MI IMPAR HABITACIÓN, LA PREDILECTA
Ayer hice memoria, por encima, de los pisos que otrora compartí (con universitarios, sobre todo) en la capital maña, Zaragoza.
Grosso modo, recuerdo mis estancias en dos selectas, dos, habitaciones, porque en ellas obtuve más de un goce (tras el roce que más ayes procura a quien propicia orgasmos duraderos) de féminas que entonces admiraba, cada vez que de cerca las miraba, cuya piel estudiaba y me aprendía de memoria, al dedillo, poco a poco, mejor que algún apunte con enjundia que he olvidado por mucho que agradara.
Aquí decido dar datos precisos solo de la mejor, mi preferida. Acaso la ocasión sea factible y brinde en otro instante pormenores de la que el escalón segundo ocupa.
Aunque me adjudiqué, tras un sorteo, en el piso de la calle de Nuestra Señora del Perpetuo, sí, Socorro, qué honor, la habitación más espaciosa, comprobé la primera noche que era gélida, de inequívoca manera, y, por ende, no pude pegar ojo (no era de miedo, no, la tiritona). Así que valoré los pros, los contras, y pronto me mudé al salón pequeño, que quedaba, al entrar, a la derecha. ¿Preferí a la solar la luz del flexo? Es un modo de ver el panorama. Opté por el calor, arrumbé el frío. Es otra perspectiva del asunto.
Estuvimos allí solo seis meses, desde primeros de año a fin de junio. Cuando estreché los lazos con Carlota, había superado, por parciales, ya tres asignaturas, tres, y media. Esa una y media superé en septiembre. Entre la anatomía, palpitante, y los libros y apuntes me incliné por la piel de Carlota de ordinario. El canela (color) se impuso al negro y al azul sobre el blanco sin esfuerzo.
Ninguna chica a mí había obsequiado, hasta que entró Carlota en mi existencia, jamás una perfecta felación (sirvió para acceder, por fin, al cielo). Recordaré aquel día mientras viva. Un géiser semejó mi falto de uña, y bauticé con semen, tras el lote, a quien sin gota me dejó, Carlota. Ha habido, después de ella, diletantes, que no la han superado, aficionadas. A veces, pienso que la diosa Venus, que había decidido hacerse humana, escogió por sus curvas a mi novia para darse un capricho inmarchitable, y a mí, de paso, darme otro, eviterno.
Del sexo no he gozado nunca tanto con ninguna otra fémina en mi vida. Le apetecía hacerlo a cualquier hora, incluso tras haber estado dale que te pego, durante un cuarto de hora.
Como “Loti” la píldora tomaba (al menos, me decía a mí tal cosa), yo siempre dentro de ella eyaculaba (¿sin tener ningún cargo de conciencia?). Al acabar, solía preguntarme: “¿Has llegado a la gloria, tudelano?”. “Si no he arribado, me he quedado cerca”, le respondía yo, y gracias le daba. “¿Y tú?”, le interrogaba; a lo que “bárbaro”, ella me contestaba (no por bruto, sino por estupendo, colosal).
Ángel Sáez García