MOSCÚ SIN BRÚJULA

Aeroflot: no uses tus alas (XLXVI)

Aeroflot: no uses tus alas (XLXVI)
Azafatas de Aeroflot, en el viejo aeropuerto de Vnukovo, en Moscú. PD

Observados a través de las pringosas cristaleras de la terminal principal del Aeropuerto de Vnukovo, varados sobre la nieve, grises y sucios, los aviones Tupolev recordaban esas perezosas bandadas de urracas que picotean el hielo en los parques de Moscú.

Hacía exactamente una semana que habían comenzado los tiros contra el presidente Zviad Gamsajurdia en Tiflis y el 29 de diciembre de 1991, cuando nos presentamos en el aeropuerto con la esperanza de viajar hacia la capital de Georgia, la actividad aérea era nula.

Paradójicamente, no eran el frío, la niebla o la inestabilidad atmosférica las causas del desastre.

Aeroflot, la empresa de transporte más grande del mundo, la compañía de bandera de un Estado que producía más petróleo que Arabia Saudí, estaba paralizada por falta de gasolina.

En el gigantesco panel electrónico del vestíbulo habían escrito con letras amarillas ‘Niet Kerosina’ y colocado debajo una interminable lista de vuelos cancelados.

Miles de pasajeros con los ojos enrojecidos y la cara ajada, circundados de maletas y bolsas, acampaban en el suelo con la vana ilusión de encaramarse a algún aparato con destino al Cáucaso, Siberia o Kazajastán.

La repúblicas del Cáucaso.

En la sala «Intourist», reservada a extranjeros y «personalidades», se habían colado varias docenas de vocingleros armenios, georgianos y azeríes, pero la situación era soportable para mí y para Igor Mihalev, que asumió la dura misión de llevarme intacto al Cáucaso.

Se podía descabezar un sueño en los sillones de «skai», a los que les empezaba a asomar la borra por las costuras, o matar el gusanillo del hambre en la cafetería, donde cuatro rodajas de salchichón y un pepinillo costaban lo que un ruso ganaba en una semana.

El infierno estaba en la zona destinada a «nativos». La atmósfera era irrespirable. Olía a rayos y se podía cortar el humo de los cigarrillos con la mano.

La visita al urinario, a cuya puerta unos mongoles jugaban a las cartas, era toda una experiencia.

En el Imperio Soviético las buenas toilettes eran las que proporcionan hojas del diario Pravda cortadas en tiras, que rascaban como limas y te tatuaban temporalmente las posaderas con caracteres cirílicos.

Pasajeros en un avión de Aeroflot.

En el Aeropuerto de Vnukovo ni siquiera había periódico y las paredes estaban salpicadas de vómitos de borracho.

Aprovechando el tumulto, la gente vendía salchichas, pan y cervezas, y a cada mensaje por los altavoces se producía una estampida en dirección al mostrador, donde una muchacha con cara de maestra de escuela se limitaba a decir «niet», «niet», sin molestarse en levantar los ojos del teclado del ordenador.

«Oiga, señorita, somos periodistas extranjeros y tenemos que llegar urgentemente a Tiflis…»

La joven seguía imperturbable.

«Oiga, que es muy importante…»

Nada. Ni una reacción a las súplicas.

«Es de vida o muerte…»

Por fin se dignaba a mirar a los implorantes y estirando los brazos como si fueran un par de alas, decía: «Yo no puedo hacer nada, pero, si es tan importante para ustedes, ¿por qué no se van volando?»

Y acompañaba sus últimas palabras con un simulacro de aleteo.

Vladimir Putin y los militares rusos.

Todo el tinglado, mientras unos tipos torvos se dedicaban a susurrar nombres de ciudades y a prometer, haciendo pantalla con la mano, «solucionar el problema por pocos dólares».

A las dos de la madrugada del 30 de diciembre de 1991, treinta y ocho horas, cuatro peleas e incontables suspiros después de haber llegado al Aeropuerto de Vnukovo, observamos a un grupo de bigotudos georgianos atravesar una mesa en un pasillo, colocar una hoja de papel encima y empezar a copiar nombres.

«Vamos a fletar un avión a Sujumi y si quieren sumarse sólo hace falta que apoquinen 860 rublos cada uno», explicó el que parecía el jefe.

