El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Nada sabía del Gigante Santo

NADA SABÍA DEL GIGANTE SANTO

PEDRO MARÍA PIÉROLA GARCÍA

Si no recuerdo mal, que puede (si nadie se siente molestada/o, irritada/o o cabreada/o, agregaré que, de vez en cuando, o de cuando en vez, me consta que esto, no rememorar la fetén, me sucede y, por eso, no me duelen prendas reconocer que en más de una ocasión quienes me conocen y tratan desde la más tierna infancia y gozan o tienen una memoria parecida o aún mejor que la mía, que las/os hay, me han advertido de algo que me suele pasar —y, cuando me lo argumentan, esgrimiendo las irrefutables razones de peso que son los datos fehacientes, y logran persuadirme y a mí solo me queda el recurso de decir a todo amén, también pesar—, que junto hechos que sucedieron en distintos días en uno —ignoro el porqué— solo), nada sabía de Camilo de Lelis, del Gigante Santo, cuando en un pispás, por arte de birlibirloque, quise ser uno de los suyos, o como él.

Mi difunto hermano José Javier estudiaba por entonces Quinto Curso de Educación General Básica, EGB, en el seminario menor que los religiosos Camilos regentaban en Navarrete (La Rioja). Él, Javi, estaba de vacaciones (no sabría decir, a ciencia cierta, si de Navidad o de Semana Santa) cuando una mañana apareció inopinadamente por casa, procedente de su patria chica, Ázqueta, uno de sus profesores, el Padre Pedro María Piérola García. Venía a preguntar a mis progenitores a ver si podía llevarse en su coche a la citada población navarra a Javi (y, tras acabar la ceremonia y el posterior enterramiento del finado, traerlo a Tudela, claro), para que mi hermano, que formaba parte del coro del colegio, pudiera cantar en la misa de funeral que se iba a celebrar esa misma tarde en la iglesia del pueblo mentado, al haber fallecido la víspera un deudo, la madre o el padre (si lo supe a la sazón, hoy lo he olvidado) tal vez, de otro religioso Camilo y profesor, asimismo, del mismo pueblo y centro educativo, Jesús Arteaga Romero, director del coro.

Piérola llegó a casa vistiendo un impoluto hábito negro de la orden, en el que destacaba la inmensa cruz roja en el pecho (de la que, como si se tratara de un fanal o farol, salían, además de ideas felices, rayos de luz, calor y cariño). Bueno, pues, en ese mismo instante, si él me hubiera hecho la propuesta factible, realizable, de que él y yo intercambiáramos nuestras vidas, a ojos cerrados, sin dudarlo un momento, hubiera aceptado. Aquella mañana vi en el inmarchitable proceder, porte y arte de Piérola las tres letras iniciales del nombre y los dos primeros apellidos de mi padre, Eusebio Sáez Ovejas, Elegancia, Sencillez y Orgullo (del bueno), tres magníficas prendas, tres, que recordaré mientras viva, siempre que el alzhéimer no haga con mi memoria de las suyas.

   Ángel Sáez García

   [email protected]

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

Lo más leído