Palpito Digital

José Muñoz Clares

Matraca en estéreo

Vista la mejora de imagen que se ha operado en los voluntariamente huidos indepes es como para proponer que se exilien todos y nos dejen definitivamente en paz. Pero esas cosas a los pobres no nos pasan.

El vecino de Waterllo – léase vaterlóo y no waterlú, que es como lo popularizó ABBA -, el  sr. Puchifrites se quitó el casco Calimero en cuanto fue consciente de que iba a internacionalizar el prusés y había que estar presentable. Y aunque su imagen se empequeñece a medida que pierde relevancia – máxime después de haber sido figura de carnaval en Bruselas – fue llegar a Flandes y ponérsele cara de cajero afable de oficina bancaria de pueblo.

Lo de Anna Gabriel, aquella joven adusta, malencarada y algo espesa mientras tuvimos que soportarla con su estética proetarra, ha sido una auténtica metamorfosis. Para empezar se ha quitado los andrajos con los que se disfrazaba de roja y ha evolucionado a repija sin apenas darnos tiempo a asimilar. Hasta parece haberse reconciliado con los hábitos higiénicos que omitió mientras alentaba repúblicas. Es decir, que nos dedicó en exclusiva el gesto más hosco, la mala leche, el desprecio de quien se sabía superior a su entorno.

Pues si me dicen ahora que ha profesado de numeraria del Opus me lo tendré que creer de lo muy modosita que se ha vuelto con su pelito recogido con horquilla, la frente al viento, la cara lavada y recién peiná en plan Manolo Escobar pero con ínfulas, porque, además, la niña ahora habla francés. Se la imagina uno en una de esas casas de señoritas en que se recluyen las más pías a velar por su virtud y ganarse el cielo a base de cilicio y sacudirse el culo sabatinamente, en plan Sabath inverso cercano, si no sustituto, del sadomaso. Y encima quiere ser profesora. Se ha convertido, lo quiera o no, en nuera perfecta de familia bien.

Pero en lo que se ha convertido definitivamente es en la madre de Woody Allen que hablaba a su hijo desde el cielo, metiéndose en nuestra vida para reñirnos, y ahora en estéreo, Puchifrites por el oeste, Anna por el este, y nosotros en medio mentándoles secretamente a los muertos.

Acogidos voluntariamente a una muerte civil que va para décadas, tardarán en pisar su añorada terreta, volver a las calçotadas y sardanas con las que ocupaban días festivos llenos de sabor y ritmo rancio, equivalente a vestirse de chulapa en Madrid, bailar un chotis y dejar que te toquen el culo un poco, sólo un poco por aquello de Cipriano/ no bajes más la mano/ no seas exagerao. Qué bien.

Puchifrites, que empezó su especial apocalipsis vía mensajes de móvil – ridicul historic – ya ha sido enterrado por los suyos. Traicionado y devuelto a la razón de un territorio y de 7.5 millones de personas que no pueden vivir pendients de una pantalla de plasma y, mucho menos, del delirio de quien cree habitar una república lejana e inexistente dentro de una monarquía cercana y carísima. Lo de Anna es peor: anticapitalista en el paraíso de la pasta más negra, cree estar en el paraíso de los derechos humanos pero está en un país en que uno de cada cuatro habitantes es vaca pastueña de ubres ubérrimas. Dice el tópico que Suiza es el país del chocolate y los quesos de rueda pero en su ADN profundo anida un número en clave que oculta el dinero más sucio. Allí se aliviaron nazis, los judíos perseguidos por los nazis, se alivian los traficantes de mercancías dudosas y patriotas de otros sitios acogidos al sagrado del secreto bancario. Y gente rica y famosa entre la que ella aparecerá como la chica au pair de una casa bien. Y eso si le permiten que se quede.

Sus imágenes se irán difuminando. Sus voces se irán acallando. Aspirantes a la nada, sin pasado ni presente y con un futuro complicado, han optado por el fundido a negro.

Y nosotros deseando ver ese fotograma final con la palabra FIN escrita como en un informativo del NODO.

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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