El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Su perfume a vainilla me embriagaba

SU PERFUME A VAINILLA ME EMBRIAGABA

   Salvo en una sola ocasión (ya se sabe: no hay regla sin excepción o, una mera variante del mentado dicho, la excepción confirma la regla), no compartí piso (convivir requiere un roce que nosotros no tuvimos, ni bueno ni malo) con una mujer (una chica mayor de edad, de entre veintitrés y veintiocho otoños, con novio). Fue en una vivienda alquilada de una calle del barrio zaragozano de San José, cuando yo preparaba las oposiciones y aspiraba a ser profesor de Lengua Castellana y Literatura (ignoro la razón, pero la fórmula usada me suena más certera que esta otra opción, Lengua y Literatura Españolas). Éramos tres, pues tres eran las habitaciones que tenía el piso, amén de cocina, salón y aseo con ducha: la chica, con la que tuve poca relación, que era enfermera o fisioterapeuta, y de la que ahora no recuerdo cómo se llamaba; Javier, un chico de Binéfar, que estudiaba Filología (¿Inglesa?) y yo. Ahora bien, puede que algún dato de los dados por este menda sea falso, sin haber pretendido servidor mentir; y es que la enfermera o fisio acaso fuera una amiga o conocida de Javier, que ocupó su habitación durante una semana (ahora no sabría decir, con fidelidad absoluta, si fue durante el mes de enero, a primeros de año, en la segunda semana de las Navidades, o en el mes de abril, durante las vacaciones de Semana Santa, cuando Javier se hallaba en su terruño, pasando esos días de asueto en la grata compañía de su familia y amigos oscenses).

   Me consta que Javier y yo compartimos menús, aunque no siempre, y que ella, por motivos que desconozco, cocinaba y comía aparte (si es que hacía tal cosa en casa, que no me acuerdo; puede que lo hiciera más tarde de nuestro modus vivendi, nuestros diarios hábitos horarios).

   Durante ese año mis padres me solían llamar los jueves, antes de cenar (ellos) al número de teléfono fijo de la casa de los vecinos de al lado, buena gente; yo les llamaba tres, cuatro o cinco veces a la semana (dependía, pues iba a Tudela, regularmente, cada quince días), desde cualquiera de las muchas cabinas que funcionaban con monedas y, a la sazón, había en la calle. Por entonces, no existían los móviles o, si los había, los tenían y usaban quienes podían permitirse ese lujo, no como hoy en día, que tiene uno cualquiera; menos yo, pues el mío no tiene acceso a Internet ni dispongo de un smartphone. Todos los días escribo mis textos a mano, todos, nulla dies sine linea, ningún día sin su trazo, en mi casa y bajo, de lunes a viernes, a la biblioteca municipal “Yanguas y Miranda”, en la tudelana calle Herrerías (donde me siento arropado por los bibliotecarios de la zona de adultos, Pilar y Luis), a pasar cuanto haya trenzado, en prosa o verso, a ordenador, porque también carezco de él, guardarlo, subirlo a mi bitácora y enviarlo. Acarreo conmigo un móvil sencillo, pequeño, al que le tengo un cariño especial, que mantengo activo para que me mande los mensajes de salud el Servicio Navarro de Salud (SNS/Osasunbidea) y me llame mi amigo conquense/valenciano Manolo Olmeda, maestro jubilado, y mantenga conversaciones de más de una hora, mínimo, con él; y el teléfono fijo de casa (con apariencia de móvil), con el que hago todas las llamadas a fijos y móviles. Tengo guasa, puede que demasiada, pero no puedo (¿no quiero?) mandar “wasaps”.

   Ni el físico ni la personalidad de la chica del piso citado me llamaban la atención (cada quien tenemos nuestro criterio personal e intransferible); yo, por lo que colegí, a ella tampoco le hacía tilín. Nuestras conversaciones fueron pocas y estas, planas: saludos, holas y adioses, y poco más. No supe qué le gustaba oír o ver ni lo opuesto, qué odiaba, ni cómo olía, si es que usaba perfume. Lo propio cabe decir, a la inversa. La verdad es que, durante aquel año, yo estaba a lo que estaba, que era intentar estudiar, memorizar datos sin cuento y aprovechar al máximo el tiempo de que disponía, a fin de prepararme a conciencia para procurar salir airoso, exitoso, del arduo aprieto o brete difícil de las oposiciones.

   Recuerdo que, estando trabajando en Bocatta, una compañera olía a vainilla y, aunque era (supongo que, como yo) del montón, me sentí atraído por ella, cuando estaba a su lado o pasaba a su vera. Tendría que hacer el esfuerzo (acaso baldío) de buscar y no conseguir hallar la caja donde guardo mis notas, apuntes y diarios de entonces para saber su nombre de pila (sé que se llamaba como otra compañera, ¿María José?).

   ¿Que cómo era aquel perfume que me achispaba y cautivaba mis sentidos? Ahora, hace un rato, como hice otrora, he invertido tiempo, intentando remover y pescar en la ancha y profunda piscina de adjetivos calificativos que cabe hallar dentro de la balsa, estanque o piélago que semeja el idioma español, pero no encontré antaño ni he hallado luego ni este año el que pueda decir, con absoluta certeza, este es el que lo denota e identifica total y completamente, el que le cuadra o encaja, como alianza en el dedo anular.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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