El vuelo regular a la norteña ciudad georgiana costaba entonces 116 rublos, igual que dos kilos de mandarinas, pero estábamos tan desesperados que soltamos el dinero sin rechistar y sin atrevernos a solicitar un recibo.

Cuando la lista de nombres terminados en «vili», «dia» o «dze», que es como finalizan todos los apellidos georgianos, llenaba el papel y el montón de billetes cubría la mesa, los bigotudos mafiosos metieron el dinero en una maleta y salieron escopeteados a buscar al director del aeropuerto.

Una vez «convencido» el funcionario, localizaron a un piloto, contrataron una tripulación completa, compraron gasolina y a las 04.00 de la madrugada trotábamos en manada por la nevada pista en dirección a uno de los Tupolev.

Un poster sexy y muy bélico de la antigua URSS.

Lo único que recuerdo similar al abordaje de ese avión son las imágenes de los aterrados sudvietnamitas apelotonados en 1975 sobre el techo de la embajada estadounidense en Saigón, intentando huir en el último helicóptero.

Los aviones de Aeroflot –junto a alguno de línea africana- eran en aquella época los únicos del mundo donde las azafatas nunca leían las normas internacionales de seguridad, los pasajeros despegaban sin llevar los cinturones abrochados y la gente se levantaba al lavabo o recorría el pasillo en pleno aterrizaje.

Como los viajeros de Nigeria o Camerún, los ex soviéticos se incorporaban, se lanzaban por sus bultos y abrigos, y se apelotonaban frente a las portezuelas, en cuanto escuchaban el topetazo que acompaña la extracción del tren de aterrizaje.

En una ruta interna podía suceder de todo. En mitad de un vuelo de Moscú a Erevan, escuchamos en una ocasión al sobrecargo anunciar muy educadamente que íbamos a hacer una escala técnica en Grozni, capital de la república chechena.

El hombre explicó que en Armenia no había combustible y que era imprescindible llenar los depósitos.

Era medianoche. Permanecimos encerrados en el interior del aparato, del que misteriosamente había desaparecido la tripulación.

Ocho horas más tarde, pasadas las diez de la mañana, se abrió de nuevo la puerta y vimos llegar, recién duchados, perfectamente peinados y cargados de paquetes al piloto, al sobrecargo, las azafatas y el resto del equipo.

Por lo visto se habían ido a dormir a un hotel y aprovecharon la ocasión para aprovisionarse de botellas de vino, quesos, salchichones, frutas y otras delicias que escaseaban en Moscú.

Ni siquiera se molestaron en formular una piadosa mentira. Despegamos y adiós muy buenas.

Lavrenti Beria, el jefe de la policía política de Stalin, con la hija del dictador en las rodillas

El 31 de diciembre de 1991, a las diez de la mañana, aterrizamos por fin en Sujumi.

Para llegar a Tiflis, que está a 400 kilómetros de distancia, tuvimos que alquilar dos taxis, un tren y un autobús.

Cuando arribamos a la capital georgiana era ya noche cerrada y sonaban ráfagas de ametralladora y cañonazos en las calles del centro.

Georgia es una pequeña república, enclavada en las estribaciones de la cordillera del Cáucaso, habitada por antiguos cristianos, hábiles como nadie para el comercio, emprendedores y belicosos.

Su población apenas representaba el 2 % del total de la Unión Soviética, pero había ejercido siempre una influencia decisiva en la marcha del país.

No es de extrañar, si se tiene en cuenta que los principales mafiosos, los empresarios que controlaban el mercado de frutas, el infausto José Stalin, el inefable Laurenti Beria, su terrible jefe de policía y hasta el triste Eduard Shevardnadze nacieron allí.

Combates en Tiflis en las Navidades de 1991.

El penúltimo ejemplar en esa esperpéntica galería de georgianos notables era el desventrurado Zviad Gamsajurdia y cuando entramos en Tiflis, todavía era presidente.

El siguiente a él, eol que se lo quería cargar, era un tipejo llamado Jaba Ioseliani, asaltante de bancos y líder de la organización paramilitar georgiana Mjedrioni, que fue profesor de Arte Dramático, y solía chasquear constantemente la lengua, como ha enseñado que debe hacerse el cine de acción Serie B.

Con ese ganado nos iba a tocar lidiar durante las semanas siguientes.

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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