Palpito Digital

José Muñoz Clares

El estado real de la política y el número Pi

Se ha celebrado recientemente el aniversario de un hecho insólito e injustamente olvidado: en 1897 un visionario “descubrió” que el número Pi era igual a 4 y no a 3.141592 seguido de miles de millones de decimales como venía establecido de forma aproximada desde 1800 a de C. y de forma ajustadísima desde el siglo II d. de C. El nuevo evangelio de las matemáticas le fue inspiradolo, naturalmente, a un americano precursor del Donald del que disfrutamos todos, que no es el pato, ni siquiera su tío Gilito. Ocurrió en Indiana (EEUU) y el autor del descubrimiento, un hombre justo y benéfico, patentó el hallazgo y se lo ofreció a Indiana para que fuera de uso exclusivo de los niños de ese estado y los demás tuvieran que pagar derechos de autor cada vez que utilizaran semejante majadería.
El estado de Indiana, según expone Wikipedia en la entrada correspondiente, estaba dispuesto a aceptar la donación, que inició el trámite parlamentario hasta llegar a la Cámara de Representantes, y fue aprobada sólo a falta de que la ratificara el Senado, que también la admitió a trámite y estuvo a punto de sancionar esa sandez de no ser por la intervención de auténticos matemáticos que la tacharon de locura insensata; de hecho, uno de ellos, al que se le ofreció la posibilidad de saludar al descubridor, rechazó amablemente la oferta alegando que ya conocía a todos los locos que quería conocer.
Pues bien, circula por el mundo en la actualidad una caterva de locos mucho más peligrosos que han redescubierto la pólvora y, lo que es peor, la plomada ingrávida – un globo de gas sujeto con una cuerda para medir verticalidades -, hasta el punto de que el pequeño Pablicolás, tras su último congreso en Vistalegre, ha acreditado la posibilidad de ser a la vez comunistoide, rojo e impío además de socialdemócrata y transversal; que se puede ser demócrata de toda la vida y asesinar con piolet palabrero a su otrora amigo de toqueteos, hoy enemigo mortal, Errejón el defenestrado, que ha sido condenado al gallinero del congreso junto con la antigua novia del macho hiperalfa en que se ha convertido el líder, que otra cosa no tendrá pero se está trajinando a las mozas más macizas del grupo de tocones besucones que accedió a las Cortes sobre votos indignados con fondo de libro rojo de Mao.
Rajoy, por su parte, dice que preside un partido ejemplar pese a que el ejército de imputados y condenados en firme con carnet de gaviota – o charrán, según últimas versiones de los ornitólogos – ya supera a los 100.000 hijos de San Luis, y nuestro ínclito Donald, el último pero no el menos importante, se inventa masacres en Suecia a la vez que duplica el precio de la entrada a su club de golf de Florida, indispone a EEUU con algunos de sus más firmes aliados, bendice la OTAN mientras con la otra mano la estrangula y, pásmense, se ha gastado en tres fines de semana de viajar a Florida lo que se gastó Obama en un año de viajes de fin de semana.

Nada de lo anterior resulta equiparable a la demencia instaurada por Duterte en el uso del poder en Filipinas. Tras alentar al asesinato de drogadictos y traficantes se supo que algunos policías habían aprovechado la carta blanca para secuestrar y asesinar. Y así lo hicieron con un empresario surcoareano según expuse en un post anterior. Ahora han identificado a 311 policías corruptos y el bondadoso Duterte no los ha encarcelado: los ha enviado a la isla de Basilán, donde rige el terror de un grupo terrorista que tiene por costumbre decapitar a quienes captura. «Si sobrevives dos años puedes regresar» les ha dicho, y una tercera parte ya se ha presentado a cumplir tan singular condena… a muerte.
No cabe sino concluir que la locura se ha organizado y está tomando el poder. Caiga la lógica, el saber antiguo, la Enciclopedia Británica y cuanto ha acertado a avanzar el hombre desde que dejamos de ser cazadores recolectores hasta la fecha. Se acabó el sentido común y cualquier atisbo de decencia.  La venta de armas sube como la espuma pero para rerafirmar la paz. Vivimos en tiempos de la postverdad, que es como ahora se llama a las mentiras goebelianas, y ya nada es verdad, ni siquiera la feria del libro, ni siquiera la inocencia sacabolas de los niños de San Ildefonso. Muera la verdad y alcemos en su puesto el neo-Pravda, y que los dioses nos pillen confesados no sea que el infierno sea peor, mucho peor, que estos tiempos malditos que nos ha tocado vivir.

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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