«Mañana juega el Alavés contra el Sevilla. Quiero que gane el Alavés. A las 14 también es la final del Mundial de baloncesto. Como es España-Argentina, yo quiero que gane España, aunque yo respeto profundamente a los argentinos», dijo Alfonso Alonso, sin poder contener la risa. «Leeis las cosas que pasan y parece que es una cosa terrible. ¡No es verdad! Somos compañeros, amigos», aclaró justo a continuación, refiriéndose a la polémica con Cayetana Álvarez de Toledo.
Esto ocurrió el 14 de septiembre de 2019. Dos días después, llegó la sorpresa. «A mi lo que me ha sorprendido mucho es que un antinacionalista acérrimo como el señor Alonso me pudiera calificar a mí de extranjera», dijo Álvarez de Toledo en un desayuno informativo, lamentando ataques «personales».
Arcadi Espada, amigo íntimo de Cayetana, sale este 17 de septiembre de 2019 a atacar con rabia a Alonso en el diario El Mundo. Le bautiza como ‘Al(f)onso’ y le manda a freír espárragos con ese tonito de raza superior del que hace gala:
Si Al(f)onso necesita llamar argentino a alguien, por pasión, pulsión o vicio irrefrenable, mira que tiene dónde, y en el mismo oficio. Pablo Echenique, nacido en Rosario; Gerardo Pisarello, nacido en Tucumán, aún peor. Con la sarta inagotable de majaderías que estos dos tipos llevan pronunciando desde que les dejamos poner un pie en la Madre Patria, ¿a qué derrochar el calificativo de argentino para alguien que no lo es? Dígales, Al(f)onso, argentinos sin más a esos dos hombres, que ellos sí lo merecen y aparte no yerrará el tiro. Contrariamente a lo que pueda parecer a los bien hablados, el arte del insulto requiere una gran precisión fáctica. Yo he aprendido mucho, y aún lo hago muchas tardes que amenazan ruina, con el práctico Diccionario de insultos.

