Pacos

Paco Sande

El juicio del Juez Garzón o «el ocaso de una estrella».

El Juez Garzón está siendo juzgado. Y, a pesar de lo que dice el progrerio patrio, de que nuestro juez estrella está siendo víctima de una confabulación “fascista” para hundirlo, la verdad es otra muy diferente.
Este señor está siendo juzgado, simple y llanamente, porque ha delinquido y, aunque a muchos nos cueste creerlo, en este país la justicia está tratando de demostrarnos que es igual para todos, y seas un juez estrella o un ciudadano de a pie, príncipe o plebeyo, famoso o anónimo, si delinques y te cogen, acabas ante la justicia, y esperemos que así sea.
Hay quien alega a favor de Garzón, que hizo mucho y muy bien en pro de la justicia, especialmente en la lucha contra ETA, el narcotráfico y en pedir, en su día, la extradición de Pinochet.
Bien, aquí habría que matizar: en lo de Pinochet, metió las narices en lo que no le importaba, puesto que, el juzgar o no a Pinochet, era cosa de los chilenos, ellos eran los que tenían que decidir en lo que hacer con “su dictador” y no ningún español megalómano.
Y, además, esto abrió la veda para que cualquier imbécil argentino salte ahora a la palestra diciendo que quiere juzgar a Fraga o recuperar la “memoria histórica” o a tocarnos las narices con alguna sandez por el estilo. ¿Y es que, no comprendo todavía, cómo no se nos cae la cara de vergüenza al permitir que cualquier «sopla sirios» de tres al cuarto venga a decirnos como debemos implementar justicia en nuestro país?
Y en cuanto con lo de ETA: bueno, aquí… los detuvo cuando le dio la gana y los soltó y ayudo, cuando le convino a él y a su partido “amigo”.
Y ya en lo del narcotráfico: aquí sí, aquí realmente fue el flagelo y azote de los contrabandistas.
Pero al final, lo que realmente se debe tener en cuenta es que, todo lo que hizo este señor, bueno, malo o medio regular, jamás lo hizo en pro de la ley y la justicia, sino pensando siempre en su medro personal, en su deseo de satisfacer su egocéntrica pasión, esa ansia incontrolable que sentía de querer ser siempre el protagonista de la película.
Acabando por crearse un ego tan agigantado que lo llevó a creerse una estrella, un semidios o algo así.
Viendo hace unos días un programa de televisión en el que se debatía sobre este asunto, oí a uno de los contertulios, tratando de exculpar al Juez Garzón, que decía lo siguiente: El Juez Garzón no tuvo más remedio que ordenar someter a los acusados, «en un caso de corrupción», a escuchas ilegales a fin de evitar la destrucción de pruebas y la evasión de capitales y es que, a veces, no hay mas remedio que actuar mal a fin de evitar un mal mayor.
Y acababa preguntado a los demás contertulios: ¿no nos hubiésemos alegrado todos ahora si algún juez hubiese ordenado escuchar ilegalmente las conversaciones entre los asesinos de Marta del Castillo y sus abogados?
Pues si tío, nos hubiésemos alegrado un montón y especialmente sus pobres padres y abuelo, puesto que de haber sido así, a esta hora todos sabríamos lo que estos tiñalpas descerebrados, habían hecho con el cuerpo de la pobre Marta, pero, en el proceso, podríamos haberle dicho también adiós al «estado de derecho».
Este fulano estaba tratando de decirnos que, a veces, el fin justifica los medios.
Pero para este viaje no hacían falta estas alforjas.
Si le diésemos una patada al «estado de derecho», si mandásemos la justicia a hacer puñetas, para saber donde está es cuerpo de Marta no haría falta escuchas de ninguna clase, simplemente con dejar a estos niñatos unos minutos en manos de una pareja de picoletos a solas en el cuartelillo, por medio solo del expeditivo y eficaz método de un par de culatazos de fusil en los dientes, acababan cantando hasta la “Traviata” en menos tiempo del que me lleva escribirlo.
Desde el día mismo que aprendió a hablar, quizá antes, el ser humano, esa bestia erguida que se considera a sí mismo el pináculo de la creación ha tratado de defenderse contra el crimen de la forma más eficaz y mejor que ha sabido.
Y así, ha ido pasando desde el ojo por ojo, la ley de Linch, la caza de brujas, confesiones arrancadas a base de torturas, sentencias dictadas sin pruebas ni fundamentos, bastaba con que le cayeses mal a uno de los que mandaban o, simplemente, la acusación de un vecino que te tenia ojeriza, para que te condenasen e, incluso, hubo lugares y momentos donde hubo grupos de gente inocente que fue declarada culpable simplemente para cubrir el cupo de «quintacolumnistas» que los servicios secretos debían hallar en determinado lugar y periodo de tiempo.
Y así hasta llegar al “estado de derecho” que disfrutamos hoy día.
No es perfecto, pero es lo mejor que hemos tenido hasta el memento.
En él, el secreto de las conversaciones de un acusado con su abogado es un derecho que tenemos todos los que vivimos en este país. Un derecho que debe ser inalienable.
Solo, en ocasiones excepcionales, como por ejemplo el que estén en peligro vidas humanas, se puede obviar este derecho y un juez puede ordenar las escuchas.
Este no era el caso. En realidad este no pasaba de ser un caso de supuesta corrupción en el que, además, el acusado resultó absuelto.
El problema de fondo no pasa de ser un señor, un juez, que creyéndose su propia leyenda, se creyó estar por encima del bien y del mal y poder hacer y deshacer la ley y la justicia a su gusto y hechura.
Si ahora permiten que un individuo de esta catadura salga indemne y oliendo a rositas, quizás le demos una gran alegría a «la caterva de la pancarta», la Bardem, Llamazares y compañía, pero a “nuestro estado de derecho” le habremos dado una estocada de tal calibre que lo puede dejar completamente moribundo, ¿si es que no lo esta ya?

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