Pacos

Paco Sande

La China, ese dragón amigo…

El fenomenal crecimiento experimentado por China en los últimos diez años, algo que la ha convertido en un coloso tanto militar como económico, ha dejado al mundo estupefacto.
En unos pocos años ha pasado de una humillante pobreza y la ocasional hambruna, a ser una potencia con un resurgimiento de una fuerza tal, que está afectando la forma de vida del resto del mundo.
Y por una coincidencia en el tiempo, esto ha contribuido a ambos, ser parte causante en agravar la crisis global y al mismo tiempo aparecer como la única salida a esa crisis.
Pero lo que a primera vista nos puede parecer el dragón amigo, a poco que se mire, uno puede darse cuenta de que se está convirtiendo, a pasos agigantados, en uno de los que escupen fuego.
Durante la última década, Pekín –ahora le dicen Beijing- ha inundado de artículos baratos el mercado occidental, manteniendo la inflación artificialmente baja y seduciendo a los consumidores a comprar de una forma casi obsesiva, algo que nos condujo a la madre de todas las depresiones.
Este gastar sin freno ni medida, y pedir prestado para seguir gastando, hizo que los bancos, tanto americanos como europeos, acabarán reventando.
Y cuando ese mercado occidental se encuentra exhausto de dinero y medios, aparece La China con la increíble cifra de dos trillones y medio de dólares –esta cifra la quité de Internet y como no sé si hablan de trillones americanos o trillones europeos, no acabo de saber cuánto dinero es, pero de lo que estoy seguro es que es un montón de guita- dispuesta a prestárnoslo y, en el proceso, comprar el mundo.
En este momento La China es dueña de los más preciados recursos mineros de África y Suramérica.
Ha comprado franjas de tierra productoras de comida en Nueva Zelanda y ricas en hierro y carbón en Australia.
Ha entrado con importantes cantidades de capital en muchas de las más importantes compañías occidentales.
Además, ha comenzado una nueva carrera armamentística con la rápida expansión de su ejército, armada y fuerza aérea.
Y por supuesto, una potencia de esta envergadura conlleva consigo un inevitable poderío tanto industrial como militarmente. Y habiéndose hecho indispensable para los endeudados Estados Unidos y Europa, puede manejar las tasas de cambio de yuan-dólar y yuan-euro en beneficio propio.
El rescate de Portugal y la compra de deuda a España no pasó de calderilla para este gigante.
Al mismo tiempo advirtió a Bruselas de que ya era hora de retirar el embargo de armas impuesto por Europa raíz de las muertes de Tiananmen o que se atuvieran a las consecuencias.
Cathy Ashton, la alta representante europea, esa señora que aboga por llevar a los dictadores árabes ante la justicia, accedió al instante.
Los chinos, como no, verán esto como un signo de debilidad y de que Europa está lista para bailar al son que ellos toquen. Y entonces podrán dedicarse por entero a calentarle las orejas a la otra superpotencia, los Estados Unidos de América.
Y mientras el dragón amarillo amenaza con comerse al mundo, nuestra autonomías protestan sobre las, según ellos, excesivas condiciones que el Gobierno ha impuesto a las cajas de ahorros. Temen quedarse sin sus cajitas, el chollo que ha estado alimentando durante años a los partidos nacionalistas y gobiernos de turno de esas autonomías.
Cuando en realidad lo que necesitamos si no queremos que Europa se convierta, simplemente, en un estado-cliente de La china, es convertir todas las economías de Europa en una sola supereconomía.
Esto quizás signifique echarnos en brazos de Alemania.
Pero Alemania, por lo menos, pondrá siempre por delante los intereses de Europa.
No así La China, cuando, más pronto que tarde, su economía empiece a enfriarse y tenga que mirar por los intereses de su propio territorio donde, a pesar de la potencia en que se ha convertido, el ciudadano medio sigue viviendo en una relativa pobreza y un atraso considerable. Entonces quizás, por propio interés, no permita que se arruine América, pero no malgastara ni el más mínimo esfuerzo sobre la decadente Europa.

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