escaños. Este aumento refleja un descontento con los partidos tradicionales y podría obligar al gobierno de Albanese a negociar constantemente para sacar adelante su agenda legislativa.
Concesión de la derrota y cambio generacional
El líder de la oposición, Peter Dutton, reconoció rápidamente su derrota en las elecciones del sábado. «No lo hicimos lo suficientemente bien durante esta campaña, eso es obvio esta noche, y asumo toda la responsabilidad por ello», declaró. Dutton también felicitó al primer ministro por su éxito, reconociendo la histórica ocasión para el Partido Laborista.
Un factor determinante en estas elecciones ha sido el cambio demográfico que experimenta Australia. Por primera vez en la historia electoral del país, los votantes de la generación Baby Boomer (nacidos entre el final de la Segunda Guerra Mundial y 1964) han sido superados en número por los votantes más jóvenes. Este cambio generacional ha influido en las prioridades políticas, con mayor énfasis en cuestiones como el cambio climático, la asequibilidad de la vivienda y la igualdad social.
Ambas campañas se centraron en las dificultades económicas que enfrentan los australianos, con especial atención a la crisis del coste de la vida. La inflación y la política energética fueron temas centrales, y tanto laboristas como conservadores prometieron políticas para ayudar a los compradores de primera vivienda a acceder a un mercado inmobiliario que resulta prohibitivo para muchos.
Retos para el nuevo gobierno
Albanese se enfrenta ahora al desafío de cumplir con las expectativas generadas durante la campaña. La economía australiana atraviesa un momento complicado, con una inflación persistente que erosiona el poder adquisitivo de los ciudadanos. El acceso a la vivienda sigue siendo un problema grave, especialmente para las generaciones más jóvenes.
En el ámbito internacional, el gobierno laborista deberá navegar las complejas relaciones con China, su principal socio comercial, mientras mantiene su alianza estratégica con Estados Unidos. La posición de Australia en el Indo-Pacífico será crucial en un contexto de crecientes tensiones geopolíticas.
El rechazo al «estilo Trump» de hacer política no significa que Australia pueda aislarse de la influencia estadounidense. La relación con Washington seguirá siendo fundamental, independientemente de quién ocupe la Casa Blanca, pero el gobierno de Albanese parece decidido a mantener un enfoque propio, basado en el pragmatismo y la búsqueda de consensos.
La victoria del Partido Laborista representa, en cierto modo, una afirmación de la identidad política australiana frente a las tendencias globales de polarización. Los australianos han optado por la continuidad y la estabilidad en un mundo cada vez más incierto, confiando en que Albanese podrá navegar los complejos desafíos que se avecinan sin caer en la tentación de la política divisiva que tanto daño ha hecho en otras democracias occidentales.
